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Cruzar la noche

Desgracia el nuevo libro de poemas de Fernando Valverde hace de la palabra y el verso el farol que portar en la oscuridad
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HABITAR los poemas de Fernando Valverde (Granada, 1980), se convierte siempre en una experiencia arrebatadora. Un conducirse íntimo por los estados del alma y la conexión desde la palabra con la emoción de traducir nuestra existencia verso a verso.

Desgracia editado por Visor, como lo fue el imprescindible volumen que reúne su poesía entre 1997 y 2017, Poesía, sigue mostrándonos una de las miradas poéticas más intensas y comprometidas de nuestras letras. Intensa por que su poesía no ceja en el empeño en observar la vida, en medir sus luces y sus sombras, estableciendo desde la palabra las categorías de ese eterno duelo y, comprometida, por lo que tiene de honrar esa mirada a través de no sucumbir  en análisis y senderos más sencillos para el lector que harían de su simpleza un fracaso. Desgracia es un dolor permanente, una vida que quema y hace de nosotros combustión.

Como Dante que miró hacia el fondo de la noche, Fernando Valverde, en un ejercicio de honestidad poética y personal, cruza la noche para legitimar esa palabra, Desgracia, como una parte más de nuestra identidad, como un acto de resistencia frente a una sociedad que solo se siente plena desde la felicidad, desde la alegría y la sonrisa líquida. Como si la pena, el dolor, la muerte o la oscuridad, que tantas veces nos envuelve, no formasen parte de nosotros, siendo, además, imprescindible para explicarnos.

Es ahí, en ese itinerario entre las sombras, atravesando un mundo que se deshace, donde aparece Fernando Valverde portando un farol, una tea de luz que hace del poema y de la palabra, una esperanza que no pocas veces cede y tiembla ante lúgubres vientos. Vértigos, alturas, la resistencia de la belleza, el tiempo que se consume, la fragilidad de la memoria, la soledad y la imposible intuición de un final, nos van dando las claves de este hatillo de poemas valientes por mirar a los ojos allí donde pocos quieren mirar, pero donde encuentra la compañía de tantos como él: Dante, Byron, José Hierro, Ángel Valente y, por supuesto, su admirado Raúl Zurita, otro habitual del Gólgota poético a dónde todo poeta debe subir para mirar a sus pies, para observar a un ser humano, hijo de la estirpe de Caín, el de la mano teñida de rojo,  el fundador de la tristeza que, como una plaga bíblica, desde sus tiempos nos rodea como una serpiente.

En esa genealogía de la Desgracia se adentra el poeta granadino para hacer frente al olvido, quizás lo máximo a lo que pueda aspirar cualquier poeta, a contar "todo cuanto olvido". Ese hecho de contar es el que ilumina en la noche, el que convierte los ojos en útiles, tantas veces inútiles. Y son, precisamente esos ojos los que se abren, por fin, llegando al remate de este rosario de versos que alcanzan "el borde desnudo de la sombra", para, desde allí, someternos de nuevo a la oscuridad, esa que evitamos como colectivo, esa que tememos como individuos, pero esa que todos somos en algún momento y que Fernando Valverde convierte en una noche que atravesar entre un silencio solo roto por las palabras.

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