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Odio

Un hombre bueno, Beriain. Un periodista gigantesco, David
David Beriáin y Roberto Fraile. DMAX/EFE
David Beriáin y Roberto Fraile. DMAX/EFE

Lunes


Cuando se calienta en exceso al personal pasan el tipo de cosas que estamos viendo en la campaña electoral de Madrid. La ministra Reyes Maroto ha recibido, hoy mismo, una navaja ensangrentada dentro de un sobre, una amenaza gravísima que no se atenúa argumentando que el remitente era un señor con problemas mentales: ese, precisamente, es el verdadero peligro. Anders Breivik era un esquizofrénico paranoide y mató a 69 adolescentes en la Isla de Utoya, Noruega. El día mismo de los ataques, Breivik distribuyó un manifiesto a través de internet en el que, entre otras muchas cosas, culpaba al feminismo del «suicidio cultural europeo» y abogaba por la expulsión inmediata de todos los musulmanes afincados en el continente. ¿Les suenan de algo sus tesis? Pues bien: una vez admitamos que discursos de odio semejantes ya están plenamente normalizados en España, nos faltaría saber cuánto tardará en aparecer un loco que se sienta El Elegido para que todos -o casi todos, ya saben que Españita nunca defrauda- nos llevemos, horrorizados, las manos a la cabeza.

Martes


El odio y la intolerancia parecen estar detrás, también, de una noticia tan terrible como la muerte de David Beriain y Roberto Fraile: los periodistas españoles asesinados en Burkina Faso mientras rodaban un documental sobre la caza furtiva en el país. Todavía no hay confirmación oficial pero todo apunta a una organización terrorista vinculada a Al Qaeda, es decir, a fanáticos religiosos con ansias de poder. Yo tuve la suerte inmensa de conocer a Beriain hace apenas un mes y disfrutar, aunque solo fuese por unas horas, de su hospitalidad y sabiduría. Un hombre bueno, Beriain. Un periodista gigantesco, David. O quizás fuese al revés: cuando uno atesora tantos méritos como virtudes, nos pone en el complicado brete de decidir si resultó más admirable el profesional o la persona.

Miércoles


El día que velábamos a mi amigo Pablo recibí una llamada de Pep Guardiola. Entrenaba al Bayern de Múnich y en menos de una hora debía afrontar un duelo capital para su equipo en la Liga de Campeones. ¿Cómo de gigantesca tiene que ser la humanidad del personaje para que, jugándose todo lo que se jugaba, decidiese coger el teléfono y dar el pésame a una persona a la que había visto una vez en su vida? Cuento esto no solo por presumir, que también, sino porque alguien, aunque sea un solo lector, llegue a comprender que el discurso de odio también es esto: deshumanizar a quien no piensa igual que tú como paso previo a justificar la animadversión, el enfrentamiento y, posteriormente, si se tercia, la aniquilación.

Jueves


Tengo amigos inteligentísimos y bien instruidos que son capaces de argumentar por qué Pep Guardiola es, para ellos, un xenófobo, un nazi y mil cosas más, a cada cual más terrible. Yo los escucho con bastante atención, como suelo escuchar a todo el mundo, y cuando acaban de hablar les digo que no tienen ni puta idea: respuesta muy poco educada pero que encierra infinidad de aristas y matices. La extrema derecha catalana, ahora visibilizada por el buen resultado de Vox en las últimas autonómicas, vivió tiempos felices en los comienzos y mitades del famoso procés. A ella, entre otros, se dirigieron el Nobel Vargas Llosa y Josep Borrell en aquella manifestación celebrada en Barcelona por la unidad de España o alguna memez por el estilo. Luego, a lo largo del día, grupúsculos ultras enaltecidos y bien organizados se dedicaron a repartir palizas por distintos puntos de la ciudad: a independentistas, a inmigrantes, a vagabundos… ¿Lo recuerdan? Puede que no porque la mayoría de los grandes medios de comunicación optaron por ensalzar el tono festivo de la jornada, obviar las agresiones y poner el foco de la ira sobre el excluyente movimiento indepe. Aquellos días, lo recuerdo bien, me encontré con infinidad de piezas periodísticas en las que los nazis, pásmense, resultaron ser Guardiola, Gerard Piqué, Lluís Llach, Gabriel Rufián o Puigdemont, pero no el joven nazi vestido de nazi y con una bandera nazi que pateaba la puerta acristalada de Catalunya Radio: que cada uno piense lo que quiera pero, si no es mucho pedir, que se tome un segundo en pensar por qué piensa lo que piensa.

Viernes


Y ya está, me planto: he sobrepasado todos los límites de intensidad en los párrafos anteriores así que no hay manera honrosa de cerrar páginas tan desconcertantes como esta sin enfangarse todavía más: humildad, silencio y más temple la próxima vez, Rafael. Seguiremos incordiando.

Odio
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