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Voces de O Vao y Chernóbil

Redada en O Vao de Arriba, el pasado lunes. JAVIER CERVERA-MERCADILLO
Redada en O Vao de Arriba, el pasado lunes. JAVIER CERVERA-MERCADILLO

Lunes

Ya ni recuerdo la primera vez que oí hablar del poblado chabolista de O Vao. Debió ser a los siete u ocho años, cuando empecé a preguntarme por qué el papel de aluminio se había convertido, de repente, en un bien tan preciado entre los jóvenes del pueblo. También los taxis. Se acercaban dos o tres chavales y te pedían que les avisases uno para bajar a Pontevedra, casi a cualquier hora del día. "¿Pero van a Pontevedra o al Vao?", preguntaba alguno de los taxistas al otro lado del teléfono. Yo creo que debió de ser ahí cuando escuché por primera vez ese nombre.

Han pasado más de treinta años desde aquello y el supermercado de la droga más famoso de la ría sigue funcionado sin mayores dificultades, instalado exactamente en el mismo lugar y sin que ninguna administración haya hecho lo suficiente para erradicarlo. Cada cierto tiempo nos llegan noticias sobre alguna actuación policial en el poblado, como la llevada a cabo hoy mismo por la Policía Nacional y la Guardia Civil. Se informa sobre el número de detenciones practicadas y se ofrecen detalles sobre las incautaciones pero el negocio nunca parece detenerse, puede que ni tan siquiera resentirse.

Así las cosas, no descarten que, con el paso del tiempo, alguno de los niños que hoy juegan en nuestras plazas se convierta en un buen periodista —o peor, en un mal columnista— y nos cuente, dentro de otros treinta años o cuarenta años, cuándo fue la primera vez que escuchó hablar del poblado chabolista de O Vao.

Martes

"Papá y mamá se estuvieron besando y nací yo. Antes pensaba que nunca me moriría. Ahora, en cambio, sé que me voy a morir. Un niño estuvo conmigo en el hospital. Vádik Korinkov se llamaba. Me dibujaba pajaritos. Casitas. Y se murió. No tengo miedo a morirme. Te pondrás a dormir mucho, mucho tiempo, y nunca despertarás... Un día soñé que me había muerto. Oí en sueños cómo lloraba mi madre. Y me desperté".

Del Coro de niños en Voces de Chernóbil: crónica del futuro, Svetlana Alexiévich.

Miércoles

Charlábamos María Obelleiro y yo sobre el periodismo que necesita la Galicia actual en el edificio administrativo de la Diputación cuando, de repente, caí en la cuenta de que no había ningún político entre el público. Ni uno solo, cero. La charla había sido organizada por la AS-PG y esa ausencia de representantes públicos me dio que pensar: ¿cómo le puede interesar tan poco nuestra labor a quiénes se pasan gran parte de su tiempo en política criticándola? Luego reparé en que tampoco había ido ningún miembro de mi familia y se me pasó un poco el cabreo: no era cuestión de alimentar un cisma sentimental por partida doble y, menos todavía, con el frío que hacía.

Jueves

Le he regalado un edredón nórdico a mi abuela y está encantada: eso sí es una prueba irrefutable del cambio climático, vaya. El otro día fui a despertarla y casi no la encuentro debajo de tantas mantas, un poco como el guisante del cuento. En otro tiempo me habría mandado a paseo solo con la mirada pero el paso de los años trae estas cosas, este abrazar la modernidad, esta suavidad emocional con la que ahora acepta lo evidente. No hace tanto podría pasar por uno de los personajes del libro de Alexiévich, una de esas viejecitas bielorrusas que se niegan a ser evacuadas porque, sospechan, no hay mayor catástrofe que abandonar sus hogares para siempre. "Solo quieren esparcir nuestra desgracia por el mundo", dice una de ellas. Yo, a lo único que aspiro en este momento de mi vida, es a que mi viejita duerma cómoda y bien abrigada.

Viernes

Se ríen Iglesias y Espinosa de los Monteros durante los actos del Día de la Constitución que se celebran en el Congreso. Hay gente que se ofende con Iglesias por relacionarse con la ultraderecha, con los nuevos franquistas, con los racistas, homófobos y negacionistas de tantas y tantas causas. Y gente que se revuelve contra Espinosa por lo mismo pero en sentido contrario: por compadrear con los comunistas, con la extrema izquierda, los ateos... Con los traidores a una patria que solo pueden —dicen— defender ellos.

Tengan por seguro que, si algún día empezamos a matarnos los unos a los otros, como a veces parecen pretender nuestros políticos, solo quedará en pie una institución que nos recuerde aquel tiempo que vivimos felices, en paz y democracia: el poblado chabolista de O Vao.

Sábado

¡Buen viaje y afouteza, Gretiña!

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