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Casa en llamas

La luz difícil nos adentra en las horas finales de un hijo y cómo estas se viven desde la distancia de la casa familiar
Tomás gonzález (Camilo Rozo)
photo_camera El escritor colombiano Tomás González. FOTO CAMILO ROZO

NO ES sencillo encontrar luz cuando la vida se empeña en rodearse de oscuridad. Envolviéndonos en ese denso manto que conlleva la pérdida y la despedida de un ser tan querido como lo puede ser un hijo. Tomás González, (Medellín, 1950), nos propone en La luz difícil, editorial Sexto piso, justamente eso, reflejar en las sensaciones de un padre de qué manera esa luz puede asomar entre la asfixiante negrura de esa atmósfera desde el amor a los demás o a partir de la experiencia artística.

David, un pintor de origen colombiano, recuerda veinte años después las jornadas vividas desde el accidente que dejó asolado por el dolor a su hijo, hasta su muerte voluntaria, una tensa espera que tiene lugar en un apartamento de Nueva York y que ahora se revive tras el regreso a su país de origen. Todo ello Tomás González es capaz de armarlo desde una aparente cotidianidad y desde una escritura que acompaña para sentir lo que piensa ese hombre que, al tiempo que se acerca la muerte, no deja de realizar un permanente canto a la vida, compartido con aquellas personas que quieres, también con las que atraviesas ese tiempo precioso con que la existencia nos hace su regalo maravilloso, aunque este puede convertirse en un doloroso tránsito. Todo ello se pone en paralelo con su mirada creativa, con la voluntad de hacer de la pintura una manera de expresión y de liberación de una angustia que se puede condensar en pintar la espuma del mar. Pinceladas que son como palabras, medios de comunicación con los demás y una manera de tocar el infinito, como puede ser una luz, esa luz difícil de materializar sobre una superficie plástica, o de encontrar entre los golpes de una vida para armar una esperanza en un relato llamado a definir la despedida y el adiós a quien tanto ha dado y forma parte de uno mismo.

Portada de La luz difícil

Al tiempo que ese hecho está ahí, y mientras las horas pasan entre tranquilizantes y horas de vigilia, a su alrededor los diferentes personajes que comparten la vida con David, su esposa, sus otros dos hijos o los asistentes del hogar, tejen toda una malla de afectos surgidos de la convivencia, de las confidencias y relaciones que estos mantienen con otras personas, y que el pintor observa armado de su paleta de colores y palabras para encontrar ese hálito de vida que permita soportar la derrota. David mira a los demás pero su vista cada vez es más frágil, cada vez lo va alejando de esa realidad que cada vez necesita en mayor medida del tiempo que también lo expulsa de los territorios de la pintura o la escritura, en los que encontraba ese efecto balsámico que solo la creación artística es quien de procurar. La ceguera se aproxima al tiempo que lo que se procura es conservar en el interior esa luz que permita resistir. Para ello también son muy necesarias las complicidades entre todos los miembros del clan, las caricias, los abrazos, los sacrificios, las confianzas, las conversaciones, los consejos... pero también las miradas al exterior, cómo se observa la realidad que tanto en Nueva York, como en un pueblo del centro de Colombia, funcionan como paréntesis ante lo que sucede en esa casa en llamas donde todo parece tambalearse a la espera de la confirmación de que se ha producido esa muerte que es un poco la de todos los protagonistas del libro.

Tomás González nos ofrece una novela extraordinaria que, pese a su aparente fragilidad, por su tono apacible y por sus tintes poéticos, se convierte en un férreo asidero desde el que intentar entender todo lo que puede significar padecer una situación de esa entidad. La luz difícil también hace de la memoria una emoción que, ante la inminencia de la muerte, o quizás por ello, lo que se dedica es a exaltar la vida, a celebrarla, a calibrar toda esas aportaciones que sin grandes necesidades sí que precisan del amor para sostenerse y sostener a quien intenta mimetizar el reflejo de la luz en el agua, un instante tan fugaz como eterno, tan complejo como necesario para tener ante nosotros la última de las explicaciones, la que no soluciona nada, pero sí la que permite seguir en pie.


"La verdad no existe, además, y el mundo es sólo música", es una de las muchas frases que Tomás González hace emerger de las profundidades del alma para intentar pintar la vida, para sumar esa espuma que le de sentido.

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