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Procedente del audiovisual, imparte conferencias, presenta ponencias, escribe artículos e imparte clases. Apasionada de las nuevas tecnologías.

La monja casada de Cuntis (I)

HACE UNOS días se inauguró en la iglesia de Cuntis un monumento a una monja que dejó asombrados a propios y extraños ya que era una mujer casada y fundó la Comunidad de las Hermanas Carmelitas Descalzas. tá considerada como la primera mística de Galicia. Su vida, digna de una serie, la voy a contar en dos partes porque fue un auténtico sinvivir.

María Antonia Pereira y Andrade nace el 5 de octubre de 1700 en El Penedo en Cuntis . Hija de Manuel Pereira y María del Campo y Andrade , naturales del mismo lugar. “Su padre descendía de la Casa Blanca de Portugal” y su madre era descendiente de obispos y damas de la reina Isabel. Era la mayor de cuatro hermanos; Lucas, Mateo y otro hermano más pequeño que falleció a muy corta edad. María Antonia nació de siete meses y por miedo a que no sobreviviera la bautizaron al día siguiente con el nombre de Flavia, “aunque después de la confirmación se lo mudaron por el de María Antonia”.

Sus padres eran “cristianos viejos” y la educaron en la doctrina y tormentos cristianos muy del gusto de la época. Vivía atemorizada por su padre que “la trataba con mucho rigor y severidad porque era muy vivo y recto de condición”. A los cinco años su madre la instruye en “las labores de manos propias de las mujeres, como son hilar y hacer encajes”. María Antonia era una niña muy espabilada y lo aprendía todo con mucha rapidez por lo que su madre “la tenían sujeta a la almohadilla, sin dejarla salir de casa ni tratar con persona alguna”. La niña destacaba por ser “siempre bien inclinada, sin resabios de malicia, de corazón muy sencillo, manso y apacible con todos y muy compasiva con los pobres”.

Su madre, horrorizada por el rigor con el que su marido trataba a su hija, a los siete años la envía a Caldas de Reis al cuidado de su cuñada María Pereira, tan virtuosa y espiritual como su marido

Su madre, horrorizada por el rigor con el que su marido trataba a su hija, a los siete años la envía a Caldas de Reis al cuidado de su cuñada María Pereira, tan virtuosa y espiritual como su marido. María regentaba una casa en la que acogía a niñas porque “las traía muy a raya”. Allí aprendió oficios propios de las mujeres y “el rezo del rosario y otras devociones”. Su tía terminó por darle un trato impropio para su edad ya que la tenía dedicada todo el día al trabajo y le “solía poner las carnes más negras que un carbón, de azotes y pellizcos que le daba”.

Un día que María Antonia caminaba por la calle, en medio de un tumulto, un cura “por dar palos a otro” se los dio a ella tan fuerte que le descoyuntó el brazo. Ella misma relata cómo “me tullí y puse paralítica de todo mi cuerpo”. Todavía convaleciente es obligada a trabajar a destajo para mantener su tía y su abuelo. María Antonia, harta de tanta explotación, decidió huir a su casa. Pero al poco tiempo su padre fallece repentinamente. Sin ingresos la familia se empobreció hasta la miseria, circunstancia que aprovechó su tía María para llevársela de nuevo a su casa de Caldas. En medio de todas estas desgracias, María Antonia un buen día, despertó a la concupiscencia y a la sensualidad, circunstancia que le duró diez años y le causó grandes tormentos.

El abad de Tui , apenado por el destino incierto de la familia, los acoge en su casa a la vez que aconseja a María Antonia regresar a Caldas a casa de su tía. Una vez allí el trabajo era doble ya que hacía encajes para las albas del abad y para su abuelo y su tía. De tanto trabajo y trajín María Antonia enferma y la mandan a Tui a casa de una amiga del prelado. Allí conoce a un caballero “pariente de dicha señora quien, llevado de la gracia y donaire de esta sierva de Dios, le cobró desordenada afición, la que tuvo el atrevimiento de manifestarle”. Aterrorizada ante tales pretensiones carnales huyó de la casa. Por esos caminos de Dios, sola y sin rumbo, encontró a una pareja de su edad que también huía y se unió a ellos. Mientras caminaban por una senda un hombre desconocido la “asió del brazo y la puso encima de su caballo”. Como caído del cielo, apareció un anciano por el camino que la liberó de tan inquietante situación. María Antonia vuelve a Baiona.

Puede que para alejarse de su caótica vida familiar se casa con Juan Antonio Valverde , “un mozo honrado y de buenas costumbres”. Meses después vive atormentada por no haber entregado su vida a Dios en un convento. Continuará...

Fuente: '“Aproximaciones a la M. María Antonia de Jesús'”, de María del Salvador González

La monja casada de Cuntis (I)
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