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Invierno

Ilustración para el blog de Rafa Cabeleira. MARUXA
Ilustración para el blog de Rafa Cabeleira. MARUXA

POR FIN HA LLEGADO el frío con todas sus bondades a cuestas, que no son pocas: el regreso de las mantas a la cama, los pijamas de franela, las interminables duchas en agua caliente, la pausa del sábado, el cocido de los domingos… Se me ocurren tantas y tan buenas razones para celebrar la primera gran bajada de las temperaturas que podría copar varias páginas de este mismo periódico con ellas y reciclarlas, después, para fabricar cucuruchos y rellenarlos con castañas asadas. Sin embargo, debo reconocer que parte de mi entusiasmo se concentra en el simple y llano placer de la venganza, sentimiento poco confesable pero que en esta época del año bien podría considerarse un exclusivo producto de temporada.

Durante largos meses he aguantado estoicamente los envites de todo tipo de domingueros, amantes del bronceado, cortomanguistas, ensaladistas, airelibristas y demás fauna incalificable con su insoportable cháchara estival. Se terminaron los días de actividad incesante, los mensajes de WhatsApp con la palabra ‘veranito’, los señores con chancletas en la panadería, los chuloplayas, los comentarios sobre mi tono de piel y la dichosa expresión "con este calor apetece", que me parece uno de los grandes dramas de la cultura occidental. Por fin llegó el momento de cobrarse las facturas sin cobrar, de regodearse en el desamparo de los caniculillas huérfanos de sol y cantar las alabanzas de la estación ilustrada por antonomasia. Para todos los que ya se lamentan por el fin del verano traigo hoy una expresión muy de su gusto, tan fresca e hidratante que me asombra: ajo y agua.

El pasado domingo, bajo pretexto de reunirse para ver el gran partido, reservamos mesa unos cuantos amigos en Casa Fidel, que es templo de palillos y cucharas. Allí dimos cuenta de varias tapas de pulpo, buenas tazas de caldo, una fabada estrepitosa y licores de temporada sin etiquetar, todo por un precio más que asequible cuando se trata de acariciar con los dedos la auténtica felicidad. Fuera llovía a cántaros y el frío se colaba por debajo de las mesas con la arrogancia del cliente habitual, del dueño del cortijo. Entonces reparé en el gesto contrariado de un señor que fumaba en la puerta, encorvado desde la raíz y con las manos en los bolsillos, mirando a derecha e izquierda como si esperase la llegada del anticiclón de las Azores. "¡Deja el pitillo y ven a tomar el café, que se enfría!", le gritó otro desde la barra, sonriente, erguido y acalorado. Había en su gesto algo de ‘vendetta’, como si el fumador llevara meses sentándose en la terraza y alejándolo de su verdadero núcleo de poder: el centro mismo de la barra.

"¿Qué hacer con el tiempo libre? En verano, ir de pesca y hacer el amor. En invierno… Bueno, la pesca es muy mala en invierno", afirmaba en una gastada entrevista el finlandés Kimi Raikkonen. Cualquiera que haya seguido con cierto interés la trayectoria del controvertido piloto de carreras comprenderá la importancia de semejante declaración pues nunca fue hombre de hablar por hablar, de regalar los oídos ajenos con bellas palabras, de poesía. Muchos otros entregaron una parte de su talento a la defensa de la estación maldita, desde Virginia Wolf hasta Chejov, pasando por Porchia, Sylvia Plath, Baudelaire o Sting, pero casi ninguno ha sabido aislar la verdadera esencia de su encanto con tanta precisión como Raikkonen: el calor próximo, el deleite horizontal, el abrigo del ser amado. Puede que primavera y verano se repartan la gloria como épocas más propicias para el florecimiento del amor pero es en los días lluviosos, las tardes de viento y las largas noches de invierno, cuando el sexo adquiere su más elevado significado. En verano solo follan los finlandeses y los desesperados.

No es casualidad que las estadísticas de agresiones machistas se disparen durante el estío. Tampoco que Mersault, el protagonista de El extranjero, cometa sus terribles actos incomodado por un calor tan presente y sofocante que termina convertido en un personaje más de la novela, si acaso el más importante. Incluso cuesta creer que el propio Camus, nacido en Argelia y tan consciente de los estragos que las altas temperaturas pueden ocasionar en las personas, se haya mostrado tan a menudo partidario del verano, aunque alguna que otra vez le haya reconocido algunas virtudes a la estación fría como cuando dijo aquello de "en las profundidades del invierno finalmente aprendí que en mi interior habitaba un verano invencible". Yo, al invierno, tan solo le reprocho que me dejara huérfano de la mejor amistad. Por eso lo espero con mayor impaciencia cada año que pasa, simplemente por ver si me la devuelve.

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