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Los artículos que, en barra libre, publico los domingos en la última página de la edición impresa de El Progreso.

Participaciones

Salvo que me toque, no hay justificación para la lotería navideña, una tradición basada en la ignorancia y la envidia

Lotería de Navidad. EFE
Lotería de Navidad. EFE

 SÍ, LO reconozco, soy culpable. Pero el que esté libre de culpa que tire la primera piedra. Lo he hecho además de la peor manera, de forma reiterada, consciente del daño que estaba provocando, incluso a gente que aprecio, poniendo a personas contra la espada y la pared, sin opciones, a traición. Y con incumplimiento reiterado del propósito de enmienda, como un canalla: sí, yo también he vendido participaciones de lotería navideña.

También hay que decir, valga como coartada, que en este caso en el pecado se lleva la penitencia. Una vez que uno se deja arrastrar por este lado oscuro, acepta entrar en esta jungla de depredadores al acecho, se convierte además en víctima potencial, porque solo sobreviven los más fuertes, los más despiadados. En un enfrentamiento a talonario, los escrúpulos no entran en el bombo de la suerte.

Lo peor de todo es que nos estamos haciendo daño unos a otros sin caer en la cuenta de que en este juego nadie puede ganar, todos perdemos. Salvo Hacienda, claro, y los quince o veinte ciudadanos emocionados que cada año aparecen por la tele el día del sorteo bebiendo champán en la calle, como en un botellón demenciado, celebrando que llevan diez euros del tercer premio a medias con una cuñada o una aproximación que le llega justo para "tapar un agujero" y pagar el champán que ha tirado por la acera. 

Pero lo de la guerra de las participaciones es otro cantar, es dañarnos de un modo innecesario


La Lotería en sí es, de lejos, lo más molesto de la Navidad, una fiesta que por casi todo lo demás me encanta. No hay nada que justifique la fama y el uso de esta en la ignorancia y en la envidia.

Entiendo que las personas que juegan habitualmente a la Lotería lo hagan también en Navidad, si acaso con más ilusión por la cuantía de los premios. Pero que tipos como yo, que no compramos un décimo en todo el año, de repente abramos el cajón de la mesilla y nos encontremos con que nos hemos pulido cientos de euros no tiene perdón. Y no lo tiene porque la mayor parte de nosotros los ha comprado por una sola razón: son los mismos números que han comprado nuestros amigos, los clientes del bar de costumbre o nuestros compañeros de trabajo, y no soportamos la idea de que a ellos les pueda tocar y a nosotros no. Seamos sinceros: no pasa nada si, como siempre, no nos toca ni un reintegro, o mientras el Gordo caiga a 500 kilómetros y se lo reparta gente que no conocemos de nada, porque lo importante es la salud; pero que exista la más mínima posibilidad de que esa fiesta se monte en la oficina o en el bar de siempre, entre los nuestros, sin que nosotros seamos partícipes es algo que nos mataría. Ahí reside el alma de la Lotería de Navidad, en la envidia.

El otro pilar es la ignorancia. Por algo llaman a la Lotería el impuesto sobre la estupidez. Se analice como se analice, es una inversión nefasta. Contando la relativamente alta inversión (20 euros por décimo), las posibilidades de que toque un premio gordo son ridículas. Por el contrario, la probabilidad de perder todo lo invertido es del 85 por ciento, mientras que apenas hay un 5 por ciento de opciones de ganar más dinero, por poco que sea, del invertido.

Hasta puestos en el improbable caso de que te caiga el Gordo, la cantidad que se recibe no es como para regar las aceras con champán. 400.000 euros menos impuestos a estas alturas no quitan de trabajar a nadie. Más bien al revés, porque los estudios realizados demuestran que más de la mitad de las personas a las que les ha tocado el Gordo tienen una situación financiera peor que la de antes al cabo de unos pocos años. Es lo que tiene no estar acostumbrados a manejarnos con cantidades grandes, que enseguida nos venimos arriba y la cagamos.

Pero, con todo, hasta podría llegar a encontrar alguna justificación para esta demencial costumbre navideña: la tradición, la ilusión compartida, el exceso de alcohol... Pero la guerra de las participaciones es otro cantar, es dañarnos de un modo innecesario. Desde el mismo día en que el chaval te llega a casa con el talonario del equipo de baloncesto, o del anpa del colegio, o del grupo de baile, sabes que estás jodido.

Porque, quitado el impuesto revolucionario que suponen las participaciones que les endosas a los abuelos o al padrino, sabes que el resto te las vas a comer tú. Porque por cada una que consigas vender a conocidos, esos mismos conocidos te van a vender las de sus hijos o asociaciones, con lo cual todo se convierte en un completo absurdo que consiste básicamente en robarnos dinero los unos a los otros para regalárselo a Hacienda. Somos meros recaudadores.

Cualquiera que esté en situación de elegir, que no es el caso, prefiere simplemente darle un par de euros al colegio, al club o a la asociación en cuestión para ayudar en sus gastos que pagar cinco por una participación de la que al final juegas cuatro euros que sabes que nunca vas a cobrar y el colectivo vendedor solo se beneficia de uno. Por no hablar de la que tal vez sea una de las ideas más depravadas que ha creado el ser humano como especie: la participación de 5 euros con recargo pero con dos números, una saña del todo desproporcionada.

Ya sabemos que el gran objetivo que se persigue es que toque simplemente el reintegro, nadie vaya a cobrar sus míseros cuatro euros y la asociación o el club en cuestión se quede con todo, pero el esfuerzo económico común que supone es desmesurado para que luego se beneficien tan pocos, existiendo la posibilidad real de que todos nos aprovechemos con una inversión común mucho menor.

Sé que da lo mismo, que no hay arreglo. Como cada vez que me propongo no comprar Lotería de Navidad, tengo ya el cajón lleno. Ahora solo puedo esperar por la suerte del envidioso o el castigo del estúpido.

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