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Hablemos, hablemos

Gloria Lago durante su rueda de prensa de Galicia Bilingüe. ADP
Gloria Lago durante su rueda de prensa de Galicia Bilingüe. ADP

ASEGURA LA asociación Hablemos Español, presidida por la gallega Gloria Lago, que corren malos tiempos para los usuarios del único idioma de convivencia que existe en España: el castellano, ahora llamado español. Al parecer, estamos siendo perseguidos, señalados, arrinconados", casi avocados a la construcción de modernas catacumbas en las que poder reunirnos y expresarnos en libertad, como los antiguos cristianos.

Resalto lo de "idioma de convivencia" porque es uno de los ejes fundamentales sobre los que giran sus argumentaciones, una revisión poco revisada de las tesis de Ramón Menéndez Pidal (filólogo, historiador, miembro erudito de la Generación del 98, medievalista y, cómo no, también folclorista). Así las cosas, y para que todos nos entendamos, la teoría de Pidal plantea que, mientras los castellano-parlantes nos paseamos por el mundo amándonos los unos a los otros, tendiendo puentes y trenzando guirnaldas, los usuarios del gallego, el catalán o el euskera entregan sus vidas a sembrar la cizaña, incordiar a sus vecinos y estirar las costuras, ya maltrechas, de nuestra cuarteada piel de toro.

Mi favorita, de entre todo el catálogo de razones esgrimidas en defensa español (el segundo idioma más utilizado del planeta, recuerden), es su condición de "lengua única de entendimiento entre españoles". Es un planteamiento digno de admirar porque el sentido principal de cualquier lengua debería ser, precisamente, ese: su capacidad para que diferentes personas interactúen, se comuniquen, se comprendan... Y sin embargo, aseguran estos adalides de la uniformidad, de todos los idiomas presentes en nuestra geografía solo uno logra cumplir su cometido natural. No quieren decir con esto que los gallegos, los asturianos o los valencianos no nos entendamos cuando hablamos nuestra lengua madre, no. Se refieren a la imposibilidad de que un catalán y un extremeño, por ejemplo, logren comunicarse en otro idioma que no sea el de Cervantes y Ray Loriga.

La afirmación choca de frente con mi experiencia personal, nieto y bisnieto de mujeres que no pudieron ir a la escuela por razones que no vienen al caso: una guerra, miseria, machismo..., minucias. La una y la otra hablaban gallego a sus familiares y vecinos, gallego a las autoridades competentes y también a las incompetentes, gallego a las vacas y gallego incluso a dios. Con los turistas llegados de otras partes de España, principalmente de Barcelona y Madrid, simplemente hacían un esfuerzo. No hablaban español porque no sabían pero lograban entenderse con aquellas gentes que visitaban Galicia en pantalones cortos, camisas subrayadas y jerséis sobre los hombros. Esto nos pone en la tesitura de declarar a las generaciones actuales y a los monolingües como genéticamente defectuosos —lo que implicaría coquetear con el racismo— o aclamar al castellano como "lengua única de entendimiento", sin más discusión. Y en esas estamos, al parecer.

Juan Carlos Moreno Cabrera es catedrático de la Universidad Autónoma de Madrid, amén de madrileño, y lleva años recorriendo el país para ilustrarnos sobre lo que él denomina como "imperialismo o colonialismo lingüístico". De un modo detallado y didáctico, este señor explica por qué el español, el inglés o el francés son consideradas lenguas globales ("lenguas de entendimiento, lenguas de convivencia") en detrimento del groenlandés, el navajo o el gallego. La razón es bien sencilla: los grandes imperios, forjados a menudo a base de grandes cantidades de sangre y unas pocas gotas semen, hablaban español, francés o inglés pero no groenlandés, navajo o gallego. Sus conocimientos de la materia abrumarían a estos voluntariosos defensores de los usos y costumbres castellanas pero Moreno Cabrera carece de la cualidad más importante para difundir cualquier razonamiento hoy en día: el folclorismo.

No descarto, tampoco, que la señora Lago y demás voluntarios de Hablamos Español desconozcan quién era Menéndez Pidal y las tesis de este sangesjista fundacional. Con la misma insistencia que Belén Esteban utiliza su "¿me entiendes?" sin mayor interés porque nadie la entienda, los devotos "hablemistas" repiten una y otra vez que el español está perseguido en buena parte del estado, y lo hacen con la misma intención populista que la princesa del pueblo. En Galicia Bilingüe, embrión regional de la nueva asociación, llegaron a compartir fotos de carteles de "saída", tomadas en un hospital, para concienciar del grave riesgo que corrían los castellano-parlantes en la sanidad pública gallega. "A fuerza de ingenio se van a ganar nuestro cariño", recuerdo que pensé.

Me gustaría ofrecerles mi apoyo, casi por caridad, pero no estaría siendo sincero con ellos ni justo con el lector. Es una evidencia que utilizo el castellano para escribir en esta cabecera y en otras muchas, que lo hablo con mis amigos habitualmente, también en los comercios, en las administraciones, en las redes sociales... A pesar de ello, todavía no he sentido el acoso de las hordas galaicas que, supuestamente, oprimen a los fanáticos de la eñe. Tampoco puedo presentar multas o sanciones de cualquier tipo por decir "Orense" o "Villagarcía" casi por sistema. Sí podría aclarar, en cambio, que pese a mi título de bachillerato y cierta afición por la lectura, tengo serios problemas a la hora de escribir en la lengua de mis abuelos, mis padres y mis vecinos. Y cuando lo intento, como nos ocurre a una gran parte de los gallegos, me la meriendo con diglosia.

También podría explicar por qué unos padres gallego-parlantes educaron a su hijo en castellano, o recrearme en aquellas burlas clasistas que soportaron durante décadas y que prefirieron ahorrar al niño amado. Podría confrontar los subjetivos criterios de la señora Lago y su asociación con todo tipo de experiencias, datos y explicaciones tangentes pero sería darles la importancia que no se merecen: la riqueza cultural y lingüística de este país me parece una bendición y me niego a tratarla como un problema. Quizás ahí resida el suyo, precisamente: en una cierta necesidad de confrontación que alimente intereses poco confesables. Ellos dicen no entendernos pero nosotros a ellos sí... Y mejor de lo que parece.

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