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Los artículos que, en barra libre, publico los domingos en la última página de la edición impresa de El Progreso.

La nada

Aznar se ha convertido en el Chuck Norris de la política: no es necesario argumentar, ni siquiera vocalizar, cuando se puede lanzar una patada voladora

Liberalismo antipático.
Liberalismo antipático.

A MÍ DE mayor me gustaría tener los santos huevazos de Aznar. Como metáfora de carácter, me refiero, no físicamente, algo que, dado el personaje, intuyo que solo está al alcance del negro del WhatsApp.

Tener los huevazos de Aznar como objetivo vital, como estado de plenitud. Llegar a la edad de hacer balance con esa satisfacción inflada y esa admiración por mí mismo, con la convicción del deber cumplido, aunque haya sido a costa de ir cambiando los deberes a salto de mata: lo mismo destruir Irak y el consenso internacional, que malbaratar el país, que reconstruir el centro derecha-derecha. Sé que todavía me queda mucho por aprender y muchos abdominales por hacer, pero aún tengo dos hijos por casar y con suerte y un par de bodas bien montadas quién sabe a dónde puede uno llegar.

Josemari es el único faro que queda encendido en este país de acantilados e incertidumbre. Es el hombre boya, el único que sabe dónde está cuando los demás nos sentimos descolocados. Porque eso hay que reconocerlo, esta última semana nos ha dejado descolocados a todos. Yo estoy por asegurar que Pedro Sánchez se ha sacado de la chistera su nuevo Gobierno solo por conseguir un golpe de efecto que pudiera ensombrecer la gran aparición de nuestro líder autorreferencial para ofrecerse a "reconstruir" lo que él llama el "centroderecha" o, con mucho más tino, "el liberalismo antipático". Ante la estremecedora amenaza de nuestro Cid Campeador de nuevo al frente de su ejército de camisas azules, al pobre Sánchez no le ha quedado otra: "¡Búsquenme un astronauta o algo, por dios, que nos arrasa!".

De poco le va a valer, pobre iluso. Aznar no ha sido astronauta porque no le ha dado la gana, pero en cuatro ratos que se ponga es capaz de completar el entrenamiento e incluso de poner en órbita la Soyuz con la única fuerza motriz de sus brazos cincelados por el mismísimo Bernini. Josemari es el Chuck Norris de la política internacional, un protector de la humanidad que sabe que no hay argumento que se resista a una buena patada voladora. Es Cristiano Ronaldo reclamando que le hagan casito al término de una final en la que salió de titular pero jugó de reserva, "la Champions soy yo". Aznar sabe igualmente que él es la democracia, que más allá de él solo hay zozobra y desconcierto, la "nada simpática".

A estas alturas solo puede aspirar a entrenar al equipo de fúbtol sala de Soto del Real en el Torneo Interprisiones

"Hace mucho tiempo que no le entendemos cuando habla", ha resumido el actual coordinador del PP y antiguo cachorro aznarista Fernando Martínez Maíllo, como si eso le importara lo más mínimo a Josemari. Él está ya muy por encima de partidos y estructuras; si no se molesta ni en vocalizar, no se va a molestar en ser entendido por aquellos a quienes desprecia por haber convertido su gran obra en un caladero de imputados, sin que él, por supuesto, haya tenido la mínima responsabilidad en lo que está pasando.

No sé, hay algo raro en una persona que no duda. A veces es ausencia de pensamiento crítico, aunque por lo general es ausencia de pensamiento a secas. Para las personas como Aznar el pensamiento es algo claramente sobrevalorado, para llegar a la convicción prefieren el atajo de la fe, también la fe en uno mismo, que no es mala de por sí salvo que carezca de anclajes en la realidad. Cuando pasa eso te conviertes en Aznar, el hombre que se ofrece para liderar de nuevo al país cuando a estas alturas a lo único que puede aspirar es a entrenar al equipo de fútbol sala de Soto del Real en el Torneo Interprisiones.

Antes, cuando convertía sus exabruptos en decretos ley, me acojonaba bastante. Ahora solo me produce la ternura de quien necesita urgentemente un amigo, alguien que lo abrace, lo consuele y le controle la medicación. Yo no valgo, no doy la talla, pero mientras, Josemari, quiero que sepas que muchos te queremos así, como eres, ya casi inofensivo.

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