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Josep Borrell, el prescindible

El ministro de Asuntos Exteriores, Josep Borrell. JAVIER LIZÓN (EFE)
El ministro de Asuntos Exteriores, Josep Borrell. JAVIER LIZÓN (EFE)

TRATE DE RECORDAR usted algo destacable que haya hecho Borrell a lo largo de su dilatada trayectoria política. Cualquier cosa. Haga memoria. El hombre fue ministro, ganó unas primarias del PSOE pero no llegó a presentarse a las elecciones, presidió el Parlamento europeo y durante los últimos meses volvió a ser ministro, así que algo habrá hecho que usted recuerde.

Pues no. Nada de nada. El único superviviente de la época de Felipe González será olvidado pronto el día que se retire porque ha sido siempre un político gris, tristón, sin carisma. Es el tipo de persona a la que nadie elegiría cuando hacen esas encuestas preguntando con quién se iría usted de cañas. A nadie que esté en sus cabales se le pasaría por la cabeza aguantar una hora a Borrell. Sin embargo, encabeza la lista del PSOE a Europa. ¿Por qué? Pues porque a pesar de todo es un superviviente e, imagino, eso se debe en buena medida a su talante acomodaticio. Ejemplo de ello es que haya aceptado un ministerio de un gobierno apoyado por independentistas, cuando él ha sido y seguirá siendo el azote del independentismo.

Borrell se hizo famoso mucho antes de llegar a ministro. Fue en 1987, cuando era un joven Secretario de Estado de Hacienda. Utilizó a Lola Flores como escarmiento a los defraudadores y fue implacable con ella. Nada que ver con el trato versallesco que se da hoy a esos futbolistas que estafan millones y millones. A Lola Flores la condenaron a dos pequeñas penas de prisión y a pagar 28 millones de pesetas, pero el tratamiento mediático que se le dio al tema fue brutal en comparación con un Messi que acapara portadas cuando mete goles, no cuando evade millones. Ni el propio Borrell fue portada cuando hace poco, siendo ya ministro de Sánchez, se supo que había sido multado por la CNMV por cometer una infracción muy grave al vender acciones de Abengoa aprovechando una información privilegiada, obtenida en su condición de consejero de la empresa.

Desde entonces, desde aquella primera etapa de Lola Flores, Josep Borrell se instaló en la discreción y es por ello que nadie recuerda nada que haya hecho él, porque brillar, lo que se dice brillar, no ha brillado hasta hoy en ningún lado. Ése es el otro principal secreto de su supervivencia: el no haber hecho nada demasiado bien y puede que tampoco demasiado mal. Eso en política se ve como una virtud, pues es sabido que en ese mundo los peores enemigos son los del propio equipo y Borrell no tuvo muchos enemigos porque tampoco hacía sombra a nadie. Cuando ganó por poco aquellas primarias contra Almunia, al poco tiempo el PSOE se deshizo de él de un sopapo para presentar al propio Almunia, pero le dejaron seguir por ahí porque tampoco molestaba ni nadie le tenía miedo. A Borrell siempre lo han quitado y lo han metido y él sólo ha tenido que estar para decir sí.

Ahora lo mandan a Bruselas, puede que porque los independentistas le hayan dicho a Sánchez que no lo apoyarán si ven a Borrell por Barcelona o por Madrid. Allí hará lo que ha hecho siempre, cosas que no recordaremos, medio bien hechas por un funcionario que nunca hace nada más que lo que toca para salir del paso y sobrevivir.

Es de profesión ingeniero aeronáutico. Imagíneselo diseñando un avión. El avión volaría, sí, y aterrizaría, pero sería un avión regular: feo, incómodo y seguramente gris. Un avión prescindible, como

Josep Borrell, el prescindible
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