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Diez años sin ETA

Urkullu, durante el acto de homenaje a las víctimas con motivo de los 10 años del fin de ETA. EUROPA PRESS
Urkullu, durante el acto de homenaje a las víctimas con motivo de los 10 años del fin de ETA. EUROPA PRESS

Lunes


El próximo miércoles se cumplirán diez años desde que la banda terrorista ETA reconociera su derrota y anunciase el cese definitivo de sus actividades. Y no fue una decisión cualquiera por lo evidente, aunque también convendría recordar que ETA podría haber seguido matando, ya maltrecha por la brillante labor de jueces, cuerpos policiales y diplomacia exterior, pero con la capacidad suficiente para prolongar su reino del terror: eso da todavía más valor a lo conseguido por todos los demócratas pero, en especial, por un pueblo vasco que dejó de jalearlos, reírles las gracias o, simplemente, mirar para otro lado. Diez años después de aquello, insisto, queda mucho camino por recorrer hacia la normalización total de la convivencia. Pero de lo que muy pocos dudan ya es de su derrota total, por eso la utilización política de su recuerdo, a día de hoy, no es más que un torpe intento por seguir poniendo muertos encima de la mesa para ver si todavía llevan votos en los bolsillos.

Martes


Romantizar la lucha armada está en el ADN de una gran parte de la izquierda, en especial a edades muy tempranas. El Che Guevara sigue siendo un icono estético y político, el IRA mantiene una cierta fascinación entre los que se levantan cada mañana soñando con hacer la revolución y ETA fue, durante muchos años, nuestra propia versión del punk sangriento: mataba por la libertad del pueblo vasco, una justificación que se ancla con facilidad en el cerebro de cualquiera con ganas de cambiar el mundo. Luego están las entrañas, lo que discurre por debajo de esa pátina brillante de idealismo Ali Express, y ahí no hay nada bonito, ni romántico, ni justificable. Es fácil opinar desde un pueblo de Galicia, lo difícil era vivir sin poder hacerlo en cualquier pueblo de Euskadi y eso también era terrorismo.

Miércoles


Levantarte un día cualquiera y ver una pintada con tu nombre frente a la puerta de casa, que se haga el silencio cuando entras en un bar, que los que un día fueron tus amigos giren la cabeza cuando te ven por la calle, recibir mensajes amenazantes en tu buzón de correo o llamadas a horas intempestivas de desconocidos que te invitar a dejar tu pueblo, tus raíces, porque alguien te ha señalado como impuro. No hacía falta que fueses militante del Partido Popular o que estuvieses enrolado en las juventudes socialistas, pegando carteles u organizando algún acto que te ocupaba un par de horas a la semana. Incluso siendo abertzale corrías el riesgo de que alguien te señalase con el dedo y perdieses tu condición de vasco, de vecino, de persona. El terrorismo, más allá del ruido de las bombas y las pistolas, era eso: que a tu padre le escupieran por la calle y que Margarita, la pescadera a la que ETA le asesinó un hijo, aceptara hablar de su muerte con las clientes como un accidente. "Qué pena lo de tu chaval, que muerte más desgraciada", le decían. Y Margarita asentía como si lo hubiese atropellado un coche, no una bala.

Jueves


Todos sabemos quién es Otegi, o cuando menos quién fue: partícipe del terror, partícipe de la paz. Esas cosas pasan. Algunos de los militares más sanguinarios de guerra civil -y la posterior dictadura- jugaron su papel para que llegase, por fin, la democracia. El propio Manuel Fraga fue ministro de Franco y terminó tan incrustado en la normalidad política de nuestro país que a nadie se le ocurrió invalidar su palabra a causa de su pasado. Se intentó, tampoco nos hagamos trampa, pero no se consiguió. Otegi se merece todas las dudas que suscita su persona pero también un cierto reconocimiento, al menos un mínimo beneficio de la duda para que refrende con hechos algunas de sus últimas palabras. Tanto él como Jesús Eguiguren ocuparán un puesto destacado en la historia del final de ETA, pero Otegi tiene en sus manos ocuparlo también en el del asentamiento de la normalidad y la convivencia. No más homenajes a asesinos, no más medias tintas -ni medias verdades- a la hora de condenar a ETA, no más relatos alternativos para una realidad que se explica por si sola: un grupo de autoelegidos guardianes de la pureza empeñados en condicionar la opinión de todos los demás a base de disparos, bombas, secuestros, extorsiones, acoso y violencia de todo tipo.

Viernes


Poner a las víctimas por encima de todo. Pero no solo a las que sufrieron un atentando, o perdieron a un familiar, sino a los que vivieron en silencio toda una vida, agachando la cabeza y levantándola para gritar consignas que no los representaban, solo porque quien tiene culo, tiene miedo. Los totalitarismo son todos iguales, por eso Euskadi y Alemania comparten una vergüenza social común: la de haber mirado para otro lado mientras pasaba lo que pasaba. Y otro día, si quieren, hablamos de represión, de elementos de algunos cuerpos de seguridad desbocados, de los GAL y de otras muchas cosas pero hoy tocaba hablar de ETA. Y ETA ya solo es un mal recuerdo de lo peor que haya parido Euskadi: mal camino han elegido quienes siguen empeñados en resucitarla. Y curiosamente, no parecen ser los abertzales.

Diez años sin ETA
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