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Buscando la catarsis

‘Amor y morriña’ es un relato repleto de humanidad y de unas exultantes ganas por aferrarse a lo significa la vida
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La vida baraja y reparte sus cartas y con ellas tenemos que conducirnos por la vida. Y es que vida es lo que supura este texto, otro magnífico libro de Theodor Kallifatides, autor de origen griego que vive en Suecia desde los años sesenta, titulado Amor y morriña, y en el que nos encontramos con la historia de Christo quien, en 1966 y con veinticinco años es becado por una universidad en Estocolmo para desenvolver estudios de historia de las ideas, dejando atrás su Atenas natal. En ese marco Theodor Kallifatides desenvuelve un relato cargado de humanidad en el que la vida de un emigrante, el siempre complejo cruce de dos idiomas o los trabajos precarios contextualizan una existencia que si por algo se va a ver volteada finalmente es por el amor, por enamorarse de una mujer casada, algo que marcará los días que aquí se nos cuentan.

En todos lo libros de Theodor Kallifatides, presentados en España de la mano de la Editorial Galaxia Gutenberg, subyace siempre ese carácter del emigrante, del vínculo roto con la familia, del anclaje con una tierra y un sustrato íntimo que, en el caso de alguien procedente de Grecia, se ve alimentado por una serie de singularidades procedentes de sus distintivos culturales y de pensamiento, que marcan cada uno de los movimientos que el propio autor da en su vida. Sucede lo mismo con la elección de los argumentos en los que teje unas historias presentadas al lector de una manera natural, sin abrumadores artificios literarios que compliquen la lectura y en los que la vida transcurre no solo entre geografías distantes, sino también entre tiempos y sensibilidades, que crean una corriente como la de aquel río del mito, siempre el mismo, cuando siempre era diferente.

No es casual que Christo decida centrar su tesis en la obra de Aristóteles, en la explicación de ese proceso de catarsis por él enunciado y que está muy presente en la vida de todos nosotros, aunque no lo relacionemos con el filósofo heleno, o que cada noche lea un poema de Kavafis, otro errante en el mundo capaz, con su poesía, de descifrar el alma humana entre caricias y vientos que empujan a la navegación con ese deseo permanente que consiste en pedir que el viaje sea largo para hacer de la existencia un aprendizaje permanente y un acúmulo de experiencias. Todas esas experiencias son, como faros en la costa, las que señalan el itinerario del protagonista de Amor y morriña, en un libro claramente de formación de la persona que se desenvuelve en un contexto ajeno al suyo, y en el que se mezcla todo lo que surge en la vida de aprendizaje, de deslumbramiento ante, sobre todo, la relación con diferentes personas, pero también de formar una personalidad frente a los reveses que la vida nos obliga a sortear como parte de la travesía que, convendría no separar, conociendo la vida del propio Theodor Kallifatides, de su propia experiencia vital, pero que sería, al mismo tiempo la de tantos emigrantes que, desde tiempos inmemoriales y hasta hoy mismo, buscan un nuevo horizonte para desarrollar su camino.

Es, por lo tanto, este libro un canto vital, donde tanto lo carnal como la razón, es decir, lo intelectual, se van entremezclando como los dos grandes vectores de una vida que intenta ser plena. Lo carnal a través de la relación de amor con esa mujer, pero también otras relaciones de amistad, de parejas, de engaños o de deseos que todo lo modifican; y lo intelectual, con esa presencia de la cultura griega en un libro lleno de refranes procedentes de su tierra, de referencias a unos dioses del Olimpo que parecen seguir jugueteando con nuestras vidas tantos siglos después, del valor de las palabras y su importancia en nuestras vidas. 'El ser humano nunca está solo. Está en su cultura', llega a escribir Theodor Kallifatides en una de esas frases que te provocan un escalofrío y que uno recortaría de su libro y, junto a los poemas de Kavafis, se tatuaría en la piel. Les dejo otra: 'Lo imposible también tiene que existir', y otra: 'Vivir sin tu lengua sería una pena constante'. Todo ellos elementos que firmaría cualquier joven que se dedica a descubrir la vida desde la escritura pero, en este caso, esta novela está escrita por quien tiene más de ochenta años, en lo que se vuelve un fascinante ejercicio de rebeldía frente al destino. Un pulso que no entiende de pesadas piedras que ruedan montaña abajo cuando llegas a la cima y que lo único que intenta es explicar cómo la vida es una tragicomedia de la que somos protagonistas a la búsqueda de una explicación, a la búsqueda de la catarsis.

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