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Albert Rivera, el sorprendido

Albert Rivera. EFE
Albert Rivera. EFE

ALBERT RIVERA llegó a lo más alto de la política casi sin querer, como quien cubre una quiniela con desgana, sin esperanza, y acaba sacando un pleno. Se metió en política por curiosidad y lo hicieron presidente del partido porque era el primero en orden alfabético.

Cuando Cataluña se le hizo corta amplió el territorio, que por probar nada perdía, se comió a UPyD y convirtió a su partido en cuarta fuerza de España, una fuerza decisiva para hacer y deshacer gobiernos.

Está por ver cuánto le pesarán los pucherazos en las primarias de diferentes territorios y los cambios impuestos desde Madrid en las cabezas de lista en muchos otros, pero los augurios no son del todo malos para él. Ocurra lo que ocurra en las dos próximas jornadas electorales, seguirá viviendo de la política durante unos cuantos años. En su partido su hiperliderazgo es incuestionable. Nadie discute entre los suyos que el mérito es suyo. Comenzó como un chaval desnudo que no tenía ni idea de lo que hacía, sacó a la organización del reducto catalán y en pocos años estaba luchando por gobernar España.

Sus devaneos, más bien bandazos ideológicos, no le han pasado mucha factura y le han permitido adaptarse a los huecos que han ido dejando otros. Para hacer todo eso se requiere cierta habilidad. También para dar palos de ciego sin inmutarse. Las encuestas en Galicia le dan hasta dos diputados. No es gran cosa, pero a él este país tampoco le ha preocupado nunca más de la cuenta. Siempre ha pasado por aquí como una exhalación, como si no le gustáramos. Lo mismo les sucede a sus segundos, como Toni Cantó, siempre quejándose de que los gallegos hablemos gallego. No, si le parece vamos a hablar chino mandarín.

Por eso sus candidatos y simpatizantes gallegos andan desanimados, por eso y por los cambios de última hora que descabezaron a muchos de los líderes locales en las principales plazas. A fecha de hoy ni siquiera se ha confirmado la presencia de Rivera en Galicia.

Se ha metido en más de un pantano fangoso del que no es fácil salir. Su empeño por regular la maternidad subrogada y la prostitución, esa cosa a la que llamó feminismo liberal, no fue una buena idea. Tener que dedicar media vida a convencer a las mujeres de algo que rechazan mayoritariamente, eso no ha sido un acierto. Tampoco lo fue la famosa foto en Madrid junto a Casado y Abascal que sirvió para escenificar el pacto andaluz entre derecha y ultraderecha. No ha sabido Albert Rivera rentabilizar como esperaba el retroceso del PP ni los casos de corrupción, y en la moción de censura no estuvo precisamente a la altura. Le faltan reflejos para ver venir las cosas. Es mas de reaccionar que de prevenir.

Pero a pesar de los errores ha ido prosperando y algo habrá aprendido, es un suponer. Su experiencia en la cosa pública es casi cero. Nunca en su vida ha tenido que administrar ni una concejalía de un pueblo de mil habitantes, pero eso tampoco lo han hecho sus adversarios, salvo Pedro Sánchez. Rivera tiene tanto por demostrar que igual algún día nos demuestra algo, lo que sea. Mientras tanto, lucha por vencerse a sí mismo superando sus últimos resultados Albert Rivera. efe y eso puede lograrlo.

Albert Rivera, el sorprendido
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