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La vergüenza del gallego

Madrid exige un plus de audacia, de resistencia y, por qué no decirlo, también de sentido del humor

"Menuda mariscada me pegué la última vez que estuve en tu tierra! Mejillones, berberechos, navajas, zamburiñas…", se arranca el taxista que me lleva de la estación de Chamartín hasta la calle de Hortaleza, en pleno corazón de la capital. Es un tipo afable, bigotón más allá de la mascarilla FPP2, y que nada más entrar en el vehículo me ha preguntado si quiero que cambie el dial de la radio. "No, no, qué va: la COPE está bien", digo muy educado y respetuoso con los gustos de cada cual. Como siempre, me ha delatado el acento y así comienza esa charleta memorable en la que él me pregunta que de dónde vengo, yo le contesto que de un pueblecito al lado de Pontevedra llamado Campelo, y aquel buen hombre pega un respingo en el asiento que casi acabamos con el taxi empotrado contra un autobús. "¡Pero si por ahí pasé yo con mi mujer camino de Combarro! ¿Te suena Combarro?".

Mal me iría en la vida si no conociese el pueblo de al lado, el pueblo rival. Y, por supuesto, también conozco la diferencia entre el marisco y los moluscos, pero no le digo nada porque en eso somos muy zorros los gallegos (especialmente los hosteleros de las zonas de costa) empeñados en trampear con el nombre de las cosas a cambio de unos pingües beneficios. Como tantos otros, mi chofer ha sido víctima de esas ofertas pensadas para que los turistas saquen fotos -a 50 euros la bandeja para dos personas- y presuman de pantagrueles en su lugar de origen. Más allá del telón de Gredos nadie distingue entre las cigalas, el camarón, la centolla o el percebe (mariscos) y los típicos bivalvos, más económicos en origen y protagonistas de las citadas gangas, por eso ha hecho tanta fortuna aquella expresión del "marisquito baratísimo" que incluso tiene su propio hashtag en Instagram.

Vaya por delante que uno conoce y reconoce la dureza de Madrid, su canibalismo inmobiliario y laboral, las largas distancias a cubrir diariamente, la crudeza de una ciudad capaz de devorarte y escupirte varias veces al día sin inmutarse. Como todas las grandes ciudades del mundo, Madrid exige un plus de audacia, de resistencia y, por qué no decirlo, también de sentido del humor. A menudo nos vende a sus habitantes como una serie de señorones que vive en pisos de techos altos, lucen estolas de visón, van al Santiago Bernabéu a ver el fútbol cada quince días y abominan del impuesto de sucesiones. De esos madrileños hay unos cuantos -yo los he visto- pero también abundan los que se pasan doce horas diarias en el taxi, se visten en el Primark, ven el fútbol por televisión en un bar y el impuesto de sucesiones ni les va ni les viene, pues no hay gran cosa que dejar al que venga detrás. Todos ellos son madrileños o, mejor dicho, ninguno lo es. Y por eso cabe preguntarse, ¿quiénes son, en realidad, esos madrileños tan singulares y distintos al resto del mundo a los que, estos días, se refieren algunos políticos y sus correspondientes altavoces mediáticos?

De repente, resulta que hay una cultura madrileña de los bares, un no sé qué cuasi racial que se basa en la manera que tienen estos sujetos de disfrutar de las tabernas, las tascas, los restaurantes… De relacionarse con ellos y, por supuesto, entre ellos. Es el tipo de afirmación que se ataca o se defiende desde un elaborado trabajo de campo y por eso me he dedicado yo en mi última visita a recorrer cuantos más mejor, a beber y observar, a intentar descubrir en qué consiste ese supuesto rasgo cultural que hace a los madrileños tan especiales.

Tienen sus cosas, eso es cierto. Para empezar, hacen distinción entre una caña y un doble de cerveza. Lo primero es lo que en Galicia llamamos un corto y, lo segundo, nuestra caña de toda la vida pero al doble de precio: el que avisa no es traidor, nada que objetar. La gente bebe a conciencia, como aquí. Y grita más de la cuenta a partir del tercer o cuarto doble, también como aquí. Los hay que se abrazan, parejas que se besan entre trago y trago, pandillas que se dividen en subgrupos de máxima confianza e incluso los típicos gorrones que se arriman al sol que más calienta: nada diferente a lo que uno se puede encontrar en cualquier bar de Lugo o de Campelo. Entonces, ¿dónde está esa diferencia cultural, casi antropológica, a la que se refieren Isabel Díaz Ayuso y sus mariachis? Sin querer pecar de xenófobo o especista, juraría que tiene que ver con algo parecido a una reducción evolutiva de sus estómagos.

"Tráete un lomito de lubina para compartir, niña" o "yo, con estas dos tapitas, ya como" son frases muy utilizadas entre el gentío de los bares madrileños. Es más, si no les convence el ejemplo de la lubina -lo tengo muy fresco- saquen el pescado de la ecuación y metan un pedacito de entraña, unos callos o unos torreznos. Juro, ante lo más sagrado, que yo no encuentro más diferencias entre ellos y nosotros que su escaso apetito o, digámoslo así, un cierto conformismo gastronómico. Ese conformismo, por cierto, salta por los aires en cuanto pisa n Galicia y descubren que, por el precio de un bocata de calamares y dos dobles, terminan cantando panxoliñas en algún furancho o zampándose una mariscada para dos, aunque sea a base de moluscos: yo, si quieren que les diga la verdad, empiezo a sospechar que el hecho diferencial de los madrileños es nuestra famosa vergüenza del gallego.

La vergüenza del gallego
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