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Pablo Iglesias II

Pablo Iglesias. ZIPI (EFE)
Pablo Iglesias. ZIPI (EFE)

NO RECUERDO que haya habido en los últimos cuarenta años otro que haya dilapidado tanto capital político como Pablo Iglesias, que por llamarse así creyó un día que sería un digno sucesor del original. Fundó Podemos con siete colegas a remolque de los colectivos de Indignados y no mucho después los siete colegas se habían largado. Empezó como un movimiento transversal y asambleario, una de esas cosas raras en plan rollo participativo y acabó como acaban siempre estas cosas, como el rosario de la Aurora, creyéndose el líder un mesías.

En las primeras elecciones a las que se presentó, la silueta de Pablo, así llamado por sus seguidores, era a la vez el logo del partido. Todo era Pablo y los que lo encumbraron acabaron todos y todas desencantados y cruzándose acusaciones de traición.

Están de moda las purgas. Casado acabó en el PP con el marianismo, el sorayismo y el cospedalismo, todo en una semana. Sánchez hizo lo propio con el susanismo e Iglesias fue liquidándolos uno a uno, como esos amigotes que montan un bar y acaban peleándose por ver quién es el que asume la deuda, apaga la luz y cierra la puerta.

Íñigo Errejón le devolvió el cariño con paciencia e inteligencia, aceptando la candidatura a la comunidad de Madrid que le ofrecía Iglesias para entregársela a Carmena.

No creo que nadie le discuta a este hombre su carisma ni su inteligencia, pero para ser Dios uno ha de demostrar que sabe hacer milagros y eso no lo ha demostrado de momento. También habrá de reconocérsele su capacidad de resistencia por el simple hecho de mantenerse vivo teniendo en contra a toda la fontanería de las cloacas falsificando documentos para desacreditarle y pinchándole hasta las cámaras de seguridad de su casa. Cualquiera se hubiera rendido.

No saben los que se meten con él que los que se creen dioses lo creen de verdad y están dispuestos a morir en el intento. Son gente dura y de convicciones sólidas. Él no montó Podemos para que sus compis le hagan sombra ni para que se lo arrebaten cuatro policías locos.

Mientras tanto, sus famosas confluencias lo abandonan como aquellos amigos soñadores que un día creyeron en él. Podemos, que empezó con la cara de Iglesias puede acabar igual pero sin votantes. Pero, eso sí, que nadie le dé por muerto. Los mesías son gente propensa a la resurrección. Creen tanto en sí mismos que luchan más cuanto peor les van las cosas. Por eso sus rivales no deben menospreciarlo, pues aunque nunca ha hecho un milagro sí ha demostrado que es capaz de dar vuelta a situaciones complicadas. Es verdad que eso lo hizo en otros tiempos, cuando tanta gente creyó que el chico de la coleta era uno más de nosotros pero con estudios.

En fin, si todavía le queda algo que enseñar éste es su momento, pues lo mismo salva su carrera política como se mete un leñazo de muerte. No sabemos si tiene un as o varios en la manga pero sí que es un buen estratega y que lo poco que queda de su equipo trabaja con eficacia. Aspira a una vicepresidencia y puede lograrla si no acaba echando del partido a los que todavía quieren votarle.

Pablo Iglesias II
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