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Ruido

No podría precisar cuándo el diálogo y la negociación pasaron a estar proscritos, pero ha tenido que pasar delante de nuestras narices

Participantes de la concentración convocada por el PP, Ciudadanos y Vox en la plaza de Colón de Madrid. FERNANDO VILLAR (EFE)
Participantes de la concentración convocada por el PP, Ciudadanos y Vox en la plaza de Colón de Madrid. FERNANDO VILLAR (EFE)

HACE unos días he leído un tuit que ahora soy incapaz de localizar para poder atribuírlo al autor correcto, pero que decía más o menos esto: "Hemos pasado del ‘sin Eta es posible hablar de cualquier cosa en democracia’ al actual ‘hablar de cualquier cosa en democracia es Eta". Tampoco podría precisar cuándo ha pasado exactamente, pero ha tenido que ser delante de nuestras narices. Da rabia.

Nadie nos ha explicado tampoco cuál es la alternativa, sencillamente nos hemos cerrado al diálogo y a la negociación sin un plan B, donde antes había palabras, ideas, argumentos y propuestas ahora solo hay ruido. Y con tanto ruido se piensa mal. O directamente no se piensa. A lo mejor, vista la simplificación de los mensajes y la infantilización de nuestros políticos, el objetivo era ese: que no pensemos. Su estrategia, entonces, ha sido eficaz y la culpa, toda nuestra, porque ha pasado, ya digo, delante de nuestras narices.

Por fortuna, en una democracia tampoco hay un plan B para intentar salir de esta, de huir del ruido, solo se conoce un camino: votar, y a eso vamos. Quizás sea la oportunidad que se nos da a todos, como sociedad, de silenciar ese ruido, de recuperar el control de nuestro pensamiento. Por eso, lejos de compartir las preocupaciones de muchas personas por el ambiente y las circunstancias en las que vamos a ir a las urnas, yo estoy hasta aliviado. A veces, cuando me pongo muy tonto, hasta estúpidamente ilusionado. Al final somos todos y cada uno de nosotros con nuestro voto ante una urna, y podemos arreglarlo. Hasta con pinzas en las narices si fuera necesario. Ya lo hemos hecho otras veces, este país ha descendido a los infiernos y regresado de ellos las suficientes veces como para haberse ganado el beneficio de la duda. Para habérnoslo ganado.

Será que soy inconsciente o que no me queda otra, pero me gusta la que se nos viene encima. Me gusta que haya elecciones, así y ahora. Lo suficientemente separadas para no estar revueltas, de tal manera que en cada cita se pueda hablar de intereses específicos sin que unos lleguen a contaminar del todo a los otros. Y a la vez lo suficientemente juntas como para que el trago pase rápido.

En tres meses nos habremos quitado de encima para un buen periodo la presión de un número considerable de citas electorales, y todos sabemos que la presión suele rebajarse mucho cuando nuestros políticos no andan solo apurados en la inmediatez de sus escaños y poltronas. Aunque solo sea porque anden ocupados en sus cosas de andar por casa, en tomar posesión de sus asientos y en organizar sus gobiernos y oposiciones, algo de respiro habremos ganado. Y un poco de respiro cuando el ambiente está tan viciado puede ser muy sano.

Por gustarme, me gusta hasta que una semana entera de campaña vaya a coincidir con la Semana Santa. Será una tregua para todos, los estrategas saben perfectamente que es un esfuerzo inútil perseguir al votante en sus refugios de la playa y del pueblo, bajo las caperuzas y los Cristos muertos, en las sobremesas largas y en las noches de terrazas. A la parte del país que aún puede permitirse pagar unos días de vacaciones, les cundirán el doble. Y los que no, al menos se beneficiarán de una rebaja momentánea de la tensión y las tonterías, lo no es poco teniendo en cuenta lo insufribles que pueden ser los políticos en posición de muestra.

Y me gustan, sobre todo y pese a todo, por el ruido. Porque lo poco que podemos escuchar con claridad entre semejante algarabía de hooligans es su propio miedo, su preocupación, la incertidumbre por su futuro. Sí, también ellos tienen miedo, sobre todo ellos. La fragmentación de la representación que se avanza en los sondeos apunta a que no les quedará otra a todos ellos que la negociación y el diálogo para alcanzar acuerdos de gobernabilidad. Acuerdos con los próximos si les alcanza, pero también con los otros si no les queda más remedio. Y si algo podemos dar por seguro es de que si se trata de salvar sus culos y sus sueldos, ninguno tendrá reparos al diálogo. Tendría algo de justicia divina, de sarcasmo de pueblo agotado, de cachondeo carnavalesco, verlos regresar con el rabo entre las piernas al redil de la negociación, de la propuesta, de la cesión. Y lo podemos conseguir en sus propias narices, solo con nuestro voto. Sin miedo, sin ruido.

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