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Epitafio

La tumba del boxeador irlandés Dan Donnelly. DP
La tumba del boxeador irlandés Dan Donnelly. DP

Nadie pudo presumir de haber derrotado a Dan Donnelly sobre un cuadrilátero. Eran tiempos en los que las veladas de boxeo se organizaban en graneros o cocheras acondicionados para la ocasión, al margen de la ley, y los púgiles saltaban al ring con los puños descubiertos y el pelo recogido. El irlandés se proclamó tres veces campeón de los pesos pesados al tiempo que regentaba su propia taberna hasta que, una noche, celebrando alguna efeméride con una pandilla de admiradores y buenos clientes, se tomó 47 golpes de whiskey y falleció. Conscientes de su condición de campeón y animados por tan curiosa causa de la muerte, sus más allegados ordenaron grabar sobre su lápida el siguiente epitafio: "Derribado a golpes, indemne a los puños: murió imbatido".

Los cementerios del mundo están llenos de grandes historias como las de Donnelly, a menudo susurradas por pequeñas leyendas que resisten el paso del tiempo como pueden, unas con más suerte que otras. Muchas logran sobrevivir incluso al recuerdo del propio difunto y es entonces cuando se convierten en auténtica literatura, palabras vivas en un entorno de muerte que nos empujan hacia historias y personajes que nunca existieron. Recuerdo que hace unos años entró en el bar un desconocido con pinta de estar afiliado a la Asociación Nacional del Rifle. Vestía con un chaleco rojo de cazador, visera calada hasta las cejas y unas gafas con cristales amarillentos que combinaban decentemente con su piel enfermiza y sudada, como si su hígado se empeñara en contar a todo el mundo su verdad. Pidió un vaso de sidra, preguntó por mi abuelo Otilio y empezó a contar cómo los dos habían compartido barco durante varias mareas en las costas de Chile y Venezuela. No recuerdo si le afectó especialmente la noticia de la muerte de mi abuelo pero enseguida se lanzó a hablar de los viejos amigos, como si fuese el único superviviente de una generación de la que pronto no quedaría más que una serie de puntos inconexos. Me contó que había pasado muchos años trabajando en Maracaibo y que en un cementerio local, al lado de la tumba de su segunda mujer, había una lápida sin fecha ni nombre pero con un mensaje que no lograba sacarse de la cabeza: "Por qué, Alfredo. Por qué". Se quedó un rato mirando a través de la nada, pagó la sidra y se marchó. Jamás lo he vuelto a ver.

Los cementerios del mundo están llenos de grandes historias como las de Dan Donnelly

Muchas veces, sin embargo, recuerdo aquella historia y me lanzo a divagar sobre qué podría significar semejante despedida. Mi relato favorito es el de la viuda que descubre a una o varias amantes de su marido durante el velatorio. Algo así sucedió con un famoso actor español, según cuentan algunos de sus mejores amigos aunque sin revelar su nombre. Apenas se escuchaban algo más que tímidos sollozos en el tanatorio de la M-30 cuando una mujer de unos cuarenta años lanzó un hondo suspiro y dejó volar, en voz demasiado alta, sus pensamientos: "Qué pena, dios mío; con lo bien que follaba". Al parecer, las correrías del difunto no debían ser ajenas a su esposa pues, según relatan los mismos presentes, giró el cuello hacia la otra y simplemente hizo un gesto de sincero asentimiento.

En el caso de Alfredo, mi difunto misterioso, me gusta creer que su viuda no gastaba tan buen talante como la mujer del comediante español así que durante la noche permaneció despierta junto al féretro, incubando su venganza mientras daba vueltas a las cuentas de un rosario. La traición merecía reparación y desprecio, por lo que la posibilidad de enterrar al adúltero sin más datos que el nombre de pila le pareció el mejor modo de borrar cuanto antes su recuerdo. La pregunta, el "por qué, Alfredo, por qué", la redimiría ante todos aquellos que de un modo u otro habían sido cómplices silenciosos de la traición. Rosana (me gusta llamarla así) no sería aquella pobre estúpida a la que sus vecinos saludaban midiéndole los cuernos, tampoco la viuda digna de lástima por haber malgastado los mejores años de su vida junto a semejante cabrón. Aquel epitafio supuso el renacimiento de una mujer que todavía era hermosa y a la que convenía respetar, pues nada causa más temor entre los vivos que alguien capaz de cobrarle cuentas a los muertos.

Con tanto tiempo libre como tengo he desarrollado otras versiones pero ninguna me convence tanto como la relatada, de ahí que nadie pueda ya convencerme de lo contrario. Seguramente hay una historia real sobre el tal Alfredo de Maracaibo, su familia y hasta un sepulturero con alma de acertijo pero hay momentos de la vida donde uno está dispuesto a renunciar a la verdad con tal de conservar intacta la propia mentira. Supongo que yo mismo soy uno de esos tipos, un ser aburrido y necesitado de ficción para combatir la tediosa realidad que me congela. Por lo pronto, espero poder deambular por este mundo un buen puñado de años más pero no me importaría que, llegado el momento, mi epitafio resultara mucho más intrigante y novelesco de lo que habrá sido mi vida. hacia historias y personajes que nunca existieron.

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