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El bautizo

LLEGAMOS TARDE a la iglesia por culpa de un chaquetón al que se le pega todo, desde el pelo de gato hasta los acentos. "No sé por qué te has empeñado en ponértelo precisamente hoy", protesta ella mientras lo repasa con cinta carrocera (milagrosamente, ha aparecido un rollo en el maletero del coche). La escena es magnífica y varios transeúntes se paran a mirarnos, alguno incluso desenfunda su teléfono móvil. Yo, con los brazos en cruz y la cabeza erguida, como un mártir de la moda juvenil mientras ella pega y arranca, pega y arranca a la velocidad del rayo, como el famoso clip animado de ‘Word’ pero hasta las cejas de metanfetamina. "Bueno, algo es algo", dice en cuanto termina de adecentarme. Solo entonces, y a la carrera, nos encaminamos hacia la casa del señor.

¡Un bautizo en los tiempos que corren, cuesta creerlo! Hubiera apostado todo mi dinero a que ya nadie remojaba niños a traición pero mi tía Patricia —que es la madre del iniciado— siempre ha sido una fanática de las aguas profanas, no digamos ya de la bendita. A la puerta de la iglesia nos encontramos con el padre de la criatura, Alberto, que da vueltas en redondo con el teléfono cosido a la oreja: "Pero dónde estás, alma de dios", pregunta visiblemente preocupado. Falta el padrino, ‘magnifique’. En mi familia no se celebra ningún sacramento sin un cierto caos desde que dios es cristo. La boda de mi tío Ricardo, por ejemplo. Sus amigos lo arrojaron desde un coche, en la puerta de casa, una hora antes de la misa. Estaba tan borracho que mi abuelo empezó a preguntar por la escopeta de caza, como si la pólvora resultase más efectiva para ciertos menesteres que el café con sal. Al final, lo casamos como pudimos —qué íbamos a hacer— pero la boda resultó, cómo no, divertidísima.

En mi familia no se celebra ningún sacramento sin un cierto caos desde que dios es cristo
 

Cuando aparece el padrino, que se da un aire a Michael Fassbender pero en neoliberal, yo estoy admirando el retablo principal de la iglesia. Está tan gastado que los santos parecen negros y eso me gusta. Nunca me he creído a esas figuras virtuosas de piel blanca, ojos claros y melena brillante que pueblan las iglesias de medio mundo, como si las hubieran esculpido a imagen y semejanza de Bret Michaels, el cantante de Poison. "Mira, parecen los Public Enemy", le susurro al oído, encantado de conocerme. Un codazo en las costillas es todo lo que recibo por respuesta, como si el sentido del humor no pudiera acogerse a sagrado. Entonces aparece el sacerdote, acompañado por un monaguillo guapetón, rosadito, y todos se ponen en pie con sincronía norcoreana. "¡Patapún!", suena el alzamiento masivo de fieles. El niño, Albertito, se asusta y llora. Mi momento favorito de los bautizos, lo que vulgarmente se conoce como el momentazo, llega cuando el cura agarra la concha de vieira para verter el agua sagrada sobre la cabeza del pagano. Me pregunto si en el resto del país, incluso en el resto del mundo, también se le da un segundo uso al caparazón del exquisito bivalvo, además del típico cenicero. En El Bautismo de Cristo, la pintura de Leonardo Da Vinci, parece que Juan, el Bautista, utiliza un platillo con empuñadura de Magnum 44. Adoro ese cuadro por varios motivos, todos ellos repugnantes y desprovistos de cualquier rigor histórico. El primero es que Leonardo representa a Jesús en pareo, con una tela de rayas verticales cruzada a la cintura —está muy delgado, se lo puede permitir—, tan exigua que al hijo de dios se le intuye el vello púbico. El segundo, no menos infame, es la cara de uno de los niños que asiste al ritual arrodillado junto al culo del protagonista, como si por detrás tampoco dejase la prenda demasiado margen a la imaginación. "Michael Francis Rizzi… ¿Renuncias a Satanás?", comienzo a repetir mentalmente mientras imagino a mis secuaces ajustando cuentas con los enemigos de la familia, uno por cada "sí, renuncio".

Ilustración para el blog de Rafa Cabeleira. MARUXA

A la salida de la iglesia, mientras todo el mundo se arremolina para felicitar a los padres de la criatura, mi madre se acerca sigilosa por la retaguardia y comienza a pellizcarme el chaquetón como si me estuviera desparasitando. "Lo tienes todo lleno de pelos de gato, no sé cómo no te da vergüenza presentarte así al bautizo de tu primo", dice con su voz de indignación nivel cinco. A punto estoy de sacarle el tema del pareo y Da Vinci pero me contengo porque madre no hay más que una y la mía es de gatillo de fácil. "No pasa nada, ‘mamma’ —en italiano, sigo creyéndome un Corleone— San Juan vestía siempre con una piel de camello y míralo ahora: es el patrón de nuestra parroquia·. Y eso, precisamente, es lo que más disfruto de los bautizos, bodas y comuniones familiares: tirar de conocimientos, presumir de haber sido el único en recibir una carísima educación.

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