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Los artículos que, en barra libre, publico los domingos en la última página de la edición impresa de El Progreso.

Profesión: sus labores

Hay veces que el trabajo no cunde y las ganas no dan ni para llenar un maletero cutre
Botín. EP
Botín. EP

SEGURO QUE que todavía quedan por el desolador edificio de la comisaría de Lugo policías que recuerden aquella escena. No es fácil de olvidar, algunos de los que me lo contaban no podían ocultar que el humor negro que había ido tiñendo la anécdota de risas resignadas no tapaba del todo el regusto de la indignación y las ganas encasquilladas de ponerse a repartir porrazos escaleras abajo.

Hacía unos días que habían detenido en el parking de un centro comercial de Lugo a varios miembros de un clan familiar de origen rumano que andaba de gira por Galicia, en principio por motivos profesionales. Cuando abrieron el maletero del vehículo, encontraron más de 200 botellas de todo tipo de vinos y licores, todas ellas con sus precintos y cuidadosamente escogidas entre las más caras y prometedoras de los estantes de los supermercados; muchas conservaban incluso los dispositivos de alarma que suelen colocar en los cuellos de las botellas de ginebra y güisqui más pomposas. Los agentes, perspicaces ellos, no tuvieron muchos problemas para determinar cuál era la profesión del grupo en cuestión: sus labores.

Los presuntos y todo el material requisado fueron trasladados a comisaría. Varios policías tuvieron que descargar las botellas y llevarlas hasta un cuarto en la primera planta de las dependencias, un edificio que lo mismo podía albergar una comuna de okupas que un sanatorio de primeros auxilios en Beirut. Allí quedaron, más o menos olvidadas, hasta que un día volvieron los profesionales con un abogado y una orden del juzgado: sin que nadie pudiera explicar muy bien por qué, salvo tal vez el propio abogado, no solo estaban libres sino que además tenían un papelito firmado por un juez que obligaba a devolverles las doscientas y pico botellas.

Con dos palmos de narices y la rabia a punto de reventar a mano abierta, los agentes custodiaron aquel desfile de modélicos ciudadanos escaleras arriba y abajo, hasta que cargaron todas las botellas de nuevo en el maletero del vehículo que habían aparcado a la puerta de la comisaría y se dieron el piro.

Creo que de aquella vez no se llegó contar en los periódicos. Ahora ya solo vale de chascarrillo cachondo para alguna sobremesa de camaradería y güisqui de medio pelo, porque el que viaja con precintos intactos en maleteros de coches de desguace queda muy a desmano de la nómina de un madero.

A mí me ha vuelto a la cabeza, también a desmano, esta semana, al leer una noticia perdida en mitad de una columna del periódico: "La Guardia Civil ha detenido a veintiséis personas en siete provincias y ha intervenido 5.610 botellas de güisqui adulterado que iban a ser introducidas en el mercado bajo la etiqueta de una prestigiosa marca". Y finalizaba con un intrigante párrafo: "Además del güisqui, se han intervenido casi 9.000 litros de aceite de girasol que era utilizado como moneda de cambio en las operaciones de compraventa de la bebida adulterada, que ha sido entregado a su legítimo propietario".

Varios de los detenidos son de origen extranjero, y aventuro por el tono del comunicado que a estos guardias civiles les ha pasado con el misterioso girasol lo mismo que a los policías de Lugo con las botellas, que han tenido que soportar que les chuleasen unos quinquis. No me extraña que hayan bautizado la investigación como Operación Gypsy Drink, lo que me parece una maravillosa pataleta y una imaginativa venganza para recordar en una de esas sobremesas en las que uno sospecha hasta del güisqui que le están metiendo. ¡Como para fiarse de los profesionales!

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