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Pontevedra, capital, Madrid sucursal

Vista aérea de Boa Vila. JAVIER CERVERA-MERCADILLO
Vista aérea de Boa Vila. JAVIER CERVERA-MERCADILLO

QUE PONTEVEDRA es la capital de la provincia ya ni se discute. Lo importante ahora es decidir si, de una vez por todas, nuestra ciudad debería ser declarada –unilateralmente, por supuesto– la capital plenipotenciaria de España de una vez por todas. Mal no le vendría a nadie: por ética, por estética y un poco por cuestiones de salud mental, eso también. Yo no sé si será la calidad del agua (escasa) o la de las drogas (excesiva), pero es preocupante abrir estos días la prensa y ver cómo los principales líderes madrileños han perdido definitivamente la cabeza, embarcados en un desaguisado político que ya no parece tener remedio ni llevándolos por parejas a la romería de Armenteira.

El pasado jueves, por ejemplo, pudimos escuchar a Ignacio Aguado decir unas cosas extrañísimas en la radio. Lo entrevistaba Pepa Bueno (que es de Pontevedra pero todavía no lo sabe) cuando el líderautonómico de Ciudadanos solicitó a PSOE y Más Madrid que se abstuvieran para facilitar un gobierno del Partido Popular y su formación en la Comunidad. Aquí debemos obviar que las dos fuerzas de izquierdas suman más representantes en la Asamblea que las dos derechas, o de lo contrario podría estallarnos el cerebro al primer intento por comprenderlo.

Pero la cosa no acaba ahí. Dejando a un lado que las matemáticas deben parecerle una asignatura sobrevalorada al bueno de Aguado, como el gallego a Toni Cantó, Pepa repreguntó si estaría Ciudadanos dispuesto a hacer lo mismo para favorecer la investidura de Pedro Sánchez y, claro, el príncipe naranja respondió que blablablá. Cierto es que aquí, en a Boa Vila, hemos visto a Goyo Revenga insinuar una suma alternativa para gobernar el concello que ni siquiera necesitaba del apoyo de su partido, pero entre Aguado y nuestro óptico de cabecera va unmundo de distancia: el madrileño se lo cree, Revenga solo lo disfruta. Fue la típica actuación, la del moreno mesetario, que Juan Tamariz terminaría improvisando uno de sus solos de air violín: pura magia.

Otra cosa que llama poderosamente la atención es la perra que ha cogido el que –parece– será nuevo alcalde de la gran urbe con Madrid Central, un intento ambicioso de injertar lo mejor de Pontevedra en un cuerpo extraño. Les llevamos años de ventaja en eso del ecologismo, como en tantas otras cosas. Aquí ya no se le pasa a nadie por la cabeza devolver el espacio público a los coches, empezando por un Rafa Domínguez que se muestra encantado de ir a pie a los sitios, pico en mano, y respirar aire limpio subido a un composteiro. Almeida, que se da un cierto aire con el espía Austin Powers, atesora también sus ideas de bombero. En campaña prometió medidas tan magníficas comola de rebajar las multas por mal aparcamiento, que es como si en los años ochenta se presenta un alcalde en Vilagarcía de Arousa prometiendo subvenciones para más y mejores planeadoras: así, me van a perdonar, gana cualquiera.

También a la celebración del Orgullo andan dándole vueltas por allí abajo, obsesionados algunos porque los morreos y los shorts ofenden a las familias. Aquí, sin mayor contestación ciudadana ni mucho menos política, se ha decorado el balcón del concello con los colores de la bandera LGTBI y este mismo sábado se organizó una celebración en la que mi amado Rodrigo Cota leyó un manifiesto ejemplar. Se está redefiniendo Cota a todos los niveles y la ciudad no hace más que apoyarlo y animarlo, como cuando se metió en aquel desafío de la pérdida de peso. Hay quien dice que en su discurso subyacía cierta ansia renovadora, como si pretendiese insinuar una nueva condición sexual que, seguramente, ambos compartimos. Yo creo que no hizo otra cosa más que presentar su candidatura a reina de España. Y es que, sin lugar a duda, lo primero que debemos proponer los pontevedreses cuando gobernemos el imperio es suprimir la democracia.

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