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Siempre estoy llegando

El fútbol, como religión que es, no se entiende bien con la razón
Jugadores del Atlético saludan a su afición en Liverpool. EFE
Jugadores del Atlético saludan a su afición en Liverpool. EFE

Lunes

Media España está mirando a Italia con desconfianza y la otra media hace lo propio con Madrid, donde los casos de infección por coronavirus crecen a un ritmo casi exponencial. En realidad, a los italianos los llevamos mirando con desconfianza toda la vida, especialmente en las zonas más turísticas del territorio nacional. Ese desparpajo suyo con las mujeres, que en no pocas ocasiones roza el acoso, no casa bien con nuestro carácter ibérico por una sencilla y triste razón: todavía quedan muchos españoles que querrían ser como ellos. Y luego está mi padre, que siempre ha admirado una de sus grandes y verdaderas cualidades. "Hay que sacarse el sombrero ante cualquier persona capaz de peinarse en el reflejo de sus propios zapatos", suele decir cada vez que regresa de Canarias.

Martes

La población ha empezado a entrar en pánico y comenzamos a ver las primeras imágenes de supermercados apocalípticos: estanterías vacías, señoras mayores con bolsas de plástico metidas en la cabeza, cajeras llamando a la calma... En uno muy conocido de nuestra amada Pontevedra asisto a una escena realmente graciosa, dentro del clima un tanto crispado de las última horas. Una empleada del establecimiento, ante la visión de un matrimonio con tres carros cargados hasta arriba, dice: "pero almas de dios: antes morís de diabetes, o de un cólico, que de coronavirus... ¿Pero adónde vais con tanta comida? ¡No se puede comer tanto!". Primer ejemplo de lo que ha dado en llamarse héroes sin capa.

Miércoles

El fútbol, como religión que es, no se entiende demasiado bien con la razón. Tres mil aficionados del Atlético de Madrid han desembarcado en Liverpool para acompañar a su equipo en el partido de esta noche. La llamada a la responsabilidad individual de las autoridades está funcionando regular mientras que la otra, la gubernamental, ni está ni se le espera. A nadie se le escapa que no hace ni cuatro días se autorizaron manifestaciones multitudinarias por todo el país cuando los hechos empiezan a demostrar que, muy probablemente, debería haberse optado por lo contrario.

Jueves

Mientras el Gobierno que preside Pedro Sánchez sigue apelando a la responsabilidad ciudadana, Gonzalo Caballero compartía en sus redes sociales una fotografía con César Bonilla, el veterano empresario de las patatas fritas. Me pregunto a qué asesor del candidato le pareció buena idea irse a visitar una fábrica cuando se nos está pidiendo, por activa y por pasiva, que nos quedemos en nuestras casas, ya no digamos fotografiarse con un señor de avanzada edad tras haber participado en diferentes actos del 8M el domingo pasado. No creo que la mejor manera de combatir ese hándicap suyo de político desconocido por el gran público sea que la gente lo reconozca como un político irresponsable pero qué sabré yo, que de niño me enamoré de mi tía.

Viernes

La emergencia nacional ya está aquí... O casi. El Gobierno de Sánchez va anunciando medidas con efecto de cumplimento a horas vista, cuando lo más responsable parecería haberlas tomado anteayer. Por fortuna, los presidentes de las distintas autonomías parecen menos reticentes a tomar medidas impopulares y ponerse al frente de la crisis, lo que tranquiliza mucho más que el ir y no venir actual del presidente del Gobierno. Recuérdenlo cuando alguien vuelva a poner en duda la utilidad de los gobiernos autonómicos o el liderazgo —impecable este jueves— de Alberto Núñez Feijóo.

Sábado

Día histórico, uno más: en esta ocasión, el vicepresidente del Gobierno, Pablo Iglesias, ha decidido saltarse la cuarentena para acudir al Consejo de Ministros, ansioso por figurar en la foto oficial. De lo allí acordado, la verdad es que tampoco puedo contarles gran cosa: aquí seguimos todos, esperando una comparecencia que se anunció inicialmente para primera hora de la tarde. «Ya no sé quién soy porque siempre estoy llegando de la ruina del olvido, de la mentira y el perdón», cantaba alguien, no sé quién.

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