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Rocío Carrasco. EUROPA PRESS
Rocío Carrasco. EUROPA PRESS

Lunes


Rocío Carrasco, la mujer con eterno nombre de niña, vuelve a estar en boca de todos tras la emisión del primer capítulo de una serie documental sobre su azarosa vida. Fue un ejercicio televisivo de primer nivel, en el que su denuncia sobre los malos tratos sufridos a manos de su expareja, Antonio David Flores, se combinaba con el sorteo de 12.000 euros, salpimentando el drama con codicia hasta convertirlo todo en una barraca de feria. Es la televisión que más gusta en este país y merece ser respetada, solo faltaría, especialmente cuando sirve para visibilizar temas realmente capitales. Dos días antes, en ese mismo plató, nos enteramos de que algunos personajes de la farándula patria comerciaban con braguitas usadas desde mucho antes que los japoneses pusiesen de moda semejante parafilia, pero el maremoto quedó en nada ante el desgarrador testimonio de Rociíto. Y que nadie piense que estoy equiparando una cosa con la otra, tan solo señalando que, más allá del valor sociológico del programa del domingo, todo se cuece y se presenta sobre los mismos platos y en la misma cocina.

Martes


Y ya que hablamos de televisión, no quiero dejar pasar la oportunidad de comentar un tuit aparecido. Lo escribía una reportera de la televisión pública que decidió asaltar a Mariano Rajoy mientras el expresidente del Gobierno hacía deporte. "Lo hemos vuelto a hacer: periodismo", escribió junto al vídeo en cuestión. Y como en este santo país hay un poco de todo, no faltaron aplausos y vivas al proceder de la reportera, que no le arrancó a Rajoy ni un triste "dientes, dientes, que es lo que les jode". En definitiva, que aquello no funcionó ni como ejercicio carroñero ni mucho menos como el mejor ejemplo del auto cacareado periodismo. De eso se ocuparon los auténticos profesionales de TVE, entre ellos nuestro Xabier Fortes pero también otros pesos pesados como Carlos Franganillo. A ellos, como a mí, les pareció una vergüenza impropia de una televisión pública y decidieron denunciarlo en lugar de callarse o escurrir el bulto: a veces pienso que el buen o mal periodismo es, poco más o poco menos, que una cuestión de dignidad.

Miércoles


El propio Mariano Rajoy, como también José María Aznar, declararon hoy en calidad de testigos, y por videoconferencia, sobre la enésima causa relacionada con el extesorero Bárcenas, esta vez a cuenta de sus famosos papeles y los posibles sobresueldos que, presuntamente, se repartían en Génova. Aznar, solo y en un despacho privado de su vivienda, decidió ponerse la mascarilla en una maniobra que cumplió su objetivo: todo el mundo habla hoy sobre la prenda protectora y pocos de su declaración, en la que negó que su partido tuviese una caja paralela y que se cobrasen dichos complementos lejos del alcance del fisco. Él, que se jugó el bigote a que Sadam Husein acumulaba armas de destrucción masiva en un lejano desierto, entraba cada día a trabajar en una sede reformada con dinero negro sin enterarse de nada, lo que no deja de ser una metáfora magnífica de aquel gobierno suyo que algunos bautizaron con el pomposo nombre de "el milagro económico español", algo así como los panes y los peces pero con sobres.

Jueves


Los franceses están invadiendo la capital de España para visitar sus muchos y buenos museos, o eso le parece a su alcalde, que salió hoy por peteneras al ser interrogado sobre la inquietante cuestión. Cada día nos llegan imágenes del disparate lúdico festivo en que se ha convertido Madrid, una especie de Magaluf primaveral en tiempos de covid-19, mientras el resto del país sigue optando por la cautela y, más importante todavía, un cierto respeto por el drama vivido. Los hospitales siguen reportando cientos de fallecimientos a diario, una buena parte de ellos localizados en Madrid, pero sus calles siguen pareciendo un carnaval al tiempo que sus gobernantes manosean su memoria -la de los muertos, digo- en un ejercicio casi burlesco y de uso puramente político: allá cada uno con su conciencia y el madrileño de a pie con su voto.

Viernes


Aquí, en Pontevedra, la gente va saliendo a las calles pero con una responsabilidad digna de señalarse, salvo contadísimas excepciones. Ha vuelto el sol y la tendencia natural del pontevedrés a la vida de exteriores vuelve a dejarnos imágenes que nos hacen soñar con el final de esta pesadilla. Todavía quedan unos meses de andarse con mil ojos y respetar ciertas normas pero uno no puede evitar pensar que pronto estaremos abrazándonos y besándonos por los portales de una ciudad que, desde que espantó a los coches, construye sus mejores postales a base de gente. 

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