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Movida promovida

Imagen de archivo de jóvenes en el botellódromo del Recinto Feiral. ADP
Imagen de archivo de jóvenes en el botellódromo del Recinto Feiral. ADP

Lunes

Recuerdo la primera vez que llegué a casa realmente borracho, lo que se viene a llamar mamado perdido. Subí las escaleras fingiendo sigilo, idiota y pretencioso. Saqué las llaves, calculé ángulos, y comencé a pelearme con la cerradura con tanto escándalo que mi madre abrió la puerta por dentro y yo caí de bruces en el pasillo: un piscinazo de libro. Y, claro, las madres lo aguantan todo, incluso las excusas más infames. "Me echaron algo en la bebida", le dije con mis santos arrestos. A duras penas me arrastró hasta el baño, me aguantó la cabeza mientras vomitaba y en un momento dado dijo aquella frase que desató el infierno: "quítate la camisa". Desde entonces siempre he pensado que el infierno debe parecerse mucho a mi padre gritando desde la habitación, a pecho partido, que no se limitara a la camisa: que me quitase, también, la piel.

Martes

Hace un par de años —igual tres o cuatro, no soy bueno para las fechas— Carme da Silva dijo una frase que explica a la perfección el problema raíz del botellón en esta ciudad, entonces referido a la celebración de peñas: "es un premio de los padres por las buenas notas". Hubo, incluso, quien criticó a Da Silva como si su diagnóstico no fuera preciso y conciso. Si uno lo piensa un poco, qué puede hacer un ayuntamiento o un gobierno de cualquier cariz cuando los padres permiten que sus hijos, menores de edad, salgan a emborracharse como premio o como costumbre social? Ahí importa más el sujeto que el predicado y pedir responsabilidades a los políticos en un tema como este es como culpar a la señora de White Label tras una soberana borrachera... Y lo sé porque yo lo hice.

Miércoles

Si yo contara aquí mis botellones más salvajes —y sus consecuencias— me echarían del periódico, de Galicia, de Europa... Alguien avisaría a la policía y mis padres se verían obligados a empeñar la casa como fianza, acuciados por no sé cuántos cargos. La diferencia con lo que sucede ahora es que no era consentido, tenía sus consecuencias y, por supuesto, no se les ocurría a mis padres echarle la culpa al alcalde, al presidente de la Xunta o a la Casa Real, que tampoco es que diera muy buen ejemplo, ahora que lo pienso. Abrir el famoso botellódromo me parece una solución apropiada —"movida promovida por el ayuntamiento"— para un problema de convivencia ciudadana: el que quiera jarana, al otro lado del río. Que allí se agolpen menores con botella de a tres euros compradas no sé dónde y no sé cómo -en realidad sí lo sé pero no voy a decirlo- será problema de unos padres que consienten la degradación temprana de sus hijos y también de unos cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado que deberían llegar cada fin de semana a la comisaría con las libretas llenas de nombres y apellidos sin edad ni para prestar declaración.

Jueves

Y dejando a un lado a los menores de edad, me atrevería a decir que el botellón es uno de los grandes inventos de la humanidad. A fin de cuentas, consiste en imitar el ocio nocturno de toda la vida pero saltándose al intermediario, y que no se me entienda mal: a todos nos gusta ir a un local de moda a que nos sirvan un coctel con frutas escarchadas por doce euros pero qué les voy a contar sobre las condiciones económicas de una juventud que no cobra su primer sueldo serio hasta que un médico les concede la baja. No tiene glamour, los mayores dirán que no tiene ni decencia, pero no se distingue tanto de aquellos aquelarres vinícolas de nuestro abuelos o de las juergas de nuestro padres en el viejo Daniel, solo que al aire libre y a precio de coste. Es fácil demonizar al joven que recurre al botellón como arma de socialización masiva pero prueben ustedes a tener dieciocho o veinte años en este mundo post pandemia de mierda.

Viernes

Y ya por acabar: el sueldo del alcalde. Dicen los números que el nuestro es el regidor que más cobra de toda Galicia, lo cual no me parece del todo mal. Es más, me parece bastante bien, como me parecía bien que Messi cobrase lo que cobraba. "Es una barbaridad", decía la gente sobre el pastizal que se levantaba anualmente el argentino. No, hombre... Barbaridad es lo de Coutinho, Sergi Roberto, Dembélé o Jácome, el alcalde de Ourense. Lo de Lores es justo y proporcionado, que diría un cura, y no parece que haya muchos pontevedreses indignados por su relación calidad-precio a esta hora de la tarde salvo aquellos que no le darían ni treinta monedas de plata pero ya se sabe cómo son las cosas de la municipalidad y la santa biblia: vayan todos con dios.

Movida promovida
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