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Santa Kata

Pueden demostrar cuán equivocados están quienes tratan de satanizar sus pecados de juventud

Imagen de una de las fiestas de Santa Kata celebrada en el campus de Pontevedra. OLGA FERNÁNDEZ
Imagen de una de las fiestas de Santa Kata celebrada en el campus de Pontevedra. OLGA FERNÁNDEZ

SANTA KATA, la fiesta que tradicionalmente organizan los alumnos de Ciencias Sociales y comunicación en honor a su patrona, Santa Catalina de Siena, corre el riesgo de no celebrarse este año. No, al menos, bajo el amparo del rectorado de la universidad, que ha denegado los permisos necesarios a los promotores, incluida la cesión de los espacios del campus. Así las cosas, el desenlace parece más o menos cantado: la santa será honrada en cualquier otro punto de la ciudad pero sin el mínimo control aconsejable para una fiesta de estas características, empezando por un seguro de responsabilidad civil que nunca viene del todo mal cuando las hormigas corren por las venas.

Yo he sido muy feliz en estas fiestas, para qué negarlo. Hace muchos años que dejé de ir porque, a partir de una cierta edad, presentarse en un campus universitario con ganas de fiesta roza, casi, el patetismo, cuando no algo peor. Pero fui muy feliz, insisto, saboreando ese grado de libertinaje tranquilo que se respiraba en Santa Kata, una especie de Woodstock riquiño e ilustrado en el que destensar los músculos y perder un poco la cabeza antes de los temidos exámenes finales. "¡Qué escándalo! He descubierto que aquí se juega", decía el capitán Renault en Casablanca. Algo de esto hay en la actitud de algunos adultos por fiscalizar el ocio de nuestros jóvenes.

El botellón, del que algunos hicimos apología cuando ni siquiera se le había puesto nombre, aparece siempre entre las principales preocupaciones entre los padres con hijos en edad de camelar, que me parece una expresión preciosa siempre y cuando se utilice con cierto tiento. Y hacen bien en preocuparse, desde luego, porque como todas las conductas excesivas, emborracharse a conciencia conlleva unos riesgos que no siempre son del todo cuantificables a ciertas edades. Por eso resultan tan importantes la información y la comunicación. Por eso no se entiende –o yo no lo entiendo, al menos- que el rectorado de la universidad prefiera no involucrarse en un evento que se lleva celebrando desde los años noventa sin mayores complicaciones que las clásicas vomitonas y amarillos.

Volviendo a las palabras de Renault, hay un gran componente de hipocresía social en este tipo de reservas que los jóvenes detectan como nadie. El alcohol está presente en todas las grandes celebraciones que se nos puedan venir a la cabeza: desde un simple bautizo a un partido de fútbol más o menos importante, desde las fiestas gastronómicas hasta la Nochebuena. Incluso en los velatorios se ha bebido desde siempre, sobre todo cuando no conocíamos el significado de la palabra tanatorio y la muerte del abuelo se convertía en un ir y venir a la bodega de casa. Sería cuando menos cuestionable focalizar la gravedad del asunto en celebraciones como Santa Kata cuando, a fin de cuentas, la chavalada no hace mucho más que imitar el comportamiento habitual de los adultos.

Dicho esto, a los alumnos de los diferentes campus que se darán cita en Pontevedra el próximo 25 de abril, se les abre una ventana magnífica para demostrar cuán equivocados pueden llegar a estar quienes tratan de satanizar sus pecados de juventud. Se celebre donde se celebre el encuentro –se habla de la Illa das Esculturas- en su mano está dar una lección de civismo a los desconfiados adultos: de beber –si es que quieren beber, no es obligatorio- con cierta responsabilidad, de recoger la basura que generen, de respetarse los unos a los otros y de besar despacio, pues no hay nada más absurdo y torpe que las prisas pasionales. Que sea una inolvidable Santa Kata depende de ellos, por fortuna, no de nosotros.

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