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Luisito y los fantasmas

Luisito. RAFA FARIÑA
Luisito. RAFA FARIÑA

Una vez me invitaron a una tertulia deportiva y me permití el lujo de criticar a Luisito sin piedad, a lo loco. Es el tipo de cosas que uno hace desde el atrevimiento y la ignorancia, envalentonado por sentir la almohadilla del micrófono absorbiendo sus más bajos instintos, como una aspiradora, y desde el calor de un estudio de radio, tomando café. Dije yo, creo recordar, que la propuesta futbolística del entonces técnico del Pontevedra C.F. no me resultaba atractiva, un vulgar quinceañero que ansía conocer a Adriana Lima en el recreo y al que Macarena, la pelirroja riquiña de tercero A, le parece poca cosa. No fue la única lindeza que le dediqué al bueno de Luisito mientras Rodrigo Cota se persignaba sin creer en Dios y Xabi Fortes sopesaba los pros y los contras de lanzarme por una ventana, a ver si volaba. Ellos, al contrario que un servidor, son habituales penitentes de La Pallota y Pasarón mientras que a mí me va más el sofá, la manta, la Xbox, Twitter y Fiebre Maldini, un programa pensado para todos aquellos que no tenemos ni puta idea de fútbol pero nos gusta presumir. Si el conductor de la tertulia me hubiese preguntado el nombre de tres futbolistas del Pontevedra no habría sabido qué decirle, pero luego me las doy de experto en los bares, citando a prometedores centrocampistas kazajos y a un delantero sueco que despunta en las categorías inferiores del Hammarby IF: ese soy yo, un auténtico fantasma.

“Es muy fácil hablar. Y ahora todos van de fantasmas, todos de fantasmas”, señaló Luisito en su última rueda de prensa como entrenador del equipo granate. Estaba caliente el míster después de comprobar como una parte de la afición se lanzaba a entonar el “Lupe, vete ya”, un cántico que, con cambiar el sujeto, sirve para casi todo. Defendió el técnico a la presidenta con coraje incluso a sabiendas de que su cabeza sería la primera en rodar, buen conocedor de que el fútbol es un espectáculo que necesita sangre para renovar sus votos y a los entrenadores les corresponde, por herencia, el papel de las vírgenes vestales. A los otros, a los fantasmas que rara vez sentimos los filos que cortan y desgajan el día a día de los clubes, nos toca interpretar a los bárbaros que alzan sus cuernos y beben cerveza mientras el verdugo limpia su hacha, terminado el sacrificio. Y de eso mismo, de sacrificios, sabe mucho un Luisito al que este fantasma acusó en una radio de no ser digno para entrenar al Pontevedra CF.

Recuerdo un viejo anuncio sobre cierta ampliación de capital del club en el que una voz desafiante nos preguntaba si queríamos ser como Florentino Pérez, si queríamos ser el Real Madrid. Lo escuché por primera vez mientras discutía con un repartidor de pizzas en una rotonda, cosas del tráfico y los embotellamientos habituales al otro lado del puente de A Barca. El mensaje llegó nítido a mis oídos, casi sensual, y enseguida se me quebró la voz de tal manera que subí la ventanilla, agarré el volante con las dos manos y soñé con el Valhalla. Todavía no había aportado un solo euro para la dichosa ampliación de capital y ya me sentía un dios, un ser eterno, un dirigente histó-rico al que los libros recordarían como el artífice de la primera Liga de Campeones conquistada por el Pontevedra CF. Luego escuché un bocinazo, me desperté, y vi al repartidor dibujando eses con su ciclomotor y dedicándome un peineta muy bien ejecutada, otra vez de vuelta al mundo real.

Y es en ese mundo real, el del cemento y el asfalto, en el que vive Luisito desde que se sacó la licencia de entrenador e incluso desde mucho antes, cuando saltaba a los terrenos de juego con aspecto de mosquetero y las espinilleras curtidas en mil trincheras. Mejor que nadie sabe el de Teo que su oficio es el del marinero que lucha contra vientos y mareas estúpidas que no entienden su cometido, que soplan y se enfurecen porque así lo ha decidido la naturaleza pero sin conocimiento real. En sus palabras resuena la impotencia de quien reconoce la injusticia del fútbol por su perfume apenas asoma en la distancia. Deja el banquillo del Pontevedra un tipo que desayuna napalm por las mañanas y se corta las uñas a machetazos, un superviviente, un caballero andante de los que blande el hierro y deja las crónicas a los poetas, a los fantasmas, a los que de vez en cuando nos dejamos caer por Pasarón para saludar a los amigos y al descanso ya estamos indignados con el árbitro, los futbolistas, el entrenador, la presidenta y el mundo entero. Ya no está Luisito pero quedamos los de casi siempre y los de casi nunca, los que nos creemos Maradona, Johan Cruyff y Santiago Bernabéu en un solo cuerpo. Y ahí reside el eterno problema del Pontevedra, creo entender: Nunca triunfan los vivos, siempre prevalecen los fantasmas. Que el cielo nos perdone y Luisito, si puede, también.

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