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El nuevo barrio

El único suspenso que yo pondría a las mejoras son las nuevas farolas

LAS OBRAS comenzaron bien entrado noviembre, creo recordar. Lo digo por ofrecer cierto marco temporal pero sin descartar la posibilidad de que arrancasen en septiembre o en marzo (no se me da bien retener fechas, ni siquiera la de mi aniversario de bodas o la del Día de la Constitución). El caso es que, al no estar informado de las intenciones reformistas del Concello, los primeros trabajos me cogieron con la guardia baja y en la cama, sin olerme la tostada y durmiendo a pierna suelta. Rondaban las tres de la tarde cuando me desperté sobresaltado por el ruido infernal de las máquinas compresoras, los volquetes, las taladradoras, los obreros maldiciendo en arameo y una voz ronca que parecía gritar a un teléfono móvil.

-¡Ahora, ahora… Ahora te siento mejor!- repetía una y otra vez. Decidí identificarlo como el encargado de la obra o el concelleiro de urbanismo, para no errar el tiro.

De pronto sentí una necesidad imperiosa de comprender qué tipo de mierda había interrumpido mis dulces sueños así que salté de la cama, me aseé con extrema delicadeza y saqué del armario mis mejores galas antes de bajar las escaleras con urgencia de celador. Eran las siete de la tarde y los obreros recogían sus herramientas con un cigarrillo enchufado en la boca, como esos grupos indie a los que el éxito les impide contratar operarios para hacer el trabajo sucio por simple definición. Al pie de la acera me encontré con Don Luis, el vecino más ilustre del barrio y el único que se tutea con Dios, que para algo es cura. Miraba aquel pequeño Vietnam con las manos en los bolsillos y claros gestos de desaprobación que, al instante, interioricé como propios: vallas desperdigadas, escombros amontonados, salpicaduras de barro, un par de gatos a la carrera… De repente sentí cierta angustia, como si acabara de sufrir una gran pérdida: mi viejo barrio, al contrario que el dinosaurio de Monterroso, ya no estaba allí.

Fueron semanas terribles, con el alma quebrada y el sueño interrumpido a las horas más intempestivas. Algunas noches, cuando volvía de los bares, me sentaba en las pequeñas escaleras de la carnicería de Leli a lamentar los cambios: mis viejas losetas levantadas, con las que siempre tropezaba por amor, habían desaparecido; el paso de peatones apenas se intuía bajo unos tablones gruesos e indecorosos, difuminado en tierra negra; hasta los muñecos del semáforo parecían distintos, dos desconocidos en los que se me hacía imposible confiar mi integridad física al cruzar la calle. En más de una ocasión estuve tentado de encabezar una revuelta vecinal y poner en jaque al alcalde pero nunca encontré el momento, unas veces por frío y otras porque las obligaciones televisivas del hombre libre (Masterchef, Liga, Champions, Netflix, Land Rober, etc…) no dejan demasiado margen a la Revolución.

Esta misma semana, al fin, se han dado casi por finalizadas las obras y el resultado no parece del todo malo. Todavía faltan algunos detalles (unos bancos, unas papeleras, un puente de mampostería, un pequeño Central Park…) pero, en su conjunto, se podría concluir que el lavado de cara nos ha sentado muy bien. Ahora disponemos de aceras tan amplias que le pondrían los dientes largos a la propia Manuela Carmena, alcaldesa de Madrid y única persona en el mundo capaz de competir con Lores jugando al Monopoly Peatonal Edition. Los contenedores de basura, que antiguamente acomodábamos según el tamaño del vehículo que se pretendía estacionar, disponen ahora de un espacio propio y delimitado que les confiere cierta sensación de orden y pulcritud, como si los hubiesen mandado a un colegio suizo y regresaran más civilizados, mejores. Cierto es que echaremos de menos las peleas a muerte entre ratas y gaviotas por una cabeza de pescado o un trozo de pan pero todo no se puede tener.

El único suspenso que yo pondría a las mejoras implementadas son las nuevas farolas: dan demasiada luz. Aquel viejo barrio, antaño oscuro y amenazante, parece ahora Groenlandia y uno ya no es capaz de distinguir cuándo empieza el día y cuándo la noche. La luz que desprenden es tan blanca que pasas las horas esperando alguna aparición divina u otro milagro, y por las noches se filtra por las rendijas de la persiana con semejante potencia que ya no es necesario encender ninguna lamparita para leer en la cama. Su diseño es moderno y le confieren al entorno vecinal cierto aire futurista, un poco como en Blade Runner pero sin más replicantes que Tino, el peluquero. Todo luce más y mejor que antes, las cosas como son, así que habrá que agradecer, a quién corresponda, la iniciativa de remodelar nuestro entorno sin consultar, que bastantes disgustos nos da la dichosa democracia como para seguir tentando a la suerte. El nuevo barrio rezuma tronío, capitalidad, y yo ya no sé si esta pequeña crónica se publicará en el Diario de Pontevedra o en el Washington Post, como un pequeño e inofensivo Watergate… Mejor en el Diario, supongo; el Post tiene cierta fama pero aquí no lo lee nadie.