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Los artículos que, en barra libre, publico los domingos en la última página de la edición impresa de El Progreso.

Un retrete de oro

Ser rico no debe de ser fácil, se hacen muchas cosas raras por aburrimiento

La frase se la escuché por primera vez a Vero, durante un viaje a Lanzarote. Acabábamos de comer en la terraza de un restaurante-chiringuito perdido en una solitaria playa del sur y mirábamos al horizonte con el mar casi a nuestros pies, mientras tomábamos unos cafés y unos tragos entre risas y sopor. No se podía estar más a gusto. Entonces Vero, supurando satisfacción, lanzó una pregunta al aire: "¿Qué estarán haciendo ahora los ricos?". 

Desde entonces en la familia usamos la frase cuando se repiten esos momentos de felicidad cotidiana, de lujo barato, de plenitud no planificada. Supongo que a los pobres nos gusta pensar que hay algunas cosas que no se pueden comprar con dinero, aunque no sea del todo cierto. Tampoco sé si lo es o no, porque nunca he sido rico, pero intuyo que si el dinero no compra la felicidad sí debería alcanzar al menos para comprar el tiempo y la despreocupación suficientes como para dedicarte a buscarla.

Leo que Amancio Ortega también está pasando un mal año. Este mes acaba de ingresar 650 millones de euros como pago del dividendo por acciones de Inditex. Seguro que todos esos millones no lo han hecho feliz, porque suponen menos de la mitad de los que ingresó el año pasado por el mismo concepto, menudo disgusto.

Me pregunto qué hace un hombre como Amancio Ortega con 57.000 millones de euros, además de llorar amargamente porque su fortuna ha disminuido en 6.000 millones en un año. ¿Qué es para él un lujo? ¿Tendrá bastantes momentos de satisfacción cotidiana? ¿Habrá comprado suficiente felicidad? ¿Se pregunta alguna vez qué estaremos haciendo los pobres?

No tiene que ser fácil ser rico. Rico de verdad, me refiero, de no saber contar lo que tienes, de perder 6.000 millones como quien pierde un paquete de clínex, de llevarte un disgusto cuando ingresas solo 650 millones. Quizás por eso muchos hacen esas cosas tan raras, pSin nombreor aburrimiento.

Porque no vale con ser rico, hay que estar además muy aburrido para ir a Vietnam a alojarte en el nuevo hotel de cinco estrellas que se acaba de inaugurar en Hanoi, el Dolce Hanoi Golden Lake, el primer hotel bañado íntegramente en oro. Las puertas de los ascensores, las bañeras, los pasamanos, los retretes, los cubiertos, los espejos... todo está chapado en oro. Hasta el propio edificio está contrachapado con placas doradas realizadas con más de una tonelada de oro.

No acabo de ver qué satisfacción especial te puede aportar cagar en un retrete de oro, más allá de la evidente relacionada con la acción y no con el material. Recuerdo que Juan Antonio Roca empleó parte del dinero que saqueó en Marbella para colgar un cuadro de Miró, bastante bueno además, en el baño. Eso puedo entenderlo, pasar el rato del apretón mirando una hermosa obra de arte me parece una idea fascinante, un lujo cotidiano que yo podría darme si tuviera el suficiente dinero. ¿Pero cagar en un retrete de oro, en qué cabeza cabe? ¿En qué momento y a partir de qué cantidad de dinero una persona pasa a considerar algo así como un signo de distinción?

Supongo, después de todo, que son cuestiones que solo nos planteamos los pobres. Cuando hasta el aburrimiento es un lujo que no puedes permitirte, la única riqueza son los contados momentos en los que una felicidad de marca blanca hace que olvides hasta las preguntas.

Un retrete de oro
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