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Agua del grifo

Agua del grifo. ARCHIVO
Agua del grifo. ARCHIVO

ESCRIBO ESTAS slíneas desde Madrid, en una mesa redonda, de buena madera, con un jarrón de flores artificiales en el centro que le confiere un aspecto agradable a la salita de estar, un aire cálido. No es mi casa pero como si lo fuera. Mi amiga Ana, la propietaria legal del inmueble, tiene esa facultad entre muchas otras: hacer que todo el mundo se sienta a gusto en su reino incluso estando ella ausente, como es el caso. Se ha marchado a un festival de cine y a mí me ha dejado al mando con una orden muy concreta: "rompe cosas".

En realidad, más que una orden es un permiso. En anteriores visitas he roto tazas de café, vasos, una silla, una mampara de ducha, dos figuritas de Tintín, la persiana del cuarto de invitados y el router wifi. Supongo que Ana ya no entiende mis visitas sin que vaya dejando mi pequeño reguero de destrucción así que, esta vez, ha decidido ponerse la venda antes que la herida: "carta blanca, sé tú mismo, que se sienta tu presencia en esta mi santa casa". Dicho y hecho: se me acaba de caer un tarro de mermelada en la cocina y no sé si sentirme mal o salir a celebrarlo. Primero habrá que recogerlo, claro. Pero después habrá que salir a regar la hazaña con alguna caña o unos vasos de agua del grifo, que aquí es casi una religión.

Lo de los madrileños y el agua del grifo se parece a lo nuestro con el vino de casa. Se les enciende la cara de orgullo cuando alguien pide un vaso y salen disparados hacia la cocina, como si bajaran a una bodega supersecreta donde esconden un prodigioso manantial. "Es del grifo, la mejor de España, buenísima", te informan antes de que se te ocurra, siquiera, preguntar. Luego se lanzan a recitar una serie de propiedades del básico líquido en cuestión que van desde lo espiritual hasta lo físico, como si el agua, en Madrid, fuese algo más que hache dos o. "Toma, prueba", dicen paseando el vaso por delante de tu cara como si fuese un gran acontecimiento. Y tú, claro, la pruebas: ¿qué vas a hacer?

Llegados a este punto, se produce un momento de cierta tensión. Tú, que tienes sed pero no has bebido agua del grifo en tu vida, te sientes observado, casi obligado a traicionar tus propias convicciones. Ellos, que deben ser todos accionistas del Canal de Isabel II, necesitan tu total aprobación y algo de admiración. La cara se te contrae en una mueca que no es del todo acertada pero inevitable y ellos giran el pescuezo como esas aves que cazan peces en el río. Al final, no sabes cómo, terminas controlando tus músculos faciales e improvisas una leve sonrisa: "riquísima", te descubres diciendo mientras vas pidiendo permiso al cura de tu parroquia para confesarte.

El caso es que, como ya he dicho, mi amiga Ana no está y yo he podido permitirme uno de esos grandes lujos madrileños que es bajar a un supermercado y comprar un atado de agua embotellada. La he paseado por la calle, arriba y abajo, que es un modo como otro cualquiera de afrenta, casi una declaración de guerra, pero la sangre no ha llegado al río: normal, podría contaminar su ‘maravillosa’ agua. Ya en casa, he tratado de meter un par de botellas en la nevera y, en el intento, he terminado rompiendo otro tarro de mermelada, esta de melocotón. Se impone, pues, limpiar las pruebas antes de que Ana regrese: beberme toda el agua embotellada y deshacerme de los envases cuanto antes. Porque una cosa es destrozarle media casa pero otra, muy distinta, sería romperle el corazón.

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