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Política

SERÍA CONVENIENTE que no se quitara la camisa, señor alcalde", dijo el jefe de la policía municipal. Se hacía cargo del calor reinante en aquella pequeña taberna, del clima de euforia, de la naturaleza desinhibida del regidor, pero igualmente le pareció conveniente lanzar aquella tímida advertencia aún a sabiendas de que, casi con total seguridad, caería en saco roto.

—"Estamos en fiestas, Palomares; no me sea usted amargo, coño", contestó Olegario García Otero, el alcalde, desabrochándose el último de los botones.

El gesto fue recibido con grandes vítores por la congregación de parroquianos que lo rodeaban, todos con sus tazas en la mano y la sonrisa pícara de quienes se abrazan al vino como un amigo inseparable. Uno, al que apodaban Pamplinas por alguna historia de juventud que ya nadie recordaba, se arrancó con los primeros compases de 'Marín del alma' y enseguida lo siguieron todos con variados tonos, como una polifónica mal afinada pero voluntariosa. García Otero, el alcalde, ya con el torso desnudo y el sudor corriendo por su frente como un manantial inagotable, hizo su típico gesto al tabernero y antes de la entrada del estribillo ya estaba este rellenando tazas y uniéndose al coro. Palomares, el jefe de policía, rechazó el ofrecimiento del tabernero y salió a tomar el aire: demasiados alientos mezclados, demasiada responsabilidad para un solo hombre.

Captura"Palomares a central, cambio"/ "Aquí central, cambio" / "¿Está Merche por ahí?, cambio"/ "¿Qué Merche, cambio?/ "Me cago en mi vida... La concejala de cultura, Doña Mercedes, cambio"/ "Ah, de acuerdo, de acuerdo... Ahora van a buscarla, cambio". Se sintió mayor, el bueno de Palomares. Se vio así mismo sentado en aquel viejo patrullero recién salido del taller, recostado en el asiento y con una pierna fuera, la puerta sin cerrar, escuchando los ecos festivos que se escapaban bajo la puerta de la taberna. Se habría encendido un cigarrillo pero hacía ya varios años que abandonara aquel vicio tan placentero y, según aseguraban todos los expertos -los pueblos están llenos de ellos- mortal. "Aquí Mercedes... ¿Cambio?"/ "Tenemos problemas aquí arriba, Merchiña, cambio"/ "No me digas se ha vuelto a emborrachar, ¿cambio?"/ "Bueno, mujer... Técnicamente ya venía un poco peneque de casa, cambio"/ "Tienes que sacarlo de ahí inmediatamente, Palomares... ¿Palomares? Cambio, cambio"/ "Haré lo que pueda pero no te garantizo nada: se ha quitado la camisa, cambio"/ "Ay, señor... Inténtalo, Palomares. Cambio, cambio". 

Sabía que la política municipal no era ningún camino de rosas pero jamás se imaginó tener que afrontar situaciones tan incomprensibles como aquella, al menos no cuando Olegario García Otero se presentó en su casa con la propuesta de incluirla en las listas. "El pueblo necesita gente honesta y trabajadora como tú, Mercediñas", le dijo. Ahora sabe que aquella tarde también estaba borracho, que el alcoholismo es en él, más que un trastorno, una ideología política. "El alcalde se va a retrasar un poco, está reunido con una gente de la Diputación", explicó la concejala al resto de la corporación. "¿Dónde? ¿En la taberna de Amarito?", rió Dobarro, concejal de urbanismo y primer teniente de alcalde. Mercedes salió de la habitación y se dirigió al salón de plenos. Necesitaba estar sola, necesitaba evadirse del mundo, necesitaba una alternativa a la más que previsible espantada del alcalde. Se quedó levemente dormida, con la cabeza apoyada en la mesa, hasta que una mano la estremeció al posarse sobre su hombro. "Ha llegado Palomares con el señor alcalde, doña Mercedes", informó asépticamente la secretaria municipal.

"¿Puede hablar?", preguntó Mercedes. Palomares se quitó la gorra y agachó la cabeza. "Cantar, cantaba", dijo sin atreverse a mirarla a la cara. Entre los concejales más fornidos lo pusieron en pie, Mercedes trató de meterle la camisa por dentro del pantalón y Palomares, sin nada más que decir, saludó a las autoridades taconeando y se dirigió a la sala de radio: mal que bien, él había cumplido con sus obligaciones. "Tranquila, Mercediñas: lo tengo todo en la cabeza", dijo el alcalde de repente, recobrando milagrosamente algo parecido a la compostura. "Venga, chavales... Hay un cura ahí fuera al que homenajear". A Mercedes le pareció todo aquello un auténtico milagro.

El padre Venancio cumplía 50 años al frente de la parroquia y el salón de actos del ayuntamiento lucía abarrotado, como si el curita fuera a pasar lista al día siguiente antes de ofrecerles la sagrada comunión. "El padre Venancio", se arrancó García Otero agarrando con fuerza el pie del micrófono. "¿Qué podría contaros yo del padre Venancio que no pueda contaros él? Vecinos y vecinas, compatriotas todos, con vosotros el padre Venancio". El auditorio reventó en una ovación estruendosa y el alcalde se dirigió al lugar que previamente se le había asignado. Durmió como un lirón hasta que Mercedes, roja de furia, le lanzó una patada a la canilla para despertarlo. "Relájate, Mercediñas... Esta es la parte bonita de la política, ya vendrán días peores", farfulló García Otero mientras el padre Venancio se desmayaba.

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