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Estúpido

Nada nos hacía más ilusión, en aquel entonces, que comportarnos como supuestos adultos

La semana pasada se celebró en Marín una comida de exalumnos del Colegio San Narciso a la que no acudí por puro romanticismo, porque soy de esas personas que prefieren dejar las cosas como están y atesorar buenos recuerdos sin permitir que el paso del tiempo los estropee. Me niego a sentarme con los viejos camaradas y descubrir que nos han salido canas, arrugas, que ya no somos los adolescentes descerebrados que convertían cada recreo en un pequeño Vietnam e intercambiaban grandes secretos en pequeñas notas de papel, auténticos tesoros que circulaban de mano en mano hasta llegar a destino. Nada nos hacía más ilusión, en aquel entonces, que comportarnos como supuestos adultos y compartir cigarrillos a escondidas, morrear con alguna de las chicas guapas de la clase o disputarnos un banco como manadas de lobos que pelean por una parcela de territorio. Éramos maravillosamente estúpidos y me niego a comprobar que los años nos han convertido en hombres y mujeres responsables, en funcionarios aburridos, en dependientes de comercio estresados, en cabezas de familia con una soga al cuello cada final de mes porque toca pagar los recibos, llevar a la pequeña al dentista o visitar al mayor en la cárcel, yo qué sé.
Kevin y Winnie, protagonista de la serie 'Aquellos maravillosos años'. Imagen para el blog de Rafa Cabeleira (02/12/17)Madurar es una mierda, digan lo que digan por ahí. La vida era mejor cuando nuestra única responsabilidad consistía en llegar a casa con la misma ropa que vestíamos cada mañana, rumbo al colegio. Todo nos importaba un carajo, al menos a mí, y un buen día era aquel en el que me sentaba con Ruth en el autobús, le tiraba del pelo a Penélope, Gonzalo me dejaba copiar sus deberes y Mari Carmen, la profesora de historia, me llamaba gitano porque la hacía reír. Incluso los castigos resultaban divertidos y te granjeaban cierta fama de enfant terrible entre los compañeros más temerosos y aplicados, nada que ver con esa sensación angustiosa que hoy día nos recorre el cuerpo cuando bajamos al buzón y nos encontramos, de buenas a primeras, con una carta de la implacable Dirección General de Tráfico. Se equivocan quienes aspiran a vivir eternamente, pues no se me ocurre mayor condena que pasarse la vida recordando los años felices, aumentando las distancias con aquella juventud esplendorosa de la que un día fuimos amos y señores, sin apenas reparar en que el futuro no es más que el reverso tenebroso del pasado, el verdadero lado oscuro de la fuerza.

Desde hace unos meses, los vacíos de mi edificio se llenan con las disputas a voces de la familia del tercero, especialmente los rellanos y las escaleras. En La vida instrucciones de uso ya advierte George Perec de que son estos espacios "el lugar neutro de todos y de nadie, donde se cruza la gente casi sin verse, donde resuena lejana y regular la vida de cada casa". En el caso de mis vecinos, el sonido que nos regalan a los demás es una infinidad de acaloradas discusiones entre una madre divorciada y su hijo adolescente, un idiota que se cree un hombre porque sus amigos le llaman Killer y una rubita con las tetas desarrolladas lo acompaña hasta al portal al salir de pasantía. "¡Ya no soy un niño, joder!", alega el muy imbécil cada vez que su madre le afea la conducta e impone su autoridad, un pataleo tan infernal que en unos años echará la vista atrás y se le caerá la cara de vergüenza por protagonizar semejantes teatrillos. Alguna vez he pensado en atacarlo de frente y explicarle que haría bien en cerrar la bocaza, aprovechar los años salvajes que todavía le quedan por delante y dejar a su madre comportarse como lo que es: una adulta responsable. Pero entonces recuerdo los sanquintines que organizaba yo a su edad y me entran ganas de abrazarlo, a ver si se me pega algo de su insultante insensatez.

No hay nada de malo en vivir como un verdadero estúpido cuando uno tiene la edad apropiada para hacerlo. A los trece años, o a los dieciséis, uno debe dar rienda suelta a su propia estupidez y consentir la de los demás, cuidarla como un bien perecedero que pronto se convertirá en un auténtico problema, pues la edad adulta ya no es compatible con la necedad. La diferencia entre la buena y mala estupidez no es más que una cuestión de años, un salto cualitativo entre el joven imbécil incapaz de calcular las consecuencias de sus actos y la pose perfectamente articulada de una persona madura y atroz, ese escudo con el que nos armamos para darnos cierta importancia y camuflar una realidad que no es la que habíamos imaginado cuando cubríamos carpetas con las fotos de nuestros ídolos y jugábamos a ser mayores. Negarme a acudir a mis citas con el pasado responde precisamente a esto, a la incapacidad para afrontar una pregunta para la que conozco la respuesta aunque, por orgullo, me niegue a admitirla: ¿Son ellos los que se han convertido en unos perfectos imbéciles o soy yo? Eres tú, Rafael; siempre fuiste tú, solo que antes molabas.