Blog

Preferiría no hacerlo

undefined
photo_camera Interior de la pontevedresa librería paz. GONZALO GARCÍA

Se agotan los días de este ya envejecido año 2023 y desde hace varias semanas nos acosan con listados y listados sobre los mejores libros de estos doce meses, algo que se ha convertido en una especie de tradición que, como tantas otras relacionadas con el submundo de la Navidad, cada vez se vuelve más agotadora, con escaso sentido y yo, sinceramente, preferiría no hacerlo.

Medios de comunicación y redes sociales se saturan estos días con listas de libros que quien los firma asevera son los mejores textos del año y que no pasan de una docena de títulos por cabeza. Así, con esa capacidad de síntesis. Este tipo de apretujones literarios me recuerdan a aquel niño que en la playa intentaba meter todo el agua del mar en un pequeño agujero que había hecho en la arena y que tras encontrarse a San Agustín intenta explicarle que más difícil es que él trate de comprender el misterio de la Trinidad. Pues en esas estamos con esto de las listas de libros, bajo la absoluta incapacidad para condensar todo un año literario ante el que nuestra limitada capacidad humana de lectura sólo nos puede llevar a leer un porcentaje ínfimo en relación a la abrumadora edición de títulos que se publican en nuestro país, de ahí que cientos y cientos de libros, absolutamente maravillosos y recomendables, quedan fuera de nuestras posibilidades de lectura. Cuestión ante la cual no debemos asumir la pretenciosidad de transmitir que nuestra visión es tan amplia sobre lo publicado y escrito a lo largo del año, como para ser capaces de proponer todo un canon de lectura. Así que yo, preferiría no hacerlo.

También debemos valorar que cada vez que nos decidimos por la lectura de un libro partimos ya de una decisión previa, la de optar por un autor cómplice del que sabemos que en el interior de su propuesta encontraremos uno de esos refugios que sólo la literatura es capaz de ofrecer, con lo cual nos volvemos a encontrar otro límite a superar que condiciona nuestras opiniones. Sumémosles el cómo las grandes editoriales copan buena parte de lo que se sitúa ante nuestros ojos lectores. Envíos de libros a medios de comunicación, masivas campañas de publicidad, privilegiadas ubicaciones en las grandes cadenas comerciales... en definitiva, una atmósfera que aplasta muchos libros magníficos, que parten de la modestia de sus autores y editores, pero que merecerían formar parte de esos listados y yo, por todo esto, preferiría no hacerlo.

La concesión del Premio Nobel de Literatura este año al casi en estas latitudes ignoto noruego Jon Fosse se convierte en una nueva lección de estos galardones sobre todo aquello que se nos puede escapar a la hora de valorar el orbe literario. Un autor absolutamente desconocido y que, tras recibir ese mediático reconocimiento, descubrimos en su lectura a un magnífico escritor del que a saber cuantos libros a lo largo de estos años merecerían formar parte de esas listas y que por su desconocimiento nunca lo han hecho. Y como él tantos y tantos autores en todo el mundo, muchos, como este caso, que manejan lenguas minoritarias, y con escaso poder de adentrarse en sistemas literarios diferentes al suyo, pero cuya escritura es formidable, con lo cual, yo, preferiría no hacerlo.

Siempre digo que los libros eligen cuando llega su lectura. Muchos de ellos nos llevan acompañando desde hace tiempo, agazapados en un rincón, sobre una mesa o bajo una columna de congéneres, a la espera de un turno que no tiene porque coincidir con el de su año de publicación, de ahí que ligar lo leído durante un año a una fecha de publicación no necesariamente nos va a definir los mejores libros que hemos leído a lo largo del curso, recientes ejemplos serían, Montevideo de Vila-Matas, Obra maestra de Juan Tallón y Ninguén queda de Brais Lamela, editados el pasado año pero que han elegido este año para que fuesen leídos, con lo cual, yo, preferiría no hacerlo.

Algo similar ocurre con títulos clásicos a los que deberíamos regresar en no pocas ocasiones a lo largo de nuestra vida, libros atemporales, inagotables en sus posibilidades para el lector, y que desde nuestras estanterías escrutan silentes nuestros movimientos reclamando una nueva oportunidad que, cuando se la ofreces, piensas en cómo a la hora de hacer una lista de lo mejor que he leído a lo largo del año no voy a incluir Mientras agonizo de Faulkner, El libro del desasosiego de Pessoa o Poeta en Nueva York de García Lorca, o sea, que yo, preferiría no hacerlo.

De lo que sí deberían hablar esas listas es de los que podríamos definir como libros gozosos, libros con los que has disfrutado desde el talento, la emoción o el riesgo asumido por sus autores, separándolos de ese frío etiquetaje de "los mejores libros del año" o "los libros del año", como si más allá de ese caprichoso cenáculo se agotase la literatura. Lo realmente cierto es que las mejores listas son las que les pueden ofrecer sus libreros, las que el boca a boca de otros lectores les hacen llegar, las que se trabajan en clubes de lectura o las que de una manera más detenida, bajo un razonado comentario de opinión, les ofrecemos cada semana en medios como este. En definitiva que, desde el respeto máximo a mis superiores y siguiendo a ese sí que recomendadísimo libro de Melville, Bartleby, el escribiente: Preferiría no hacerlo.

Comentarios