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Pleno municipal para principiantes

Momento en el que el alcalde y los concejales del BNG aprobaron el viernes por mayoría el Presupuesto Municipal para 2019. JAVIER CERVERA-MERCADILLO
Momento en el que el alcalde y los concejales del BNG aprobaron el viernes por mayoría el Presupuesto Municipal para 2019. JAVIER CERVERA-MERCADILLO

TIENE MUCHO mérito que nuestros políticos no se duerman ni enamoren más a menudo durante los plenos municipales. La del Teatro Principal es una luz tenue y cálida a la vez, ideal para ambos menesteres y, sin embargo, aguantan ellos estoicos el tirón y se mantienen firmes en sus garitas como centinelas fronterizos: los ojos bien abiertos y candado el corazón. Tan solo se rozó la tragedia –la del sueño, no la del amor- cuando Demetrio Gómez se explayó más de la cuenta en una de sus intervenciones, con esa voz suya que convierte un prosaico plan de saneamiento en algo parecido al Romancero Gitano. El apuro lo solventaron nuestros representantes bebiendo mucha agua, aliada universal contra el sopor, mientras en el patio de butacas sonaba una reconocible melodía de clarines y timbales: hasta tres avisos recibió el concejal por parte del numeroso público que asistió a la última sesión de año.

Para un servidor fue la primera. Nunca antes había estado en un pleno municipal y la experiencia me recordó a los cursos preparatorios que recibíamos durante la adolescencia como paso previo al sacramento de la confirmación. Hasta el jersey de Luis Rei se parecía a los que solía usar el padre José, aquel cura del Convento de San Juan que trataba de convertirnos en mejores cristianos con diatribas firmes pero con el cuello torcido. Con el líder de En Marea sucede justo lo contrario, pese a compartir el gusto por las prendas austeras: el cuello lo mantiene más o menos erguido pero lo que se le comba, inevitablemente, es el discurso. Algún día acudirán a Pontevedra las cámaras de Discovery Channel y nos explicarán la estrategia de su grupo municipal como parte de un rebuscado plan alienígena para conquistar la tierra, como hacen ahora con los grandes misterios del Antiguo Egipto.

Hasta este mismo viernes, mi opinión sobre los plenos municipales se reducía a los relatos de mi padre, que en su día llegó a concejal en el vecino Concello de Poio. Eran historias rocambolescas que yo trataba de recrear en mi imaginación sin llegar a comprenderlas del todo. Mi favorita es una en la que Carmela Torres, por entonces concejala de cultura, llevó a pleno una moción para que se prohibiese fumar durante el mismo. Argumentaba ella con ferocidad mientras sus compañeros de corporación encendían pitillos uno tras otro hasta que el alcalde, el ya desaparecido Armando Couselo, abrió el cajón de su mesa y sacó un enorme puro habano. Como no era fumador, encender tan formidable veguero le llevó un buen rato pero el gesto bastó para que Torres abandonara toda esperanza. Entonces, en un gesto de magnanimidad sin paragón, Couselo solicitó incluir un nuevo punto en la orden del día y someterlo a votación: abrir una ventana.

Lo que me encontré en el Teatro Principal distaba mucho del ambiente tabernario que yo presuponía a estos órganos de representación y gestión municipal: lástima. Por encima de todo priman el orden y la pulcritud, no hay humo de tabaco en la sala y nuestros delegados políticos se comportan como gente civilizada, gente de bien. Se enzarzan de vez en cuando, sí, pero mantienen las formas y no se dejan arrastrar por sus más bajos instintos, como suelen hacer otros representantes electos en otras cámaras de representación como el Congreso o el Senado. Al terminar, como bueno alumnos, recogen los bártulos, abandonan la sala y se marchan cada uno a su banco del patio: los del BNG a El Bocadito, los del PP a la de Petete y los demás a su casa: unos porque no quieren jugar y otros, simplemente, porque están seguros de que nadie quiere jugar con ellos.

Y así, mientras este novato se dejaba empapar por las últimas gotas de su primera experiencia plenaria, fue cuando comenzó a escuchar una voz que le resultaba familiar dentro de su cabeza, tan suave y acompasada como un bolero cubano: era la de Demetrio Gómez Junquera que, como el dinosaurio del cuento de Monterroso, todavía seguía allí.

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