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Ramonismo

Ramón Mª del Valle-Inclán y Ramón Gómez de la Serna se aúnan, de manera asombrosa, bajo la interpretación de Pedro Casablanc,  obra con la que se abrió el II Festival de Teatro Valle-Inclán
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photo_camera Pedro Casablanc. DP

DOS Ramones, dos. Dos cráneos privilegiados. Dos interpretaciones de una España que se retiraba las orejeras de un siglo agonizante para contemplar un nuevo tiempo del que ambos fueron proa. Ramón Mª del Valle-Inclán y Ramón Gómez de la Serna formaron una dualidad genial que hizo de aquel Madrid castizo, de mollejas y botillerías, como la de Pombo, donde Ramón Gómez de la Serna instaló su corte, un glorioso momento para definir el alma de un país siempre jodido de calibrar.

Si el de las luengas barbas no dudó en ir rasgando con su filo verbal las costuras de la villa y corte, y de hacer progresivamente de su obra un callejón del esperpento donde mostrarnos los espejos en los que reflejarnos, para nuestra desgracia; el capitán de las greguerías, desde su monóculo sin cristal, observó de manera siempre vitalista, con el humor como el mejor gestor de la realidad, una existencia humana que debía tender de manera inexorable hacia lo nuevo, hacia una creatividad que revolotease como mariposas sobre las aceras de la ciudad y entre las mesas de los cafés, expandiendo colores con sus alas, pero, sobre todo, generando una dinámica vanguardista del arte.

Gómez de la Serna retrató a Valle-Inclán, como "la mejor máscara a pie que cruzaba la calle de Alcalá", y desde la admiración al personaje, y el aprecio a la persona, escribió una de esas biografías imperdibles en nuestra historia, tanto por el biografiado como por el biógrafo, y por esa conjunción de dos siluetas apasionantes, extravagantes, pero que sin duda fueron de las más interesantes de aquella bohemia madrileña, náufraga entre miserias, corralas y dislates noctámbulos. Escrita en Buenos Aires en 1944, sólo ocho años después de la muerte compostelana de Valle-Inclán, y cuando todavía parecían oírse sus arengas desde el foso de Boisaca, Ramón Gómez de la Serna sujeta ese monóculo sin cristal para observar a quien a buen seguro admiraba por su descaro, talento y unicidad. Un texto que, como prácticamente todos los del rey de Pombo, no pierde un ápice de modernidad, quizás porque cuando escribía lo hacía con varias décadas de adelanto sobre el resto de sus coetáneos, muchos de los cuales pusieron los pies sobre sus huellas, como aquella Otra Generación del 27, que enhebró desde el humor la esperanza de un país que se deshilachaba de manera irremisible a base de bombazos y sangre.

Ese texto ha caído en las manos del actor Pedro Casablanc, bajo la dirección de Xavier Albertí y con la producción del Teatro Español, y lo que ha salido de ahí es un gran acto memorable. Una obra de teatro en la que la palabra ejerce su magisterio como transportín para que el ilusionista nos convoque en el Retiro madrileño, como tantas veces hizo, entre el cloquear gallináceo, y el dislate que buscaba voltear la realidad. El pasado lunes, convocados por la muy meritoria Asociación de Amigos de Valle-Inclán, Pedro Casablanc, Gómez de la Serna y Valle-Inclán, surgieron de la oscuridad del escenario para llenar de luz la apertura del Festival de Teatro Valle-Inclán en su segunda edición y del que todavía hoy y mañana tendrán funciones de las que poder disfrutar en la villa natal del autor de las Sonatas. Una semana antológica en cuanto a poner en el centro de atención al creador del esperpento y que a través del monólogo de Pedro Casablanc no podía tener un mejor inicio, con una obra que fue alabada y largamente aplaudida en ese Madrid que parece querer últimamente convocar de nuevo aquellos espejos cóncavos para observar «el sentido trágico de la vida española». Hasta ellos nos lleva el actor, únicamente acompañado por el piano de Mario Molina, como parte de un itinerario vital que nos muestra su nacimiento, el inicio en la escritura, la llegada a Madrid, su amor con Josefina Blanco, sus enfrentamientos con escritores, agentes de la ley, políticos y un larguísimo etcétera, hasta su desenlace final.

Toda una epopeya que afronta Pedro Casablanc de manera portentosa, haciéndonos pasar a través de ese monóculo para observar la vida como la veía Gómez de la Serna, conjurando un doble Ramonismo absolutamente fascinante de palabras, canciones, poesías, sonidos y luces que se hunden en otra época en la invocación de aquellos dos espíritus descreídos de una condición humana que solo podían soportar a través de sus obras y de unos pocos más. Goya y Solana pintaron un decorado que ambos habitaron con la invocación de personas e historias que no fueron más que la mascarada de un tiempo, de unas décadas en las que todo era posible desde el ingenio y la subversión. Ahora son ellos dos, con su personalidad arrolladora, sus estéticas e independencias, los que se convocan como dos espectros todavía muy reales.

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