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Beneficio relativo

AL FINAL he tenido que rendirme a la evidencia: hacer deporte resulta más beneficioso para la salud que disfrutarlo por la televisión o, en su defecto, al aire libre, previo pago de una entrada. Cierto es que hubo un tiempo en el que para mantenerse en forma nos bastaba con apurar los estragos propios de la juventud, un mando a distancia y algo de empatía. Pero la realidad se impone, y a este cerdo parece haberle llegado el momento de combatir al sedentarismo con uñas y dientes, siempre con permiso -y el beneficio de la duda, claro está- de San Martín. A la vida contemplativa le debo algunos de los mejores años de mi vida pero por su culpa me he convertido en el hazmerreír de una sociedad que levanta ruedas de tractor, sube montañas a la carrera y practica extraños divertimentos de nueva generación como el pádel surf o el quidditch. Contra ellos me rebelo, no contra las emisiones de Eurosport, la cerveza, Edgar Allan Poe o la Xbox, inseparables amigos en los días de bonanza y a los que llevaré por siempre en mi maltrecho corazón o, como solemos decir los jóvenes de mi generación, patata. Pero vayamos al grano.

Ilustración para el blog de Rafa Cabeleira. MARUXAUn vestuario adecuado resulta fundamental en cualquier proceso de cambio. Uno no puede aspirar a la gloria vestido como un fraile -y que me perdonen dios y todas las congregaciones religiosas que pudieran sentirse agraviadas por este comentario- o un tabernero. Es lo que le falló a mi amigo Rodrigo Cota en aquel intento suyo por doblegar la curva, pionero del lenguaje y anticipador de nuevas realidades incluso cuando su única pretensión era la de perder unos kilos. Él sabe que lo quiero, en eso no admito dudas, pero también es justo reconocer que el muy animal me iba hecho un cristo al gimnasio, motivo por el cual nunca pudo marcarse unos objetivos demasiado ambiciosos. En el lado opuesto estaría Roger Federer, que saltaba a las pistas de Wimbledon con aquellos conjuntitos blancos de chaqueta y pantalón que lo mismo te ganaba el torneo como apadrinaba a una pareja de la jet londinense en el día de su boda. A la vida se viene a vivir como Cota pero vestido como Federer, de ahí que el primer paso en mi regreso al apabullante mundo del ejercicio físico resultara tan evidente: tomar por asalto una tienda de H&M.

Si yo ganase tanto dinero como un tenista suizo solo me vestiría con prendas de Polo Ralph Lauren y linajes similares, pero desde la modestia practicante en la que milito no es mala solución optar por el H&M. También por resistencia generacional, por esa idea frágil pero placentera de seguir siendo un boy, un chiquillo atrevido sin ningún miedo a los desvaríos de la moda. Hay algo en estas tiendas que te conecta con tu yo adolescente, no sabría explicar el qué, pero es poner un pie de puertas para adentro y te cambian hasta los andares, comprador ambicioso y rejuvenecido que ya no pisa, danza sobre las baldosas. "¿Le puedo ayudar en algo, caballero?", me recibe un dependiente vestido como una peluquera, todo sonrisas y frotar de manos, como si pudiera intuir mi naturaleza suicida de pardillo. "Trátame de tú, tronco", mal disimulo yo, que a estas alturas de la partida bien podría ser su padre. "Estoy buscando chándales, sudaderas… Ropita de deporte, vamos", le explico sin dejarlo meter baza, ahuyentando la posibilidad de que me conduzca a la sección de pijamas, batas y zapatillas de casa con aire retro. "¡Fenomenal! Seguro que tenemos todo lo que buscas", concede él no sin un cierto retintín.

Media hora más tarde, tras aceptar que la XL es mi nueva talla y un justo castigo, me veo plantado frente a una línea de cajas con dos chándales completos, otras dos sudaderas, seis camisetas, doce pares calcetines deportivos y la tarjeta de crédito queriendo saltar de la cartera. La compra pesa lo suyo, no les voy a engañar, pero en lugar de venirme abajo decido optar por el camino de la reafirmación: esta podría considerarse mi primera sesión de entrenamiento completo a poco que uno analice las cosas con cierta benevolencia. "¿Es usted socio de la marca?", me pregunta la chica de la caja en cuanto llega mi turno. "¡No, no, qué va! Soy un simple cliente, alguien de la calle", contesto yo un tanto abrumado. La posterior explicación solo me sirve para amonestar mentalmente a la pobre dependienta por su pobre uso del lenguaje pero pelillos a la mar: el objetivo estético ha sido alcanzado, probablemente el único a mi alcance en este enésimo asalto a la vida sana, recta, elevada.

Dos semanas después de aquel momento febril, ya puedo presumir de haber estrenado todos mis outfits de última generación sin haber salido de casa, lo que tampoco me parece una hazaña menor. El primer día que valoré salir a correr hacía demasiado calor. El segundo día me marqué un objetivo mucho más realista: salir a caminar. Pero seguía apretando un sol de justicia para ser septiembre así que, ironías de la vida, lo dejé correr. Así, jornada tras jornada, me fui encontrando con una excusa climática razonable que impedía cualquier tipo de avance hacia la meta por lo que, ayer mismo, me decidí a tomar medidas drásticas y encargué una bicicleta estática por Amazon. Mi madre, preocupada por esta escalada absurda de buenas intenciones, asegura que adolezco de fuerza de voluntad pero yo sé que no: lo único que necesito es aumentar la inversión porque, si algo he aprendido en estos primeros días de operación biquini otoñal, es que entregarse a la vida sana sigue siendo la mejor manera jamás inventada de perder dinero

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