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Sentidiño

BAJAN UN poco revueltas las aguas de la concordia nacional porque al presidente de la Xunta de Galicia se le ha ocurrido sugerir lo evidente: que se limite la movilidad de los habitantes de Madrid y Barcelona, que no se abra la mano hasta el punto de que todo el país se termine pillando los dedos. No se trata de discriminar a nadie ni de cercenar el derecho a unas justas vacaciones de millones de compatriotas, como empiezan a sugerir algunas voces, sino de aplicar el sentido común y poner en valor uno de los refranes más infravalorados de la sabiduría popular en gallega: "o que ten cu, ten medo". Situaciones excepcionales requieren medidas excepcionales y como tal debería entenderse una petición que nada tiene que ver con las fobias y sí, mucho, con la precaución lógica en quienes han visto el horror desde su privilegiada atalaya y prefieren pecar de conservadores a convertirse en meros tubos de ensayo. Y es que, en Galicia, ese conjunto de minifundios donde se consume una marca diferente de gaseosa por cada cinco mil habitantes, los experimentos deben limitarse a la línea defensiva del Celta y a los innumerables artilugios de fabricación casera que sirven para dar el sulfate.

cabeleiraPensemos todos un poco antes de sacar las cosas de quicio: ni ustedes están preparados, ni nosotros tampoco. En las últimas semanas, sin ir más lejos, hemos asistido a un despliegue de disparates que aconsejan, cuando menos, explorar la conveniencia o no de adoptar la medida deslizada por Núñez Feijóo antes de matizar sus propias palabras. Todavía tenemos frescas las imágenes de los Cayetanos inundando la calle Núñez de Balboa para reclamar, con estrépito de cuberterías de plata y zapatos castellanos, su derecho inalienable a contagiar en total libertad. Reconozcan que no es un buen comienzo, especialmente si pensamos que muchos de ellos acuden cada verano a Sanxenxo, Viveiro o Baiona para disfrutar de las bondades de Galicia y firmar peticiones de la plataforma Hablamos Español. Pero no son los únicos que se pasaron las recomendaciones higiénico-sanitarias de los distintos gobiernos y autoridades por el pájaro de la bandera: a Gucci lo que es de Gucci y a Primark lo que es de Primark.

También la izquierda madrileña ha protagonizado su propia marcha contra el sentido común, en este caso amparada por una causa nobilísima —homenaje a George Floyd, lucha contra el racismo— pero igual de peligrosa y descontrolada que las protagonizadas, días antes, por sus némesis vecinales. A esto sumemos la concentración de los antivacunas en la Plaza de Callao, alentados en los últimos días por una especie de mando único capitaneado por Miguel Bosé, o las más de 300 fiestas desmanteladas por la policía en pisos de la capital durante los primeros días de la peliaguda fase uno. Incluso concediendo que la suma de todos ellos sigue suponiendo un porcentaje minoritario de potenciales visitantes irresponsables, la gravedad de lo vivido debería aconsejar una mayor cautela a la hora de abrir la mano que, como decía al principio, suele ser el primer paso para pillarse los dedos.

Y luego estamos nosotros, que tampoco somos ninguna joya. Antes de la llegada del Covid-19, la última gran crisis higiénico-identitaria la desató la propia Consellería de Sanidade prohibiendo los platos de madera para el pulpo y aquello se solventó de la peor manera: con el propio Manuel Fraga saltándose la norma ante las cámaras de la TVG en una romería celebrada a los pocos días. Además, nuestras principales viandas se comen con las manos y en régimen de multipropiedad porque antes que la salud nos importan la vergüenza, la tradición y la técnica. Destilamos licores ilegales por encima de nuestras posibilidades, abrimos cien furanchos por cada galescola y, en los pueblos con cierto atractivo turístico, acosamos al turista con todo tipo de abalorios fabricados en casa a base de conchas de vieira, caracolas, barro, calabazas y hasta cráneos de murciélago. Eso por no hablar del riquiñismo, que puede ser tan peligroso como la propia irresponsabilidad. Nuestros jóvenes se pasan nueve meses ensayando los besos del verano y desde la llegada del Canal+ nos hemos convertido en la vanguardia de la promiscuidad estival en Occidente: no es que no les queramos en nuestras playas, en nuestros restaurantes, en nuestras plazas, en nuestros fayados... El problema es que les vamos a querer demasiado y eso, a estas alturas de la película, resulta altamente contraproducente.

Al turista, en Galicia, se le ha tratado siempre a cuerpo de rey, con máximo respeto y no poco cariño, incluso en aquellas épocas donde dicho turista llegaba a esta tierra como Colón a las américas: presumiendo de calzado moderno y pretendiendo intercambiar cigalas por pintalabios. Ni éramos tan tontos como parecíamos entonces, ni tampoco queramos pasarnos ahora de listos. Se trata, en definitiva, de encontrar un punto intermedio en el que sus buenas intenciones veraniegas se entiendan con nuestros peores temores ancestrales. Porque nadie se va a morir por aplazar sus vacaciones al verano que viene y las consecuencias de trasegar con el virus de aquí para allá pueden resultar funestas. Galicia se merece algo más que sus preciosas fotografías en Instagram con el hashtag #Galifornia #LicorK y #Marisquiñobaratísimo. Galicia se merece, entre otras muchas cosas, un poco de #Sentidiño y menos llamadas ultranacionalistas al boicot.

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