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Procedente del audiovisual, imparte conferencias, presenta ponencias, escribe artículos e imparte clases. Apasionada de las nuevas tecnologías.

Los buscadores de tesoros de Lalín

Un caso muy curioso sobre la búsqueda de un tesoro en las cuevas de un valle de Laín que movilizó a cincuenta personas y a una echadora de cartas en 1929
Sabela Santos y Fátima Cobo en la exposición. M. BARÁ
Sabela Santos y Fátima Cobo en la exposición. M. BARÁ

Si la semana pasada el tema fue el tesoro de Agolada, descubierto por la familia de contratistas Cachafeiro durante la construcción de una carretera, hoy el curioso caso de los buscadores de tesoros en la comarca de Lalín, porque unas historias nos llevan a otras.

Como decía, en Galicia se expoliaron muchas mámoas y elementos funerarios a base de cavar y extraer cantidades ingentes de tierra en busca de los preciados enterramientos, ya que muchos de ellos contenían piezas de gran valor. En el estupendo trabajo de José Ramón Menéndez de Luarca, se puede consultar la magnitud del saqueo.

A la búsqueda de tesoros contribuyeron los innumerables Ciprianillos que surgieron a lo largo de la historia. El auténtico Ciprianillo (El tesoro del hechicero), según cuenta la leyenda, escrito por el monje alemán Jonás Sufurino en 1001, basado en un supuesto escrito de San Cipriano, con una portada que dice: "La clavícula de Salomón. Invocaciones, pactos. exorcismos. el dragón rojo y la cabra infernal. La gallina negra, escuela de sortilegios, el gran grimorio y el pacto de sangre, candela mágica para descubrir encantamientos. Recopilación de la magia caldea y egipcia, filtros, encantamientos. Hechicerías y sortilegios".

Bajo otros nombres el tratado evolucionó como Gran Libro de San Cipriano, Libro Magno de San Cipriano, Millonario de San Ciprián o Los secreto del Infierno. Un tratado de exorcismos pero hay dos clases de Ciprianillos, uno basado en magia negra y otros contra el mal de ojo e invocaciones para desencantar y encontrar tesoros ocultos. Por ejemplo, con una varita mágica para "descubrir tesoros, metales, aguas y cuanto se halla oculto a mis ojos". En Galicia uno de los que se conocen es el Millonario de San Ciprian editado en A Coruña por Adolfo Ojarak, leído al revés Carajo, editado a mediados del siglo XIX en A Coruña a modo de sátira burlesca con una lista de tesoros romanos y moros por descubrir.

Esta nueva historia comienza por casualidad al encontrarme con un artículo publicado en El Eco de Santiago relacionado con la búsqueda de tesoros y el caso es digno de una película. Un relato titulado Buscando un tesoro escondido en el que se explica, con todo lujo de detalles, lo ocurrido en 1929 en las cuevas de Cabos d'Orca en Cercio, una pequeña parroquia en el Concello de Lalín (Pontevedra).

Inicia el relato real el ferreiro de Louzenzo de Cercio: "dijo un día a varios individuos que según constaba en un documento que él tenía en su poder había un tesoro escondido entre las cuevas de Cabos d'Orca, un pequeño valle que se encuentra entre las parroquias de Brántega, Orrea, Cercio, Val y Santa Comba". El ferreiro congregó alrededor de este relato a varias personas y quedaron «en ir lo más pronto que se pudiera a la montaña, llevando cada uno el encargo de buscar compañeros que les ayudasen», si el tesoro no aparecía nadie se llevaría nada, pero en caso de descubrirse se repartiría a partes iguales entre todos. El problema era Mingos de Orrea, propietario del lugar que no permitiría la búsqueda si no obtenía un tercio de lo encontrado, como al final así acordaron.

El grupo de buscadores de tesoros empezaron su trabajo con ganas e ilusión. Era un numeroso grupo de unos cincuenta trabajadores, pero así como pasaban los días y no había ningún vestigio del ansiado botín, decidieron atajar visitando a una echadora de cartas, que tal vez pudiera ayudarlos. Las echadoras de cartas no tenían muy buena fama pero muchas personas acudían a ellas cuando eran presas de la desesperación. En la zona tenía fama de ser muy visitada la señora Venancia, conocida como A Sabia porque "botaba as cartas millor ca ningunha". Pues bien, "Recibiolos la adivinadora en casa, una dependencia con suelo de tierra húmeda, sin cal en las paredes, llena de piedras salientes que le servían de colgador universal, en una de las cuales estaba pendiente una ristra de ajos y un viejo candil, a cuyo siniestro resplandor fueron votadas as cartas".

Venancia, "vieja arrugada, sin más que dos dientes, uno arriba y otro abajo, de ojos vivos, ratoniles...", echó las cartas para saber si confirmaban la existencia de un tesoro en el valle. A la vez que dejaba las ya mugrientas cartas sobre la mesa sacaba de su faltriquera un dedal de sastre, migas de maíz, dos cabezas de ajo y unas perras chicas. Extendió las cartas sobre la mesa mientras acariciaba su michiño de color aplomado.

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La primera carta que salió fue el Rey de Oros con el Caballo y el siete, que hablaban de un señor que traía riquezas; la siguiente el Caballo de bastos y la Sota con más de seis y siete indicaban que a orillas de las aguas y en los caminos venían unos bandidos que pedían prendas a los caminantes, "esto xa non se pon ben", dijo A Sabia; Las siguientes cartas fueron el As de Oros y el dos de Copas, "que anuncian que el tesoro se ha salvado, pero no se sabe dónde va". Después de toda esta parafernalia, A Sabia concluyó que, "sí, está en las cuevas y también dice este As de Espadas que corridos los años lo ha de descubrir uno que hace armas y fierros", con esta frase dejó la mujer convencidos a los asistentes que se trataba del ferreiro, por lo que la cosa iba bien.

El artículo especulaba con la visita a las mencionadas cuevas del alcalde de Agolada, José Oro Barrio, y Anselmo Rúa, pero de esta circunstancia no tengo mayor constancia. A continuación se cita que contagiados por los buscadores de oro de Agolada se tenían noticias de otra búsqueda de un tesoro en la localidad de Villantime en Arzúa dirigida y costeada por el perito Sr. Penas.

De estos los famosos tesoros no hay noticias posteriores, por lo que es muy posible que nunca aparecieran, salvo que se hubieran guardado en algún arcón en el mayor de los secretos hasta hoy.

Los buscadores de tesoros de Lalín
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