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Sobra gente

Gonzalo Caballero dialoga con otro diputado durante un pleno en el Parlamento gallego. PEPE FERRÍN (AGN)
Gonzalo Caballero dialoga con otro diputado durante un pleno en el Parlamento gallego. PEPE FERRÍN (AGN)

Lunes

Anda medio país conmocionado por el positivo, ayer, de Sergio Busquets, el actual capitán de la selección española de fútbol. De repente, y sin previo aviso, la noticia ha puesto sobre la mesa el debate sobre la posible vacunación de los futbolistas que deben representar a España en un torneo internacional del primer nivel. Desde la RFEF se cuenta que llevan semanas intentándolo, solicitando al Gobierno de España una medida de gracia que contraviene lo estipulado hasta ahora: ni el jefe del Estado, ni el presidente, por poner dos ejemplos reconocibles, disfrutaron de ninguna preferencia. Tampoco algunos colectivos que bien podrían considerarse esenciales, ni mucho menos un buen número de ciudadanos con enfermedades crónicas, gente en una verdadera situación de riesgo si llegasen a contraer el temido virus. ¿Cuál es, entonces, el argumento para vacunar a los futbolistas de la selección? A la hora en que escribo estas líneas, me temo que ninguno.

Martes

A nivel práctico, y sin entrar al fondo de otras cuestiones, la vacunación llegaría tarde, con dos positivos confirmados a esta hora, y sin tiempo material para que el milagroso inyectable cumpla su función antes del primer partido del torneo. Otras selecciones, como Francia, Italia o Bélgica, lo hicieron días atrás, con idénticos dilemas morales que nosotros pero mayor nivel de previsión. Y, sin embargo, también tenemos a mano los ejemplos de Alemania, Inglaterra, Suecia o Dinamarca, que han decido no vacunar y fiarlo todo al estricto cumplimiento de los protocolos diseñados para evitar contagios. “Estamos dando una imagen deplorable como país lejos de nuestras fronteras”, dice un conocido tertuliano en un programa de televisión. Oiga, no, mire usted: no somos el ombligo del mundo y nadie nos presta tanta atención como suponen algunos.

Miércoles

De un tiempo a esta parte, todo vale contra el Gobierno de Pedro Sánchez: también el posible fracaso de la selección española de fútbol, lo que a nivel estadístico entra dentro de lo probable. Y no es que el Ejecutivo no ofrezca motivos suficientes para alimentar una polémica cada semana, que los ofrece, pero es que los excesos y la teatralización constante del desastre terminan por convertir, inevitablemente, cualquier acusación medio legítima en una absoluta caricatura.

Jueves

Algo similar ocurre con Gonzalo Caballero en el Parlamento de Galicia, seguramente porque todas las monedas tienen dos caras: con una se pide lealtad y respeto hacia el presidente Sánchez y con la más dura se acusa a Núñez Feijóo de convertir Galicia en una sucursal de Sudán del Sur. Digo yo que tan tontos no serán los gallegos que le concedieron una mayoría incontestable hace menos de un año, de ahí que no se termine de comprender el tono de Caballero durante sus intervenciones en el parlamento, ante la prensa y en las redes sociales: uno ya no sabe si acusa de todos los males de Galicia al presidente de la Xunta o a los gallegos que lo votaron. ¿Y Ana Pontón? “Pues bueno, bien, gracias”, diría aquel. También nos vende una Galicia un tanto apocalíptica pero al menos ofrece alternativas y pone sobre la mesa - y en las calles- debates interesante con los que Caballero no se atreve, esclavo de unas siglas que le pesan más de la cuenta. El tema del expolio energético está ahí, por ejemplo, y solo el BNG se siente libre para abordarlo aunque, por otro lado, tampoco es que tenga mucho éxito en sus reclamaciones: hoy, por enésima vez, hemos escuchado a Néstor Rego exigir al Gobierno que cumpla los acuerdos del pacto de investidura y, en especial, aquellos que tienen que ver con el abaratamiento de las autopistas. Si no eres capaz de hacerte valer frente a tus socios, ¿cómo vas a exigir que te preste atención el gobierno contra el que sí practicas la oposición frente a su mayoría absoluta? Las amenazas, sin acción, también son otra forma de caricatura.

Viernes

Y hablando de caricaturas: nuestro dibujante más reconocido, el bueno de Kiko Da Silva, ha visto como el juez desestimaba su denuncia contra Rafa Domínguez y el PP local por injurias y vulneración del honor. A mí, lo que más me llamó la atención de todo el juicio, fue el jersey que lucía el propio Da Silva y que bien pudo merecer una reprimenda del tribunal por atentar contra ese frikismo estético que uno presupone en un dibujante de su talla: si uno va a los juzgados para verse las caras con varios representantes del Partido Popular, tiene que asegurarse de no parecer más pijo que ellos.

Sábado

No sé qué decir sobre lo sucedido en las Islas Canarias con esas pobre niñas, tampoco tengo mucho que decir y, además, no quiero decir nada. Otro día, quizás, cuando sienta que no estoy utilizando su muerte ni el dolor de ambas familias para barnizar mis filias y fobias políticas: para eso, como para comer y beber, sobra gente.

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