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Los artículos que, en barra libre, publico los domingos en la última página de la edición impresa de El Progreso.

Problemas de agenda

Bezos. RTVE
Bezos. RTVE

A mí no me gustaría ser Jeff Bezos. Bueno, ni tanto ni tan calvo, a ver si nos entendemos: quiero decir que con la mitad de dinero y el doble de pelo me arreglaba igual. Ser la persona más rica del mundo, además de un emprendedor triunfante y soñador, te obliga a estar a todas horas haciendo cosas emprendedoras y cumpliendo sueños, lo que en mi opinión despoja de todo sentido el hecho de ser la persona más rica del mundo. Yo me conformaba con ser rico de los que no tienen que hacer nada, rico de los de contratar a un coach personal para luchar contra la vagancia pero no llegar a conocerlo por falta de ganas, porque nunca te viene bien. Rico de no despedirlo por pereza.

Pero muy rico. Tanto como para poder permitirme volar al espacio, que siempre ha sido mi ilusión, como la de Jeff Bezos. Aunque no como él, ese ir por ir, estar un ratito y volver a contarlo. A mí me gustaría ir a dar una vuelta, conocer sitios y quién sabe si organismos vivos, tomar unas cervezas y echar unas risas, como una de esas noches en las que no vas a salir y te lías. El tipo de cosas que ahora solo se pueden hacer en Madrid o en condiciones de ingravidez, que en el caso de Isabel Díaz Ayuso viene a ser lo mismo.

Para mí que Bezos en realidad no tenía interés ninguno por ir al espacio, más lejos. No se lo reprocho, tampoco tenía nada ganar allí fuera. Según regresó de su vuelo lo primero que hizo fue dar las gracias con sorna a los empleados y los clientes de Amazon por habérselo pagado. El auditorio le rió el chascarrillo y el mundo le encumbró como pionero, así que está claro que lo último que necesitaba era arriesgarse, en un descuido, a encontrar vida inteligente. Tonto no es.

Yo creo que preferiría ser rico al estilo de la persona que pagó 23,7 millones de euros en la puja que se abrió para subastar uno de los asientos en el viaje en el cohete New Shepard, el Alsa de Bezos. Cuando ya todo estaba a punto, renunció "por problemas de agenda". Eso sí es clase.

Ni siquiera alcanzo a imaginar qué tipo de agenda tendrá alguien para quien un vuelo espacial es solo una opción más, una cita que sus secretarios anotan entre "corte de pelo y manicura" y "partido al golf con Mr. Smith", algo que haces si te viene bien ese día y que puedes aplazar, como hizo esta persona, para cuando tengas mejor ánimo.

Será que, como sabe Bezos, en la Tierra hay gente para todo. En Florida hay una compañía a la que se le ocurrió comercializar una póliza de seguro contra las abducciones extraterrestres. Incluía atención psiquiátrica al regreso, quemaduras, embarazo por alienígena (en hombres y mujeres) o lesiones por exámenes extraterrestres; además, si el alienígena se llevaba tu coche te daban otro. Miles de personas compraron este seguro.

Cuentan las mismas fuentes que en Londres hay otra compañía que también comercializaba pólizas de este tipo, por unas 100 libras al año, pero que tuvo que dejar de hacerlo por una inexplicable sorpresa: el fallecimiento repentino en menos de un año de más de treinta personas que tenían este seguro contra abducciones.

Ser secuestrado por un alienígena es la única posibilidad que me queda de cumplir mi deseo de viajar al espacio, aunque también es verdad que la idea de que me devuelva preñado o examinado de mala manera no me entusiasma. Tendría que consultar mi agenda, en la que de momento solo figura un viaje de vacaciones. Feliz verano.

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