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Nunca pasa nada

Pontevedreses paseando por Benito Corbal. RAFA FARIÑA
Pontevedreses paseando por Benito Corbal. RAFA FARIÑA

UNO SABE que se está cocinando algo importante en la ciudad cuando no tiene nada interesante que contar en su columna de los domingos, es un hecho. En otros tiempos, las grandes tempestades sociales y políticas se podían intuir porque los pontevedreses aparcaban sus coches en doble fila y entraban gritando en los comercios pero ahora, refinados por un modelo de ciudad que invita al optimismo y a las clases de Pilates, se impone olfatear la nada en busca de esa mecha silenciosa que prenderá, en pocas semanas, toneladas de dinamita. Esto sucede en Pontevedra, donde uno se encuentra a Carmen Fouces por la calle y no es capaz de arrancarle mucho más que el teléfono de un buen dentista, y sucedía también en Troya, donde estacionaron un enorme caballo de madera sin someterlo a debate ni tener que dar vueltas por la ciudad -en una especie de parking disuasorio- y luego pasó lo que pasó. “Nos obligan a especular”, dijo una vez Jesús Gil en un mitin de campaña: especulemos, entonces. 

Al alcalde Lores no parece preocuparle demasiado el resultado de los próximos comicios generales. Si algo ha aprendido en estos años es que los votantes de derechas –sobre los que suele cimentar sus victorias- necesitan echar una canita al aire de vez en cuando para regresar dóciles, sonrientes y organizados a su redil de las municipales. “Esas son cousas de romanos”, pensará Lores de las generales y hasta de las europeas, “e xa sabemos o tolos que están estes romanos”. El verdadero partido dentro del BNG local empezará cuando El King anuncie –si es que lo hace- el final de su reinado: pocas cosas más divertidas y sangrientas ofrece la política que las peleas de delfines.

Un tanto tortuoso se adivina el futuro inmediato del PP local y de su candidato, Rafa Domínguez. Por si no tenía bastante con tratar de descabalgar a Lores, lo que ya de por sí parecería una quimera, el adelanto de las generales le obliga a redoblar esfuerzos y trabajar en pos de la marca Casado. Mal negocio para Rafa, se mire por donde se mire. Ni su perfil es el del maki que se echa al monte con la manta liada a la cabeza, ni las líneas maestras de su programa –suponemos que tiene uno, no desesperamos- deben pasar por los eslóganes incendiarios que, un día sí y otro también, repiten sus colegas desde Madrid. Algo similar podríamos decir de Tino Fernández, al que no le conviene demasiado que lo asocien con el sanchismo pero tampoco dejar de sanchear: ni los Clippers, que son su equipo favorito de la NBA, le ayudan a ver el futuro con grandes dosis de optimismo.

“Nos obligan a especular”, dijo una vez Jesús Gil en un mitin
 

La verdadera tensión, la que provoca estos silencios que nos dejan a los analistas sin ideas, se encuentra repartida entre las demás formaciones. Ahí está María Rey, todavía sin confirmar como candidata a la alcaldía pero dispuesta a quemar todas sus naves en el último sprint. Esta semana, sin ir más lejos, ha solicitado la colocación de una pantalla gigante para seguir el festival de murgas en alguna plaza de la ciudad: si eso no es morir matando, yo ya no sé. Además, el posicionamiento definitivo de su partido la deja en la difícil tesitura de pelearse con el PP o VOX por un mismo espectro electoral con la desventaja de que tampoco hay, ni en Pontevedra ni en ningún otro sitio, tantos votantes altos, guapos y de derechas.

Así las cosas, parece que En Marea, Unidos Podemos y demás átomos de la izquierda anticapitalista están llamados a convertirse en la auténtica bomba informativa de las próximas semanas, tan capaces de reagruparse en el último suspiro como de dividirse, otra vez, entre seis. De momento callan y otorgan, que no es poco. “Nunca pasa nada hasta que pasa”, suele decir mi abuela cuando se teme lo peor, infalible a la hora de predecir un cambio de tiempo, una mayoría absoluta o un descalabro electoral porque le duele este o aquel hueso. Debería haber firmado, ella, esta columna. 
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