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Procedente del audiovisual, imparte conferencias, presenta ponencias, escribe artículos e imparte clases. Apasionada de las nuevas tecnologías.

La Toja, la isla del tesoro

Una isla que fue referente en el mundo por su balneario, que modernizó el concepto de turismo en Pontevedra y con una intrahistoria interesante que resurge después de más de 100 años de la mano de las investigaciones de Francisco Meis

Fachada sur en 1913 del Gran Hotel. ARCHIVO FRANCISCO MEIS
Fachada sur en 1913 del Gran Hotel. ARCHIVO FRANCISCO MEIS

Hablamos con Francisco Meis Durán, un investigador apasionado por la historia de O Grove y su comarca, y se lamenta con razón de la desaparición de los archivos del Gran Hotel de la Toja: "Reconstruirla ahora es una ardua tarea a base de hemerotecas y archivos familiares". Francisco empezó su investigación sobre la isla a finales de los años 90 a través de una postal y se dio cuenta al momento de que "había una historia muy antigua que no estaba referenciada".

La isla originariamente se llamaba Louxo, no tenía árboles y estaba deshabitada. Remontándonos a 1538, "el Arzobispado de Santiago cede a todos los vecinos del El Grove dicha isla por Foro y plazo de doscientos años, imponiendo a cada vecino una renta anual de cuatro reales de vellón". En 1702, la Real Audiencia de La Coruña libra carta de orden en donde determina que "el derecho de pastoreo y aprovechamiento de los productos naturales de la isla" correspondían a los vecinos de o Grove.

Pero no es hasta principios del s. XIX cuando comienza el interés por las propiedades de las aguas termales de la isla. Hablamos de o Grove, "un pueblo de pescadores en el que las comunicaciones con el exterior se establecían por mar y muy alejadas del turismo de la época", explica Francisco. la historia del balneario se remonta a 1812 cuando un francés que se quedó después de la Guerra de la Independencia, aquejado de ciertos problemas de salud, llegó a la isla por recomendación de Mosquera, un curandero de la zona, para tomar las aguas en el lugar conocido como Porca Morta. El lugar se llamaba exactamente "con da porca morta"; "denominación que recibió porque cuando hay media marea la piedra parece un cerdo flotando sobre las aguas", según cuenta en una carta Francisco Otero Goday a instancias de Casto Sampedro. Al comprobar la mejoría del galo, Mosquera recomendó el lugar a otros pacientes que llegaban a la isla en barca.

Existen otras versiones que pueden ser ciertas también: la del burro que ulcerado abandonaron allí a su suerte y revivió según la versión de Juan Tato Lens; y otra en la que "la tradición atribuye a los pescadores de la Ría de Arosa que al caminar descalzos sobre determinadas partes de la Isla, percibían en los pies una sensación de calor", y por consiguiente el descubrimiento de las termas. Esta última versión ya la menciona Antonio Casares porque se pensaba que el agua estaba caliente porque allí vivía el demonio por eso, para proteger el lugar, se edificó posteriormente una iglesia.

Sea como fuere, con el fallecimiento de Mosquera el lugar cayó en el olvido durante décadas hasta que aparecieron en escena Seoane (notario de Sanxenxo) y Francisco Otero (cura de Dodro) que compraron el terreno para fundar hacia 1841 la primera sociedad para la explotación de las "aguas milagrosas". Ellos aportaron los terrenos y el capital era de «dos de los empresarios más importantes del momento: Luis de la Riva (Sargadelos) y Manuel Piñeiro", explica Francisco, y ese mismo año declaran las aguas de utilidad pública.

Médicos ingleses en el balneario en 1909. ARCHIVO FRANCISCO MEIS

Se construyeron varias casetas, tipo chozas con tablones de madera, para acoger a los visitantes, pero no reunían condiciones suficientes. Tal era el estado del complejo, que cuando Caralampia Arizcu, esposa del Alejandro de Castro y Casal que era ministro de Isabel II, aquejada de varias dolencias llegó a la isla hacia 1860 para tomar las aguas se encontró con que "el baño se practicaba en unos hoyos de granito, labrados a modo de sepultura que se llenaban de agua que surgía con burbujas gaseosas, por las pequeñas fallas del fondo del hoyo".

Entre los muchos personajes unidos al balneario Francisco destaca a José Botana Barbeito que, a mediados del XIX, buscaba en las conchas de las playas una manera de crear arte. Empezó a hacer collares y con el nácar decoraba sillas y mobiliario; de hecho, le regaló a la reina Isabel II una silla y "se convierte en el primer promotor turístico de la isla llevando el nombre de o Grove a través de su obra a todas las exposiciones internacionales de finales del s. XIX", explica Francisco.

El balneario de La Toja empezó a adquirir fama y acudían personas ya de fuera de Galicia. Con el paso del tiempo, hacia 1880, se pone a la venta la propiedad y unos años después la compran Luis Mestre Roig, un indiano de Cuba, y Estanislao de Castro. A lo largo de todos estos años los pleitos por la propiedad se suceden, "situación muy común en otros balnearios", comenta Francisco. A finales de la década de 1880 aparece ya la figura del marqués de Riestra en el balneario como cliente y enseguida se dio cuenta de las posibilidades del modelo de negocio de los balnearios.

Hacia 1896 Augusto González Besada, que era Gobernador civil de Pontevedra, incautó la propiedad del balneario porque el Ministerio de Beneficencia instó a los propietarios a hacer mejoras en las instalaciones que nunca llegaron. Es el momento en que Laureano Salgado, un importante industrial de Galicia conocido como "el rey de los saltos de agua", y Fernando Rodríguez Porrero, farmacéutico asturiano, compraron las fincas y formaron la Sociedad Anónima La Toja. Alrededor de 1902, con la devolución del lugar a los nuevos propietarios, se aplicó al negocio una política de empresa moderna con una de las primeras campañas de marketing mediante postales enfocado al turismo internacional, en concreto al inglés. En 1903 es cuando aparece en la escena empresarial el marqués de Riestra como presidente del balneario y dos años después fundan la Fábrica de Jabones de La Toja.

No es hasta 1908 cuando se inaugura el Gran Hotel, obra del arquitecto Daniel Vázquez Guías, siguiendo la estructura de otros balnearios de la época. Para ello se canalizó el agua termal desde los pozos hasta el hotel a través de un túnel abovedado de ladrillo. El primer salón de baile del hotel del que se tiene constancia fue el bautizado como Salón Quiroga, en honor al violinista pontevedrés.

El primer puente se empezó a construir por mediación de Augusto González besada en 1909, se inaugura en 1910 y el primer coche que pasó era de unos turistas ingleses. Traen a médicos británicos para que hablen bien de las aguas del balneario y crean el cuarto campo de golf de España. "El gran golpe de efecto del marqués de Riestra no era simplemente hacer un balneario, era traer a Alfonso XIII a la isla de Cortegada con uno de sus grandes aliados: el abogado de Alfonso XIII, Cobián Roffignac", explica Francisco. La isla de Cortegada se expropia pero el proyecto no prospera y Riestra y otros empresarios pierden mucho dinero con esta operación. además, cuando estalla la Primera Guerra Mundial, la idea de traer en trasatlánticos turismo internacional a la isla hace aguas.

Aquí termina mi relato por falta de espacio a la espera de que Francisco Meis se anime a publicar un libro detallado sobre la isla y toda su historia.

Fuentes: Charla con Francisco Meis Durán y Historia dunha Illa de Francisco Sabell Salgues.

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