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Los artículos que, en barra libre, publico los domingos en la última página de la edición impresa de El Progreso.

Tarados sin ambición

Lo único que diferencia al mejor de la historia del resto es el azar, la casualidad de que las cualidades coincidan con la oportunidades

Ronaldismo. EFE
Ronaldismo. EFE

CRISTIANO RONALDO es "el mejor jugador de la historia", según su propia opinión. No el mejor del mundo, de la década o del siglo, lo que ya sería el copón bendito, sino "el mejor de la historia". No lo ha dicho así, sin más, como lo decimos cualquiera de nosotros en la barra de un bar a las tantas de la mañana, con la lucidez traidora del alcohol, la lengua enorme tropezando con los dientes y lijando el paladar y la dicción sucia, en plan "soy el puto amo del futbolín, y no lo digo más porque no me gusta presumir". No, él lo ha dicho consciente, rotundo, meditado; con argumentos, sabiendo que el mundo entero era su auditorio: "Soy el mejor jugador de la historia".

Hay algo obsceno, casi pornográfico en una afirmación así. No es narcisismo, es otro nivel, quizás algo tan nuevo que haya que inventar un término para definirlo: Ronaldismo, tal vez, dado que cristianismo ya está cogido por otro puto amo, el mejor de la historia andando sobre las aguas y récord mundial y olímpico en resurrección en la modalidad de tres o más días.

Cuando alguien como él dice algo como eso ni siquiera hay que entrar en comparaciones, en valorar si puede tener razón o no, porque eso es lo de menos. A lo mejor hasta lo es. Yo estoy convencido de que todos podemos ser los mejores del mundo en algo desde que de chavales me convenció mi amigo Ricardo. Él también estaba seguro de que lo era, pero no sabía en qué, por la sencilla razón de que ninguno de nosotros tenemos las mismas oportunidades ni podemos probar a hacer todo: él, o yo, o usted, podría ser el mejor del mundo jugando al curling, poniendo pladur, tocando el chelo, restaurando muebles, dando gotelé, traduciendo a Goethe al occitano o pescando cangrejos en los mares del Norte, pero nunca lo sabremos porque no hemos tenido ocasión de probarnos. Lo que diferencia a los mejores, quería decir Ricardo, del resto es que la casualidad ha querido que sus cualidades innatas confluyan con sus posibilidades. Casi puro azar.

Hay que ser capaz de soportar mucha presión, el peso de la historia, para llegar a ese punto

El propio Ricardo resultó ser muy bueno accidentándose con coches de madrugada. Cada cena aún recordamos aquella noche que en un giro logró golpear con contundencia dos coches que estaban aparcados de un lado y otros dos del otro, sin que ninguno saliéramos sin más secuela que el asombro. Con el tiempo Ricardo resultó ser un mecánico estupendo, no sé si el mejor del mundo, porque es posible que le faltara ambición, pero sí lo suficientemente bueno para ganarse la vida con holgura y sin presumir.

A mí no me quedó que darle la razón a Ricardo y consolarme con que yo mismo podría ser el mejor en algo, quién sabe qué, pero lo de Ronaldo es otro cantar, juega en otra liga. Él es "el mejor de la historia", porque "yo hago cosas que hacen el resto de jugadores pero ningún otro jugador puede hacer lo que yo hago". Hay que ser capaz de soportar mucha presión, el peso de la historia, aunque solo sea la historia del fútbol, para llegar a ese punto.

Presión a otro nivel. Yo no podría. Un mediocre con autoestima como yo, por muy arriba que se venga, se mete en la cama por la noche y a la cabeza le viene lo de siempre: necesita el chaval mayor o no clases de refuerzo en Física, a ver si mañana me acuerdo de matar esa araña de la lámpara que lleva tres días de prórroga, esa indirecta de mi jefe puede significar que está pensando en echarme, por qué ya no me levanto con las mismas erecciones que antes, esa sombra que proyecta la luz que se filtra por la persiana parece un jabalí... y así, hasta que te duermes. Cristiano no: él se analiza, se compara, se valora, se mide con cada uno de los que son y han sido: tengo más gol que Cruyff, tengo más remate de cabeza que Messi, he ganado más balones de oro que Pelé, tengo las raíz del pelo más firme y las puntas mucho menos abiertas que Di Stefano... Y concluye: sí, soy el mejor de la historia, "y me da igual la opinión de los demás". Y llega el entrevistador de France Football para hacerle la entrevista más importante del año, y él ya llega con el titular, lo mismo dan las preguntas: "Soy el mejor jugador de la historia".

Y yo no puedo sino admirar semejante personalidad. Incluso aunque piense que no es el mejor, no ya de la historia, que es mucho decir aunque solo sea fútbol, sino ni siquiera de los que yo he visto jugar. Y estoy dispuesto hasta a reconocer que quizás no sea el mejor, pero sí uno de los más grandes personajes de cualquier ámbito sobre los que nos ha caído en suerte poder opinar. Y opino, de entrada, que yo estaba equivocado. Antes tendía a pensar simplemente que era otro gilipollas pagado de sí mismo, pero ahora me ha demostrado que es mucho más: Cristiano Ronaldo es un enfermo luchando contra sí mismo y sus demonios, como un chalado de tebeo con un sombrero de papel y la mano en el pecho que se considera Napoleón, pero con la posibilidad de vivir su paranoia.

Lejos de jugar en su contra, creo que esto le da todavía más valor a lo mucho que ha conseguido, incluso aunque nunca llegue a ser, como opina el resto del mundo, "el mejor de la historia": ha triunfado por encima de sus propias limitaciones biológicas, por encima de sus taras mentales. Un ejemplo para muchos de nosotros, simples tarados del montón, enfermos sin ambición.

Tarados sin ambición
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