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Matar a un niño

Miraba las esquelas del periódico cada día con la esperanza de que se hubiera muerto algún niño de los alrededores. Su último descubrimiento, un tal Xurxo Dapena Corredoira, había fallecido a finales de enero, en la parroquia de Samieira, y desde entonces andaba Martina un tanto preocupada por la ausencia de angelitos muertos, como si el universo entero conspirara contra ella. "¿A qué edad deja uno de ser un niño?", le preguntó a su padre que, en ese preciso momento, practicaba el difícil equilibrio de fumar y cortarse las uñas al mismo tiempo. "Depende", contestó con el cigarro adosado a la boca y la mirada de arquero enfocada en el dedo meñique. "Tú serás mi niña siempre, por ejemplo". Apenas había cumplido los diez años pero empezaba a sospechar que aquel hombre de bigotillo francés y ojos saltones nunca sería el pozo mágico de las respuestas.

No era una mala persona, Martina. En realidad ni siquiera era una persona, no al menos en el sentido más categórico de la palabra. Con suerte se la podría considerar una personita, que era como la llamaba su abuela Carmen los días que aumentaba su dosis habitual de anís y anticoagulantes. Su interés por las muertes prematuras estaba ligado a las historias que su otra abuela le contaba antes de dormir. Nada le gustaba más en la vida que acurrucarse en la cama, abrazarse a su centollo de peluche, y escuchar los relatos de aquella mujer arrugada y medio ciega sobre los pastorcillos de Fátima y otras leyendas parecidas. Que la abuela Sofía solo accediera a cumplimentar al ritual los días en que se moría algún niño de la comarca –su casa, sus normas- era una pequeña particularidad que escapaba al control de la pequeña Martina.

"Hoy se ha muerto uno en Marín", revoloteaba la niña alrededor de la vieja. "Pero no sé si cuenta: tenía dieciséis". La abuela soltó una medio carcajada, seca, cortante, de las que ponen el alerta al destinatario y arruinan la carrera de cualquier humorista sin sangre en las venas. "Esa es la edad a la que deberían morirse todos, cuando ya no son niños pero tampoco hombres: no se pierde gran cosa", dijo sin levantar la cabeza del mandil que remendaba. Martina no supo que decir, quizás porque nadie sabría que decir en esa situación, y regresó a la cocina donde su padre trataba de disimular las evidencias de su torpeza. "¿Estás bien?", preguntó al verla pasar camino del cuarto de los juegos a toda velocidad. Un portazo estruendoso le confirmó que no lo estaba, pero también que mejor haría en ocuparse de sus propias mierdas.

Aquello no le dejaba otra salida más que la evidente: si dios no hacía su trabajo, sería ella, Martina Pérez, la encargada de llevar el nombre de un nuevo angelito a la página de las esquelas. Había muchos, al fin y al cabo. Tan solo en su colegio se podían contar por cientos, aunque seguía sin estar del todo segura cuál era el límite de edad permitido para que su abuela lo aceptara como alimento de sus historias. Pensó en alguno de su misma clase pero lo descartó por la sencilla razón de que ninguno le parecía el apropiado. Ni siquiera su amiga Carol -una ridícula de manual, todo el día haciéndose la mayor y la interesante ante los demás alumnos- pasó su casting de posibles víctimas mortales: al fin y al cabo, eran amigas. "Uno de preescolar, de los que juegan en el estanque de arena", se dijo a sí misma con cierta confianza. Sí, aquella era la mejor opción a poco que pudiera conducirlo hacia la parte trasera del patio y… "¿Y cómo se mata a un niño?". Ese instante de duda le recordó lo que tantas veces decía su madre cuando la abuela la presionaba con la educación de su única hija, la consentida, la malcriada Martina: "¡los niños no vienen con un manual de instrucciones!". Tenía toda la razón: si viniesen con un plano adosado al culo, sería muy sencillo matarlos.

Escuchó ruidos fuera del cuarto de juegos: carreras aquí y allá, palabras incomprensibles, una puerta que se habría y se cerraba… Salió a ver y se encontró con su padre hablando por teléfono, mesándose el pelo con una mano, y a su madre corriendo hacia ella y cargándola en brazos de vuelta a su templo de las muñecas. "La abuela está malita", le dijo. Tenía la cara crispada y la piel lívida, como el día en atropellaron al perro, y Martina recordó las palabras de la abuela Sofía aquel mismo día: "si me hubiera muerto yo estarían dando saltos de alegría". La posibilidad de matar a un niño para contentarla se desvanecía y Martina descubrió un nuevo sentimiento, algo parecido a la pena. 

Matar a un niño
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