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Entomología de las palabras

Manuel Rivas y Bernardo Atxaga muestran su complicidad en los márgenes de la escritura y la vida con sendos libros editados por Cuatro lunas y presentados en la librería Alberti
Manuel Rivas, Bernardo Atxaga y Xosé Ballesteros en la librería Alberti. FOTO CUATRO LUNAS
photo_camera Manuel Rivas, Bernardo Atxaga y Xosé Ballesteros en la librería Alberti. FOTO CUATRO LUNAS

AMBOS se mueven en la periferia, no solo geográfica, sino también literaria, a través de una escritura que atiende más a lo esencial de cada uno de nosotros que a aquello que podría llevarles a obtener una mayor repercusión mediática o económica. Manuel Rivas y Bernardo Atxaga no renuncian a configurar una identidad propia que se nutre de un sustrato natural que, como las tierra gallega y vasca, abona sus libros con elementos que, pese a la distancia geográfica entre ellos, se identifican de una misma manera a partir de la relación con la naturaleza, el ámbito rural, la oralidad y la educación como esa savia que renovar en sus diferentes textos.

Algunos de sus escritos se han agrupado en sendos libros editados por la pontevedresa Kalandraka bajo su nueva colección de estirpe lorquiana, Cuatro lunas, y que fueron presentados en la librería Alberti de Madrid la pasada semana en una especie de cita atávica en el interior de esa caverna literaria que el editor Xosé Ballesteros metaforizó con la sala Olimpia de París, en su papel de resistencia y animación cultural.

En su interior, rodeados de numerosos espectadores y de libros que los flanqueaban expectantes ante los recién llegados, ambos escritores hicieron gala de su potencial comunicativo, de una forma de narrar, de contar, que emerge de la noche de los tiempos, de palabras que se mueven entre las sombras de un fuego que se proyecta sobre la pared en un hogar al amparo del exterior. Lo que queda fuera de Manuel Rivas y Exteriores del paraíso de  Bernardo Atxaga caminan juntos en una reivindicación vital que hace de las palabras una suerte de insectos que desde su vigor permiten que el resto del mundo funcione de una manera mejor, aunque haya semanas y actitudes de un ser cada vez menos humano en que estamos obligados a dudarlo. Esa entomología de las palabras es la que habla de la importancia de nombrar las cosas, de identificarlas desde esa boca de la literatura que, como escribe Manuel Rivas, es "el lugar donde se ventila la vida". Son palabras cargadas de significados, de aristas afiladas que penetran en la realidad ampliando sus horizontes y, al tiempo, nuestra mirada, tantas veces enfocada hacia un mismo plano de una realidad condicionada por numerosos y perversos intereses de todo tipo.

Lo que queda fuera es la traducción al castellano del libro de poemas O que fica fóra, que publicó Apiario en Galicia, recibiendo el Premio Follas Novas a mejor libro de poesía y libro mejor editado, así como el Premio de la Crítica, pero aquí aparece ampliado con varios textos, tres poemas, un ensayo y un manifiesto que se conducen hacia la alarma, hacia la llamada de atención frente a un mundo cada vez más a la deriva con una naturaleza ajusticiada por nuestra insolencia y la presuntuosa relación que mantenemos con ella. "La poesía es el primer y último faro", escribe Manuel Rivas ante ese horizonte de la extinción. Esa poesía es la que también nos ofrece Bernardo Atxaga en un libro en movimiento, un agrupamiento de textos que recuperan lecturas realizadas en diferentes prisiones francesas a las que hubo que llegar a través de distintos itinerarios, conversaciones y pensamientos que llevaron a observar, a contextualizar una realidad que nos rodea y que se fosiliza al acceder a esos recintos en los que será la poesía la que promueva ese nuevo horizonte.

Tanto Manuel Rivas como Bernardo Atxaga en la presentación de estos libros, que se pudo seguir a través de la transmisión en directo con que la librería Alberti permite a los lectores asomarnos a sus presentaciones literarias, siempre interesantes, siempre necesarias, hicieron gala de esa simbiosis narrativa y vital que ambos evidencian en sus reconocidas y alabadas trayectorias y que ahora han reunido, tanto Kalandraka, con estas ediciones, como el Ministerio de Cultura, integrándolos en el programa Afinidades electivas que les llevó hasta la madrileña librería, acercando esas dos orillas de España hasta su mismo centro. Una bandera insurgente que hace de la palabra altavoz al tiempo que se acciona ese faro que ilumina las zonas de sombra, una complicidad en la que el humor surgido de lo popular o el respeto al potencial de la naturaleza como elemento regenerador, debería convocarnos a todos ante una nueva sensibilidad, una nueva cercanía que esta literatura rebelde y codiciosa plantea como un mapa frente al desasosiego.

Es cierto que cada uno de estos libros funciona como una especie de mapa, como la sinaléctica necesaria para seguir el brillo de las luciérnagas, entendido ya como la última esperanza a la que agarrarse o los sonidos de una naturaleza que cada vez más intensifica su mayday, una llamada de socorro rebotando entre nuestras mentes indolentes frente al cataclismo que se avecina de una manera cada vez más intensa. Y sobre él las palabras, como insectos tan bulliciosos como caprichosos en sus movimientos, en su capacidad para detectar antes que ningún otro organismo la llegada del mal. La disminución de variedades de abejas, escarabajos, luciérnagas... es el gran indicio de la emergencia a la que deberíamos atender y a la que las palabras ofrecen una especie de salvoconducto necesario para agitarnos, para que la poesía o la prosa rocen nuestra alma esperando una respuesta.

Manuel Rivas, Bernardo Atxaga o la propia Kalandraka, con la publicación de este tipo de libros, se convierten en activistas comprometidos con aquella "Noche de cuatro lunas y un sólo árbol" que Lorca hizo horizonte, un horizonte donde sigue siendo necesaria la entomología de las palabras.

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