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Los artículos que, en barra libre, publico los domingos en la última página de la edición impresa de El Progreso.

Se recomienda no matar

Hay una pandemia de mala baba que nos ha pillado con las defensas bajas

ESTA SEMANA no he matado a nadie. Ni siquiera a alguien que se lo mereciera, ¡a nadie! Puede que para algunos esto no tenga mayor mérito, pero yo lo digo con la satisfacción del objetivo cumplido, del primer paso hacia un futuro mejor, hacia la sanación. Podría parecer quizás un propósito no demasiado ambicioso, pero quiero insistir en que tampoco a los que se lo merecían, y eso que hay quien va pidiendo tierra a gritos: no he matado a nadie en toda la semana.

Tampoco nadie me ha matado a mí, es justo decirlo. Y no por mérito mío, seguro que habrá quien piense que lo merecía y se ha sabido contener, por dejadez, por puro sentido de la urbanidad o, como yo, por ir cumpliendo objetivos personales, quién sabe. El caso es que sigo vivo para continuar otra semana más pensando en que no debo matar a gente, y eso en estas circunstancias no es poca cosa, es muy de agradecer.

No nos lo estamos poniendo fácil. Hay algo raro que flota en el ambiente y que no es solo el maldito coronavirus, pero que parece igual de contagioso y contra lo que no sirven las mascarillas ni la distancia social, salvo que esta distancia sea de años luz y no de metros. Algo que nos está jodiendo las vidas a los que vamos quedando vivos, porque aprovecha aún mejor que el virus las mismas vías de contagio: los círculos más íntimos, más próximos, aquellos en los que deberíamos sentirnos más arropados.

Hay una pandemia de mal humor, de mala baba, de impaciencia que estalla en los salones de las casas, en las terrazas de los bares, en las mesas de las oficinas, que asoma en las miradas detrás de las mascarillas, que convierte cualquier discusión intrascendente en una guerra agria y desagradable, cada comentario en un motivo de ofensa, cada respuesta en un zasca barato de tuitero pueril.

Supongo que no es sencillo mantener la cordura mientras todo se desmorona a nuestro alrededor, cuando los muertos ya hace mucho que han dejado de tener nombres para entrar en la monotonía fúnebre de los datos estadísticos, cuando los Ertes han pasado a negociarse como un problema insostenible en lugar de como un salvavidas para empresas y trabajadores, cuando comprobamos que después de todo lo pasado nuestros políticos no han aprendido nada y que volvemos a la casilla de salida sin que nuestro sacrificio como sociedad haya servido para avanzar ni un paso.

Esa sensación de derrota nos está contagiando a todos, nos está contaminando el alma, ahora mucho más que en la primera oleada. Nos ha pillado con las defensas bajas y el ánimo agotado. Hemos transformado la incertidumbre en un arma arrojadiza, como si cansados ya de buscar culpables del desastre en gobiernos a los que no parecemos importarles nada hubiéramos decidido empezar a culpabilizarnos entre nosotros, que por lo menos estamos cerca y no tenemos otro remedio que aguantarnos.

Pero es que tampoco tenemos mucho más, no podemos permitirnos acabar con eso también, con el único clavo ardiendo al que agarrarnos, los nuestros: nuestros amigos, nuestras familias, nuestros compañeros, nuestros vecinos. No tenemos la culpa, y volcar nuestro cabreo y nuestra frustración contra el de enfrente a cada oportunidad tampoco ayuda en nada. No matar a nadie esta semana puede ser un buen propósito, un primer paso. Ni aunque se lo merezca.

Se recomienda no matar