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Los artículos que, en barra libre, publico los domingos en la última página de la edición impresa de El Progreso.

La vieja usanza

Los jubilados, tan antiguos ellos, sacuden el sistema con el único método eficaz: gritando su dignidad en la calle

LOS GRITOS de nuestros mayores por fin se hacen oír en el Parlamento, aunque de momento solo han sido los de Celia Villalobos. La presidenta de la comisión del Pacto de Toledo nunca ha llevado muy bien eso de que le pidan cuentas o que le lleven la contraria; la votación de los grupos parlamentarios para que el Congreso debata ya la revalorización de las pensiones, justo ahora, con lo mal que le viene a doña Celia y lo poco apropiado de las fechas, con este frío, la ha sacado de sus casillas y sus videojuegos. Su señoría, qué menos, ha reaccionado a gritos, que es como ella acostumbra a dirigirse al chófer, a los diputados ajenos, a la mucama o a los ciudadanos. A todo aquel, en general, que considera parte de su servicio doméstico.

No es mucho, pero algo es algo, porque Celia Villalobos, a sus 69 años, un poco de esto va sabiendo. Podría ser jubilada, pero no le da la gana, no como a esos otros jubilados que, a la vez que ella gritaba en la comisión del Pacto de Toledo, gritaban en las plazas de toda España, en una escena añeja, como de No-Do, que casi habíamos olvidado. Ciudadanos reclamando en la calle sus derechos y dispuestos a luchar por ellos, una moda retro, ¡qué salados estos viejos, lo que no se les ocurra a ellos..!

A doña Celia, decíamos, a lo de su pensión no le da ninguna importancia, y mira que podría, con los años que lleva cotizados: más de treinta en cargos públicos, tras un breve paso por su puesto de funcionaria en el Sindicato Vertical. Es mucha pensión de dios para cuando decida pasar a mejor vida, si fuera posible. Además, la nueva reforma esa del IRPF que ha anunciado el Gobierno le va a beneficiar justo a ella, porque solo se favorecerán de las rebajas fiscales las pensiones más altas. De qué se quejan esos viejos de ahí fuera, debe de pensar la señora diputada, como para que sus gritos no dejen oír los míos, quiénes se habrán creído que son.

Lo que pasa es que la cosa no parece ir de quiénes se han creído los pensionistas, sino de lo que ya no se creen. No se creen las milongas de Rajoy, al que en esto de la revalorización de las pensiones le pasa al contrario que a Celia Villalobos, que él quiere, pero no puede. Un argumento que encaja bastante mal con el otro de que la economía va como un tiro. Que ya no cuela, vamos, como no ha colado la patraña de la rebaja trampa con la que el Gobierno pensaba desactivar una protesta que ha sido la única que en todos estos años de recortes y abusos ha puesto nervioso de verdad al PP.

Se están puliendo su hucha de votantes como se pulieron los millones de la hucha de las pensiones

A esos jubilados cargados de dignidad y de razón no los puede despreciar como a aquellos perroflautas del 15-M, o a los frikis del Stop Desahucios, o a los pringados de las preferentes. Es que estos, según dicen las encuestas que susurra al oído de Rajoy el marido de doña Celia, señor Arriola, se supone que son los suyos, su bolsa electoral, su hucha de votantes. Resulta que se la están puliendo como se pulieron los 60.000 millones de la hucha de las pensiones, y el PP ha pasado de ser un manojo de imputados a ser un manojo de nervios. "¡Mariano, haz algo!", gritan en el partido, después de ocho años presumiendo de que no hay nadie mejor que Mariano en el arte de no hacer nada. No es que no quiera hacer, es que no sabe, por falta de costumbre.

Deben preocuparse, no es para menos. El PP, porque está ahora en la diana, pero también el resto, esos que en fraternal colaboración han conseguido que el Parlamento más plural de la democracia sea también el menos productivo para el ciudadano.

Puede que los jubilados, por eso del escepticismo que aporta la experiencia, la mejor perspectiva del lugar de dónde venimos y el lugar en el que estamos y ese punto extra de paciencia, gestionen sus indignaciones a otro ritmo y con otra intensidad. Pero también, por eso mismo de la edad, son más perseverantes cuando deciden que hasta aquí ha llegado la broma.

Y otra cosa: son menos permeables a los cambios. Primero porque no lo necesitan y, segundo, porque la vida les ha enseñado que los cambios no siempre son a mejor. Eso de volcar la rabia por los recortes y abusos en las redes sociales como si fuéramos a cambiar el mundo con un trending topic de tres cuartos de hora de duración será muy moderno, pero de momento no nos ha servido más que para digerir todo tipo de recortes económicos, laborales y de derechos con un civismo que roza la sumisión.

Los mismos derechos que muchos de estos viejos que ahora se están haciendo oír ganaron para nosotros. Los ganaron en la calle, con huelgas, manifestaciones, piquetes y neumáticos ardiendo; no les regalaron ni uno, todos tuvieron que arrancárselos al sistema a mala virgen. Por eso, antiguos que son ellos, cuando han visto que si siguen dejando las cosas importantes en manos de nuestra generación de cibergilipollas nos vamos a pulir toda la herencia, han vuelto a donde solían, a la calle. Y han vuelto como solían, a gritos, una manera vieja pero eficaz de hacerse oír entre el griterío obsceno de todas las señoras Celias de nuestros parlamentos.

Una vez más, estoy seguro, van a conseguir lo que piden. Porque tienen el derecho, porque tienen la razón, porque tienen los votos y porque tienen la dignidad y la valentía de exigirlo. Y, otra vez más, aquello que consigan pasará a formar parte de nuestra herencia común. A ver si esta vez no lo dilapidamos y aprendemos de su ejemplo, porque no van a estar ahí siempre para sacarnos las castañas del fuego. Bastante han hecho ya.

La vieja usanza
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