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Ruedas y flores

El mes de abril es el mes de las Clásicas de primavera que en el ciclismo se convierten en citas especiales con la épica y la dureza de este deporte
El pelotón ciclista en fila sobre unos de los tramos del famoso pavés de la París-Roubaix. TERESA SUÁREZ (EFE)
photo_camera El pelotón ciclista en fila sobre unos de los tramos del famoso pavés de la París-Roubaix. TERESA SUÁREZ (EFE)

CUANDO se agigantan los días y el paisaje muda de la resistencia invernal a la colorida efervescencia de la primavera, los aficionados al ciclismo ponemos la orejas en punta sabedores de que llega el momento de vivir una sucesión de carreras en las que este deporte es capaz de ofrecer una de sus caras más impresionantes, en las que la historia y la épica se intensifican a lo largo de unos recorridos fascinantes entre la pasión de los aficionados y la demostración de que el ciclista es uno de los grandes activos del mundo del deporte.

Es el tiempo de las Clásicas, de esas carreras que salpican el norte de Europa, con el permiso de la Milán-San Remo, la primera que se disputa y uno de los cinco monumentos. Sí, monumentos, porque ciertamente cada una de estas carreras es un monumento al deporte en el que todos los participantes, desde el primero, que este año parece que lleva grabado en piedra el nombre de Van der Poel, hasta ese corredor que entró en el velódromo de Roubaix fuera de control, con las gradas ya vacías y cuarenta y ocho minutos después de la llegada del ganador, y cuyo nombre es Cyrus Monk, son auténticos héroes. Ciclistas que no regatean el más mínimo esfuerzo en distancias superiores a los 250 kilómetros en una sola jornada, con unas increíbles medias de velocidad y sobre superficies de asfalto, pavés o ese lodo que todavía une el invierno con la primavera en una competición que lo es más de cada uno de los corredores con sí mismos que con sus rivales de los diferentes equipos del pelotón.

Acostumbrados como estamos en España a seguir con gran interés las grandes Vueltas de varias semanas de duración, asistir durante estos días a estas carreras de una jornada y con la extraordinaria competencia que estamos viviendo actualmente en este deporte, en el que nunca han coincidido tantos ciclistas de una calidad tan grande, es un auténtico espectáculo, y así es cómo este abril nos está dejando momentos inolvidables en las dos carreras disputadas, dos de esos cinco monumentos, como son el Tour de Flandes y el pasado domingo la París-Roubaix, el conocido como «infierno del norte». En ambas venció el belga Mathieu Van der Poel, nieto del mítico ciclista de los tiempos de Jacques Anquetil, Raymond Poulidor, y al que está vengando su fama de «segundón», con un rosario de victorias, cada una de ellas más asombrosa que la anterior, ya que si la victoria en Flandes fue espectacular, para lo vivido sobre los terroríficos adoquines de la París-Roubaix no existen palabras por cómo logró una demoledora victoria plena de fuerza y marcando unos asombrosos tiempos, arriesgando para ello incluso cuando muchos kilómetros antes de la línea de meta ya se sabía ganador.

Ahora nos relamemos ante lo que queda de este mes mágico para el ciclismo, ya que nos adentramos desde mañana en el Tríptico de las Ardenas, sí, suena a escaramuza de la Segunda Guerra Mundial y en realidad hay mucho de eso. Batallas, sufrimiento, dolor y gloria, aunque esta vez sobre una bicicleta y a través de unos paisajes llenos de legendarios escenarios del ciclismo y de la historia de la propia Europa. Tres carreras que se disputan en una misma semana, eso sí, con distancias bastante inferiores (las dos primeras) a las dos ya disputadas, pero con recorridos muy complicados, como el que tendrá lugar mañana con la Amstel Gold Race en la holandesa Valkenburg; o el próximo miércoles con la Flecha Valona y su mítico final en el muro de Huy, rematando el domingo con otro de esos cinco monumentos (queda para el otoño de las hojas muertas, el siempre descolgado de la primavera Giro de Lombardía), la Lieja-Bastogne-Lieja y su sube y baja por las colinas de las Ardenas durante 254 kilómetros en una carrera que se disputa desde 1892 y que la convierte en la más antigua de esta estirpe clasicómana.

Llegan, por lo tanto, días de ruedas y flores, días de crujir de dientes, de lamentos y esfuerzos brutales sobre la bicicleta, pero también de un espectáculo supremo para los aficionados a la altura de los más grandes de cualquier deporte profesional, pero en el que como en pocos, permite combinar el esfuerzo y la competición, con unos entornos fascinantes a lo largo de una naturaleza que en estos momentos se encuentra en plena ebullición, ofreciéndonos unos paisajes imposibles de encontrar en cualquier otra época del año. Por esas carreteras, entre campos y bosques, o cruzando idílicas poblaciones, el colorido cortejo del ciclismo actual deberá recuperar a varios de sus gallos, a los líderes que con diferentes secuelas provocadas por caídas y golpes, como los Van Aert, Pogacar, Roglic, Vingegaard o Evenepoel, los tres últimos tras el múltiple accidente en la Itzulia vasca y cuyas consecuencias para el resto de la temporada están por calibrar. Súmenle a esos nombres los del arcoiris Van der Poel y tendrán el grupo de ciclistas de mayor calidad que coinciden juntos en un mismo tiempo en la historia del ciclismo, lo que se traduce en un espectáculo permanente en cada carrera en la que participan, marcado por una competencia extrema y por un deseo de gloria para ser el ‘primus inter pares’ como no se ha conocido antes en un deporte que es historia y leyenda, siendo muchas de esas historias y leyendas las que se forjan en las Clásicas de primavera.

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