Blog

La pintura de un padre

Comisariada por su hijo, el escritor Marcos Giralt Torrente, la exposición de Juan Giralt en el MARCO, es un fascinante recorrido por una pintura libre y desafiante con la propia pintura

Me muevo entre los cuadros de la exposición que el MARCO de Vigo le dedica al pintor Juan Giralt rodeado por los ecos del recuerdo de la lectura del libro que su hijo, Marcos Giralt Torrente, nieto de nuestro Gonzalo Torrente Ballester, escribió bajo el título de Tiempo de vida, armando un relato lleno de estremecimientos sobre una relación que se inscribía en la tensión entre padre e hijo, entre dos caracteres forjados en la creación y que cuando se observan estos cuadros entendemos que se ha cerrado un círculo entre ambos a través de aquello que más se ama, la pintura y la escritura.

Al libro, editado por Anagrama y merecedor en el año 2011 del Premio Nacional de Narrativa, vuelvo días después de salir de la exposición, necesitado de completar los intersticios de esos cuadros, las fracturas temporales que marcan cada una de las etapas que en la exposición permiten entender de manera diáfana cual es la evolución, los motivos y los intereses plásticos en cada momento determinado, que en los cuadros son acción, pero que en la vida responden a muchas otras realidades. Y lo hago completamente abrumado por una pintura que conocía en su superficie, pero que esta muestra, que supera a la que le dedicó el Museo Reina Sofía a Juan Giralt en el año 2015, ocho años después de su muerte, permite una profunda inmersión en los sucesivos instantes de un creador que define su pintura desde la permanente experimentación, la destilación de diferentes corrientes y estéticas que atravesaron su tiempo y que él fue capaz de domesticar y amalgamar en su propia percepción de la obra de arte, hasta desembocar en esa etapa final, absolutamente maravillosa, con la que se cierra la exposición y que es todo un compendio de lo que supone la buena pintura, que es riesgo y conquista, o en palabras del propio pintor, recuperadas en el libro de su hijo: "hacer y vivir". Hacer como verbo físico, como el proceso manual del artista a la hora de medirse con la superficie y con la materia; y vivir, porque un cuadro sin vida es un desierto, un erial en el que es imposible moverse, ni el pintor ni el espectador. Por eso los cuadros de Juan Giralt son auténticos contenedores de hechos y de vida, de las diferentes propuestas plásticas, de la acumulación de experiencias y de vivencias que confluyen en unas superficies en las que vemos gestualidad, palabras, símbolos, paisajes, fricciones, mensajes, materia, pinceladas, collages, en definitiva, todo un rastro vital.

'Kiki' (2005-2006), es una de las obras expuestas en la muestra del MARCO. JACINTO BARALLOBRE
'Kiki' (2005-2006), es una de las obras expuestas en la muestra del MARCO. JACINTO BARALLOBRE

En una época, la de la segunda mitad del siglo XX, en la que el arte en España se movía entre el adocenamiento y la rebelión, hubo una serie de creadores que adoptaron, desde lo complejo de su acción, un papel individual, esto es, confiar de manera desaforada en su labor, a lo que fiaron prácticamente toda su existencia. Juan Giralt, en ese ecosistema de escasez de galerías de arte, de museos en la indefinición, de una crítica siempre bajo lupa, de oscuros intereses, alentó su propia trayectoria entre no pocas dificultades, exigencias personales y continuos reveses que sólo el paso de los años, con exposiciones como la que nos ocupa y nuevos acercamientos y análisis de su obra, permiten situar en su auténtica magnitud.

Y entre ese hacer y vivir un hijo. Una mirada que fue evolucionando a lo largo de las décadas y que ahora, viéndolo frente a todos esos cuadros en una compleja labor de comisariado, por la singular implicación, no hace más que empujarme de nuevo a las páginas de ese libro, a esa muda de piel que también lo fue de miradas hacia el progenitor, de comprensión de situaciones, y de aplacar no pocos demonios. Una relación entre armisticios y desconfianzas, donde el mundo del pintor y el mundo del escritor colisionaban como dos planetas de orgullo y personalidad. Leído de nuevo doce años después, con la mirada efervescente tras observar estos lienzos, todo cobra una nueva dimensión, y los engranajes que de manera tan compleja se movían en un principio semejan ahora mucho mejor engrasados, al fin y al cabo, y como Marcos Giralt Torrente escribe en una de esas páginas llenas de pensamientos y frases a subrayar: "Nuestra oscuridad es parecida, pero la luz nos viene de lugares diversos". A esos lugares nos lleva esta exposición y ese libro, dos luces de la creación en nuestro país que en este caso comparten un apellido, pero sobre todo la complicidad de armar una luz común y deslumbrante.

Comentarios