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Se buscan niños justicieros

Niños yendo al colegio en su primer día de clase. EP
photo_camera Niños yendo al colegio en su primer día de clase. EP

CADA DÍA se hacen virales unos cuantos vídeos que vamos olvidando y más cuando muere una reina de Inglaterra, que se nos resetea la memoria porque es un tema que eclipsa a todos los demás. Hace poco habrá visto usted el que le grabaron a Izan, un niño de 11 años que lleva sufriendo abusos de sus compañeros desde hace 4 años: insultos, burlas, escupitajos y golpes. Eso que ahora se llama bullying porque en cuanto encontramos una palabra en inglés la utilizamos para decir las mismas cosas que en castellano pero más guay.

Izan participaba en uno de esos campamentos urbanos de verano. El día de su cumple fue con toda la ilusión a comprar una tarta para compartir con sus compañeros, acaso esperando una tregua. Toda la clase adaptó la letra del ‘Cumpleaños feliz’ para convertirla en insultos a Izan, al que se le ve solo, llorando mientras los y las compañeras ríen y cantan. No sé dónde estaban profesores, monitores o quienes se encargaran de llevar el campamento, pero nadie detuvo la bochornosa escena. El niño volvió a casa diciendo que no quería vivir.

Ahí eché de menos a un paro, una figura que existía y espero que siga existiendo en coles e institutos de México y que nada tiene que ver con el desempleo. En aquel contexto, un paro era un niño o una niña justiciera. México siempre ha dado grandes justicieros. Pancho Villa, Emiliano Zapata y así. El paro era temido por los abusones, pues tenía todo lo que les faltaba a ellos: no actuaba en grupo, no pretendía liderar nada y no presumía de sus hazañas. Cuatro paros o cinco mantenían a raya toda la chulería de un colegio con 2.000 alumnos.

El último curso que hice en México, entre los 14 y 15 años, me tocó en un colegio nuevo que dirigía un exmarista. El director del colegio anterior les dijo a mis padres que mejor me mandaran ahí, donde los niños díscolos, problemáticos, rebeldes o tontos tenían buena acogida, sobre todo porque el exmarista necesitaba clientela. Así que allá me mandaron. Instituto Centro Unión, se llamaba y creo que se llama. La primera semana fui carne de cañón. Unos matones me robaban, me insultaban, me pegaban. Todo el catálogo. A la segunda se incorporó Jesús Sanmartín Romano. En cuanto me escuchó hablar con mi acento mexicanogallego, como el que todavía conserva la exconselleira Teresa Táboas, se acercó a saludar. Chucho era un asturiano de 15 metros, de ahí el acercamiento. No por la altura, sino por el acento.

Ese mismo día, en el recreo, los niños malos se acercaron como siempre a robarme el dinero que nos daban para comprar alguna lambonada. Al ver la escena, Chucho Sanmartín se acercó y les pidió que depusieran su actitud porque él era mi paro. Yo me alejé cobardemente a una distancia prudencial, que es lo mejor que puede hacer alguien cuando se vislumbra una pelea aunque se libre en su defensa. Ser un paro era toda una responsabilidad. No bastaba con decirlo, había que demostrarlo. El grupo de abusones provocó a mi nuevo e inesperado paro y este, sin mediar más palabra, le partió la cara a uno de ellos de un puñetazo. Luego me hizo señas para que me acercase y preguntó cuánto me habían robado en total: confesaron la cantidad y fueron emplazados al día siguiente, a la misma hora y en el mismo lugar, donde habrían de entregarme el doble de lo sustraído, "por las molestias que le han causado a mi cuate".

Allí nos volvimos a ver. Me entregaron el dinero, Chucho le robó el reloj al líder de los macarrillas y se acabó el asunto. Los paros a su manera eran lobos solitarios, como los héroes de cómic. Los había de varios tipos. Algunos solamente protegían a sus amigos o a su clase, otros reparaban a las bravas cualquier injusticia y a los menos les encantaba la gresca; pero todos rechazaban a los pelotas y mantenían ciertas distancias con la mayoría del alumnado salvo con un círculo íntimo. Eran admirados por mucha gente y temidos por los amantes del abuso. El profesorado, reacio a meterse en líos con los padres de los niños, que la mitad tenían guardaespaldas, dejaba que los paros resolvieran los problemas. Los paros ocupaban un hueco que dejaban libre los profes.

A Izan le faltó un paro en su cumpleaños. Visto que los responsables del campamento consintieron la terrible escena de toda una clase burlándose de un niño que les había llevado una tarta para celebrar su cumpleaños, todo ello mientras se grababa un vídeo del momento, pensé la falta que hace la figura del paro, la del héroe defensor del débil, del diferente o del que por cualquier motivo sea una persona vulnerable que queda a merced de los abusadores y de quienes los siguen y les ríen las gracias. Ahí faltó un niño, un Chucho Sanmartín que le partiera la cara a uno y le robara el reloj para reconducir la situación. Al conocerse el asunto, Izan recibió numerosas felicitaciones y grabó un mensaje dando las gracias. Ahora piense en todos y todas las niñas de las que abusaron ese mismo día y nadie se enteró.

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