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Los problemas reales de la gente

RARO ES el día en que uno abre un periódico, enciende el televisor o enchufa la radio y no aparece un político anunciando que ha llegado, por fin, el momento de ocuparse de los problemas reales de la gente. Expertos en teatralizar el mensaje para que se fije en nuestra psique como la sonrisa de Anne Hathaway, estos profesionales de la comunicación acompañan sus advertencias con gestos afectados y una gran solemnidad, sentidas interpretaciones que nos hacen albergar cierta esperanza aunque, por regla general, suelan quedar en nada. Se trata, además, de un mensaje sin ideología pues se adapta a todo tipo de discursos y funciona como un mero recurso estilístico. De formación en formación, de bancada en bancada, va dando saltos la frasecita según sople la dirección del viento y esa debe ser, sin ningún tipo de duda, la razón principal por la que nunca pasa de una mera declaración de intenciones: se mueve demasiado, no hay forma de echarle el guante.

La gente, que somos usted y yo, padece problemas reales y otros que no lo son tanto, quizás sea esta la única conclusión extraíble de tanta matraca. En ocasiones somos tan obtusos que tratamos como una contrariedad lo que, en realidad, es una gran oportunidad. Perder el trabajo, por ejemplo: ¿acaso no se da cuenta, querido lector, que su despido en el taller mecánico de la esquina le puede abrir las puertas de algún box en la Fórmula 1? ¿Quién le dice a usted, querida lectora, que una vez despedida de tan famosa cadena de tiendas de moda que no terminará montando un imperio semejante, aprovechando tan enriquecedora experiencia? No se cierre puertas, alma de dios: el paro no es problema, todo es una cuestión de actitud. Nos preocupamos demasiado, en definitiva, y por eso resulta fundamental la labor de nuestros representantes electos, esas cribas humanas de inquietudes con las que se va clasificando nuestro desasosiego.

Como ustedes, yo me preocupo a menudo por motivos bastante triviales;  nos pasa a todos

Como ustedes, yo me preocupo a menudo por motivos bastante triviales; nos pasa a todos. En esos días suelo recurrir a una estampita que fabriqué con un recorte de periódico y un poco de purpurina, con estas mismas manitas. La llamo Santa Celia y está dedicada a Doña Celia Villalobos, una mujer que ha consagrado su vida a  mejorar las nuestras y que bien podría ser declarada santa de la paciencia pues no es de recibo tanto disgusto como le damos. Esta misma semana, preocupada por los problemas reales de la gente, ha dicho Doña Celia que la gente misma es el auténtico problema y no le falta razón: nos morimos poco, tarde, mal y encima nos empeñamos en querer cobrar nuestras pensiones a tocateja, como si las hubiésemos costeado con nuestras propias cotizaciones. Hacemos un mundo de la precariedad en la que parece sumida la caja común y nos desviamos de la solución: ahorre usted más, no viva por encima de sus posibilidades, no sea cigarra. Si guarda un poco de cada mensualidad durante su larguísima vida laboral –ya ve que todo son ventajas- no sentirá esa necesidad angustiosa de que el Estado garantice sus derechos, no reclamará con tanto ahínco el pago de su pensión, y vivirá mucho más feliz. Con apenas un pequeño gesto, con solo imitar a la hormiguita del cuento, se aliviaría la presión sobre las reservas de Seguridad Social y lo que hoy nos parece un tremendo carajal pasaría a ser un simple "quítame ahí esa pagas", un problemilla de tres al cuarto por el que no merece la pena tanto desvelo.

En este escabroso asunto de los problemas reales de la gente nos mueve la codicia, el individualismo, la estrechez de mira. Nos falta sentido colectivo, de ahí que Don Armando le preocupe perder poder adquisitivo, a Doña Julia que sus hijas encuentren trabajo, y a estas que no se les remunere de igual forma que a un compañero varón por el mero hecho de ser mujeres: tonterías. Vivimos tan ensimismados en nuestro propio bienestar que apenas nos damos cuenta de la suerte que tenemos. ¿Cuántas veces tienen que repetir nuestros políticos, sean de la formación que sean, que ha llegado la hora de ocuparse de los problemas reales de la gente para que esa gente, al menos su propia gente, agradezca la intención sin esperar algún tipo de resultado? Uno observa la abnegación de tan ilustres representantes en decretar el estado permanente de felicidad y solo queda denunciar lo evidente: los problemas reales de la gente no son el paro, las pensiones, la desigualdad o unas interminables listas de espera en una sanidad pública que bastante cortas son para lo que deberían. ¿Sabe por qué? Porque el principal problema de la gente es uno y solo uno: su exasperante sordera. 

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