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Entre Boney M. y Milli Vanilli

Boney M. EFE
photo_camera Boney M. EFE

Están otra vez de moda los pobres diablos de Milli Vanilli, no sé si los recuerda usted. Formaban un dueto de artistas que vendió millones de discos y consiguió un Grammy en 1990. A mí no me gustaban: eran muy jóvenes para mi edad cuando alcanzaron fama universal y lo que hacían, que era bailar y cantar un rollo medio rapero y medio pop, no me atraía. Yo escuchaba otras cosas. Ahora están otra vez de moda porque está a punto de estrenarse un documental, una serie, una película o algo, que cuenta su historia. Resulta que Rob Pilatus y Fab Morvan, que era como se llamaban los artistas, vendieron millones de discos por el mundo entero, hasta que un buen día se descubrió que sus voces eran de otros, que Rob y Fab bailaban y movían la boca para interpretar temas que no cantaban ellos.

El escándalo fue mayúsculo. Todo el mundo, empezando por mí, los convirtió en un chiste, en unos farsantes, en unas estrellitas que fingían para engañar a sus fans, que eran millones. Confieso que fui uno de los cientos de miles de personas que los tomamos a chufla, que los convertimos en unos estafadores de poca monta y que procedimos a su crucifixión publica y mediática. Rob y Fab fueron masacrados por el público, por la crítica, por sus amigos, por sus mascotas y por sus parejas. La madre de uno de ellos, no recuerdo de cuál de ellos, le pidió que se pusiese otro apellido para que no lo relacionaran con la familia. Quedaron desprestigiados de por vida. Uno de ellos, Rob, Robert Pilatus, tras algún intento de suicidio, falleció en 1998 de sobredosis. No pudo resistir la presión. Su compañero Fab Morvan logró relanzar su vida, que no su carrera artística y ahí anda, viviendo de dar charlas.

Ni Rob ni Fab eran culpables más que de haberse dejado engañar por un productor alemán que actuaba bajo el sobrenombre de Frank Farian, un reincidente. Farian había lanzado en los 80 a Boney M. Si busca usted cualquier vídeo de esta seudobanda no le resultará complicado descubrir que el bailarín negro de Boney M. no cantaba ni media nota de esa banda que vendió 170 millones de discos.

La voz de Bobby Farrel, la estrella de Boney M., nunca grabó ni entonó en directo ni media nota: era el productor, Frank Farian, un alemán pelirrojo, el que grababa las voces que fingía cantar Bobby Farrel, ese que movía la boca para cantar en play back con voz de negro profundo mientras bailaba como un ruso o como un robot.

Sin embargo, descubierta la su perchería de Boney M. sin que a nadie le pareciera una estafa que el vocalista principal no cantara nada de nada, una década después, todos la tomamos con los de Milli Vanilli, dos bailarines y modelos a los que el productor que había engañado al mundo entero con Boney M. les prometió fama y fortuna, ambas cosas con las que los chavales ansiaban, por hacer lo mismo que el tal Bobby Farrel había hecho con Boney M. décadas antes: engañar al público y a los artistas. Pero nadie le había reprochado nunca nada. El cantante de Boney M. era un artista que fingía cantar y a pesar de que la industria perfectamente conocedora del caso nunca había mostrado el menor reproche, cuando surgió lo de Milli Vanilli todos nos lanzamos a crucificarlos por haber hecho exactamente lo mismo que Boney M: fingir que cantaban.

Esto viene a cuento de que a día de hoy estamos rodeados de boneys em y de millivanillis. Y como entonces, tenemos varas de medir. Hay engaños que nos complacen. Seguimos escuchando los hits de Boney M. a sabiendas de que la voz principal no la cantaba el negro bailarín pero seguimos crucificando a los pobres chavales de Milli Vanilli que solamente querían triunfar como modelos y bailarines hasta que el mismo fulano que nos embaucó con Boney M. los convirtió en otra milonga, y les estropeó la vida artística y personal.

Y es un poco la historia de nuestra vida. Vivimos estafas buenas y malas, y lo hacemos conscientemente: si nos estafa Boney M. mola; si lo hace Milli Vanilli, a esos hay que matarlos. Tenemos tantas varas de medir que uno nunca sabe cuál aplicar. Lo vemos a diario, ya no en el panorama musical: en todo, sin medida. Tenemos corruptos buenos y malos, o malos y peores; tenemos estafas en compras de mascarillas que perdonamos dependiendo de las siglas del estafador, o del hermano del estafador, o de la cuñada del estafador. Ya no distinguimos entre malos y malos, porque a la mitad estamos dispuestos a perdonarlos porque el robo lo cometieron los nuestros, y así es como se pudre una sociedad, en el momento en el que distinguimos entre ladrones amigos y ladrones enemigos, como si no fueran todos iguales. Cuando distinguimos entre Boney M. y Milli Vanilli y no sabemos que el que montó una estafa es el mismo que montó la otra, ahí estamos perdidos. Todos los estafadores son malos y normalmente los hilos los mueve el mismo fulano.

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